Distopías y realidades

     

Un mundo feliz de Huxley y 1984 de Orwell son dos novelas que dibujan un par de escenarios que, si bien son muy diferentes entre sí, causan en el lector cierto espanto; un cierto desagrado por los panoramas, los escenarios, las situaciones. Ambos libros nos cuentan la historia de un par de personajes que, considero yo, ningún lector quisiera encarnar. En ambas novelas encontramos un par de mundos en los que nadie quisiera vivir.

En la obra de Orwell tenemos a un gobierno tiránico, en el que al individuo sólo se le ofrece una manera de pensar, una sola forma de vivir y un solo modo de percibir la realidad. Orwell nos pinta un panorama en el que un ente político controla casi por completo la vida de los individuos que tiene a su cargo. Les vigilan la percepción que tienen de la realidad, mientras les moldean las ideas que tienen del presente y del pasado. De hecho, el oficio del personaje principal, un tal Winston Smith, es, en pocas palabras, recrear el pasado. La tarea de Smