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Cada vez que vuelvo a Las venas abiertas de América Latina (2017), de Eduardo Galeano, no puedo evitar una pregunta que se repite con insistencia, casi como una incomodidad persistente: ¿cómo enseñamos hoy la historia de nuestra región en las escuelas y universidades? No me refiero únicamente a los contenidos, a las fechas, a los procesos económicos o a los nombres que aparecen en los programas oficiales, sino a algo más profundo: desde qué mirada se narra nuestra historia, qué silencios la atraviesan y qué tipo de sujetos se forman cuando esa historia se presenta como una sucesión inevitable de fracasos, dependencias y derrotas.
Galeano no escribió un manual de historia, y quizá por eso su texto sigue siendo incómodo. Las venas abiertas no pretende neutralidad; interpela, acusa, nombra responsables y, sobre todo, devuelve densidad humana a procesos que muchas veces la historiografía escolar ha reducido a esquemas impersonales. Leerlo hoy, en medio de una nueva disputa geopolítica entre Estados Unidos y Venezuela —marcada por el interés estratégico en el petróleo y los recursos naturales, más allá del discurso oficial sobre la democracia o la dictadura—, obliga a preguntarnos qué tanto hemos cambiado nuestra forma de enseñar y aprender la historia latinoamericana, o si seguimos repitiendo narrativas cuidadosamente despolitizadas.
En muchas aulas, la historia de América Latina se enseña como una cadena de acontecimientos cerrados: la colonia, la independencia, las repúblicas, los conflictos internos, las crisis económicas. Todo aparece ordenado, clasificado, aparentemente explicado. Sin embargo, pocas veces se invita a los estudiantes a preguntarse por las continuidades estructurales del despojo, por las lógicas extractivas que se transforman, pero no desaparecen, o por las formas en que el poder global sigue configurando el destino de nuestros territorios. La historia se presenta como algo que ya ocurrió, no como una trama viva que sigue produciendo efectos en el presente.
Galeano, en cambio, nos recuerda que América Latina ha sido históricamente un territorio abierto, no al intercambio equitativo, sino a la extracción sistemática de riqueza. Oro, plata, caucho, café, petróleo, litio: cambian los nombres de los recursos, cambian los actores visibles, pero la lógica persiste. Cuando hoy observamos la centralidad de Venezuela en el tablero geopolítico mundial, resulta ingenuo —o profundamente ideológico— pensar que el interés principal radica únicamente en la defensa de la democracia. La historia latinoamericana enseña que, detrás de los discursos morales, casi siempre hay intereses materiales concretos. Y ese aprendizaje histórico no puede seguir ausente de nuestras prácticas pedagógicas.
El problema no es solo lo que se enseña, sino cómo se enseña. En no pocas ocasiones, la historia regional se aborda desde una pretendida objetividad que neutraliza el conflicto. Se habla de imperialismo como un concepto del pasado, de colonialismo como una etapa superada, de dependencia como una teoría “ya discutida”. De este modo, el aula se convierte en un espacio donde el presente queda desconectado del pasado y donde las disputas actuales aparecen como anomalías, no como expresiones de estructuras históricas persistentes.
En este sentido, Las venas abiertas de América Latina funciona como un texto profundamente pedagógico, no porque ofrezca respuestas definitivas, sino porque obliga a reaprender a leer la historia desde el conflicto. Galeano no escribe para tranquilizar conciencias, sino para incomodarlas. Y quizá esa sea una de las tareas más urgentes de la educación histórica hoy: formar estudiantes capaces de sostener la incomodidad, de leer los procesos históricos sin refugiarse en explicaciones simples o discursos oficiales.

En el aula universitaria, esta tensión se vuelve evidente cuando se discuten temas sobre América Latina. Algunos estudiantes repiten argumentos aprendidos en medios de comunicación; otros reaccionan desde posiciones ideológicas rígidas; pocos logran situar el conflicto en una perspectiva histórica de larga duración. Allí, el desafío docente no consiste en imponer una lectura, sino en abrir el campo de interrogación: ¿qué nos dice la historia de América Latina sobre la relación entre recursos naturales y poder global?, ¿qué continuidades podemos rastrear entre el colonialismo clásico y las formas contemporáneas de intervención?, ¿qué rol juega la educación cuando estas preguntas se evitan o se simplifican?
Enseñar historia desde Galeano implica, también, revisar críticamente los currículos. No basta con añadir su libro como lectura complementaria si el enfoque general sigue siendo eurocéntrico, lineal y despolitizado. La pregunta de fondo es si estamos dispuestos a reconocer que la enseñanza de la historia es siempre un acto político, no en el sentido partidista, sino en cuanto define qué memorias se legitiman y cuáles se marginan.
Aprender historia, desde esta perspectiva, deja de ser un ejercicio de memorización para convertirse en una práctica de conciencia histórica. Implica comprender que las decisiones geopolíticas actuales no surgen en el vacío, que los discursos sobre desarrollo, democracia o estabilidad suelen ocultar relaciones asimétricas de poder, y que América Latina no es un escenario pasivo, sino un territorio históricamente disputado. Cuando los estudiantes logran establecer estos vínculos, la historia deja de ser un relato muerto y se transforma en una herramienta para leer críticamente el presente.
Galeano nos obliga a mirar la herida abierta, no para recrearnos en el dolor, sino para entender sus causas. Desde la educación, esa comprensión es fundamental. Una enseñanza histórica que ignore las venas abiertas de la región contribuye, aunque no lo pretenda, a naturalizar el despojo. Por el contrario, una pedagogía que asuma la historia como campo de disputa puede formar sujetos capaces de cuestionar narrativas hegemónicas y de situarse éticamente frente a los conflictos contemporáneos.
Tal vez, entonces, el mayor aporte de Las venas abiertas de América Latina a la educación no esté en los datos que ofrece, sino en la mirada que propone; una mirada que conecta pasado y presente, economía y política, territorio y poder. Enseñar desde esa perspectiva no garantiza consensos, pero sí algo más valioso: estudiantes que aprenden a pensar históricamente, a desconfiar de las explicaciones únicas y a reconocer que la historia de nuestra región sigue escribiéndose en cada disputa por sus recursos, por su soberanía y por su derecho a decidir su propio destino.
En tiempos donde la geopolítica vuelve a colocar a América Latina en el centro de intereses ajenos, enseñar su historia con honestidad crítica no es un lujo académico, sino una responsabilidad ética. Porque solo quien comprende de dónde vienen las heridas puede decidir, con mayor lucidez, cómo no seguir reproduciéndolas.
Referencia bibliográfica
Galeano, E. (2017). Las venas abiertas de América Latina. Siglo XXI Editores.












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