“Recordar no es mirar atrás; es permitir que los ecos del pasado hablen dentro de nosotros, y dejar que nos enseñen a vivir con más conciencia y libertad.”
— Yassell A. Rojas S.
Llegué a Argentina desde Venezuela en 2018, con apenas 10 años, y una valija llena de sueños y preguntas. Recuerdo aquellos primeros días de escuela, poco antes del 24 de marzo: las aulas estaban llenas de murmullos, libros y conversaciones que dejaban vislumbrar historias de miedo, ausencias y silencios que todavía hoy pesan en nuestra sociedad. Historias que yo difícilmente podía comprender, pero que me hacían sentir la dimensión humana de lo ocurrido décadas atrás.
Hoy, cada 24 de marzo, siento que la memoria no es únicamente el acto de recordar: es un diálogo íntimo con el pasado. Escuchar esos ecos nos permite asimilar lo que perdieron, lo que resistieron y lo que nos enseñan para vivir con más conciencia y respeto, dándole a este día un sentido personal.
El peso de las ausencias
El 24 de marzo no es una fecha más en el calendario argentino. Se conmemora el inicio de la dictadura cívico-militar de 1976, un período que marcó profundamente la historia del país y dejó una huella que aún atraviesa a la sociedad. Recordar este día no es solo mirar hacia el pasado: es, a la vez, entender qué ocurrió, por qué ocurrió y qué enseñanzas deja para el presente.
El golpe de Estado no surgió en el vacío. La Argentina de los años setenta se hallaba inmersa en una crisis política, social y económica de gran calado, acompañada por altos niveles de violencia. Organizaciones armadas, enfrentamientos ideológicos extremos y una creciente inestabilidad institucional configuraron un escenario de tensión constante. Esto no justifica lo que vendría después; más bien, sitúa las condiciones en las que se produjo.
La dictadura que comenzó en 1976 implementó un sistema de represión ilegal y sistemática desde el aparato estatal. A través de secuestros, centros clandestinos de detención, torturas y ejecuciones, el Estado llevó adelante un plan orientado a eliminar a quienes consideraba una amenaza, que no se circunscribió exclusivamente a militantes políticos, sino también a estudiantes, trabajadores y ciudadanos sin participación directa en la violencia.
Lo que distingue a este período es que fue el propio Estado —la institución llamada a garantizar derechos— quien los violó de forma deliberada, actuando por fuera de la ley y convirtiendo la clandestinidad en método. Cuando el poder abandona sus límites, deja de proteger y se transforma en una amenaza.
La discusión sobre el número exacto de víctimas de desaparición forzada en Argentina es constante, y su interpretación varía según las posturas políticas, lo que hace de las cifras un objeto de debate. El informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) documentó 8.961 casos con base en denuncias formales, cuyo período de registro duró solo 280 días (CONADEP, 1984, como se citó en Crenzel, 2024), mientras que organismos de derechos humanos, a partir de registros más amplios construidos con testimonios de familiares y sobrevivientes, sostienen históricamente que la cifra de desaparecidos ronda los 30.000 (Tolentino, 2022, como se citó en Crenzel, 2024).
En paralelo, el Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado (RUVTE), dependiente de la Subsecretaría de Derechos Humanos, publica listados de víctimas del accionar represivo ilegal entre 1966 y 1983 —desde el inicio de la Revolución Argentina hasta el fin de la última dictadura militar—, incluyendo miles de personas desaparecidas y asesinadas, cifras que son provisionales y se encuentran en actualización permanente (Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, s. f.). Estimaciones basadas en denuncias formales registran alrededor de 7.010 víctimas de desaparición forzada y 1.561 asesinatos, sumando 8.571 víctimas en algunos reportes oficiales.
Lo clave no es la cifra en sí: es la certeza de que hubo desaparición forzada, tortura, ejecuciones ilegales y un plan sistemático de represión por parte del Estado argentino. Cada persona en estas estadísticas representó una vida interrumpida, una familia devastada y un legado de dolor que va más allá de los números.
En medio de estos debates, surgen relatos de resistencia: redes solidarias que ayudaron a esconder personas perseguidas, docentes que enseñaban desde la dignidad humana y familiares que nunca cesaron de buscar respuestas.
Estas historias, pese a ser muchas veces fragmentarias, nos ayudan a comprender la dimensión humana de lo ocurrido, y por qué la memoria debe ser un acto de evidencia, empatía y respeto.
La memoria y sus formas de decir
Cuando hablamos de memoria, no hablamos solo de recordar hechos, sino de cómo estos son interpretados, transmitidos y resignificados con el paso del tiempo. La memoria no es para nada estática: se construye colectivamente, cambia con el paso de las generaciones y se ve atravesada por los contextos sociopolíticos en los que se recuerda y mantiene viva.
Maurice Halbwachs (1950/2004), sociólogo, sugería que la memoria es ante todo una construcción social: recordamos en comunidad, implicando que lo que se recuerda —y el cómo se hace— nunca es completamente neutral (Halbwachs, 1950/2004).
En ese mismo eje, Pierre Nora (1984/2008), historiador, introdujo la idea de los “lugares de memoria”, denotando que las sociedades organizan su recuerdo en torno a símbolos, fechas y espacios que brindan un significado colectivo.
Reconocer que la memoria se construye plantea una pregunta disparadora: ¿Quién y bajo qué condiciones participa de esta construcción? Una interrogante que, en la perspectiva liberal, es central. Friedrich August von Hayek (1945) advertía que el conocimiento en una sociedad está disperso, y que su concentración en una única autoridad limita la comprensión de la realidad.
Aplicado a la memoria, sugiere que una narrativa única, aunque bien intencionada, puede empobrecer la reflexión colectiva.
En esta línea, Karl Popper (1945/2010) defiende que una sociedad abierta descansa en la posibilidad de cuestionar y revisar sus propias ideas, evitando que se conviertan en dogmas incuestionables. Y, de forma previa, John Stuart Mill (1859/2001) afirmaba que la libertad de pensamiento permite contrastar perspectivas y fortalecer la búsqueda de la verdad, incluso cuando incomoda.
En este punto, es importante ser claros: abrir el análisis sobre la memoria no implica relativizar los hechos. La existencia de desapariciones forzadas, violencia sistemática y represión estatal está ampliamente documentada y forma parte de un consenso histórico sólido. Pero la forma en que esos hechos se narran, se transmiten y se interpretan sigue siendo un terreno dinámico, donde conviven memoria, identidad y poder.
Quizá por eso, la memoria nunca es un territorio completamente cerrado. Es, más bien, un lugar donde se encuentran certezas y preguntas: allí, el pasado no solo se recuerda, sino que se interpreta y se discute. En esa tensión —entre lo que sabemos y cómo lo entendemos— aparece la posibilidad de una reflexión más honesta y profunda.
Donde el pasado no termina de irse
Si la memoria se construye, transmite e interpreta, entonces resulta inevitable que entre en tensión con el presente. Cada generación, cada contexto político, revisita el pasado desde nuevas preguntas, prioridades y, a veces, nuevas disputas.
En la Argentina actual, esto se refleja en la forma en la que la dictadura y sus consecuencias siguen siendo objeto de debate público. La discusión no gira en torno a la existencia de los hechos —cuya gravedad y sistematicidad han sido documentadas—; se centra en cómo se narran, qué aspectos se enfatizan y cuáles quedan en segundo plano.
Algunos discursos tienden a simplificarla, reduciéndola a consignas o cifras cerradas; otros buscan revisar o reinterpretar ciertos elementos, lo que propicia controversias legítimas, pero también riesgos. Entre estos extremos, aparece lo que podemos comprender como una forma de negación efectiva: no necesariamente negar los hechos de manera directa, sino diluir su significado, relativizar su impacto o desplazar el foco hacia otros aspectos, desdibujando la dimensión central de lo ocurrido.
El desafío no está en cerrar el debate, sino en conducirlo con honestidad intelectual. Como planteaba Popper, una sociedad abierta no le teme a la discusión; por el contrario, la necesita, siempre que esté basada en evidencia y en la posibilidad real de contrastar ideas (Popper, 1945/2010).
Bajo esa lógica, la existencia de múltiples miradas no es el problema, sino una condición necesaria para comprender mejor el pasado. El verdadero riesgo surge cuando una de esas miradas —especialmente desde el poder político, institucional o cultural— deja de dialogar y empieza a imponerse, reduciendo el espacio para la reflexión individual. La memoria corre el peligro de transformarse: deja de ser un ejercicio de comprensión y se convierte en una estructura rígida, dentro de la cual lo importante ya no es pensar, sino repetir. Y cuando eso ocurre, pierde una de sus funciones más valiosas: interpelarnos de forma genuina.
Tal vez, entonces, la cuestión no pase por decidir qué versión del pasado aceptar, sino por algo más exigente: cómo recordar sin dejar de pensar, cómo preservar la memoria sin vaciarla de sentido, y cómo evitar que, con el paso del tiempo, el aprendizaje se reduzca a un eslogan.
Recordar no es repetir
Hay algo perturbador —y necesario— en detenerse a recordar. No porque falten palabras, sino porque sobran automatismos. Con el tiempo, la memoria corre el riesgo de volverse rutina: una fecha en el calendario, frases repetidas, acuerdos implícitos sobre lo que “debe decirse”. No obstante, recordar de verdad exige otra cosa: pausa, escucha y la disposición a pensar incluso aquello que creemos ya resuelto.
La memoria no es un museo cerrado ni un guion fijo. Es un territorio donde conviven hechos, interpretaciones y silencios. Reducirla a consignas puede volverla más accesible, pero también más superficial. Y cuando deja de incomodarnos, pierde su capacidad de enseñarnos. Recordar no es repetir, es preguntarse.
Conmemorar implica asumir responsabilidades: entender que lo ocurrido no fue inevitable y que ninguna sociedad está completamente a salvo si renuncia al pensamiento crítico. No es solo un ejercicio hacia el pasado: es una herramienta para leer el presente con mayor claridad.
Quizás el desafío no sea recordar más, sino recordar con sentido. No acumular certezas, sino sostener preguntas. Porque en esa forma de memoria —más consciente, más libre— se define algo esencial: cómo elegimos vivir hoy, y qué estamos dispuestos a hacer para que la libertad no sea solo una idea, sino una práctica real.
Referencias
- Crenzel, E. (2024). ¿Cuántos son los desaparecidos y cuántas las víctimas de la desaparición forzada en la Argentina? Debates político-memoriales e investigación académica. Latin American Research Review, 59(4), 948–964. https://doi.org/10.1017/lar.2024.1
- Halbwachs, M. (1950/2004). La memoria colectiva (I. Sancho-Arroyo, Trad.). Prensas Universitarias de Zaragoza.
- Hayek, F. A. (1945). The Use of Knowledge in Society. The American Economic Review, 35(4), 519–530. http://www.jstor.org/stable/1809376
- Mill, J. S. (1859/2001). Sobre la libertad (P. de Azcárate, Trad.). Alianza Editorial.
- Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. (s. f.). Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado (RUVTE). Datos Argentina. https://datos.jus.gob.ar/dataset/registro-unificado-de-victimas-del-terrorismo-de-estado-ruvte/archivo/c6b674bc-e178-41f3-81f5-0f10038e1688
- Nora, P. (1984/2008). Les lieux de mémoire (J. Rilla, Pról.). Ediciones Trilce.
- Popper, K. R. (1945/2010). La sociedad abierta y sus enemigos (E. Loedel, Trad.; A. Gómez Rodríguez, Trad. de los addenda). Ediciones Paidós.
Este ensayo fue publicado originalmente en El Insubordinado.













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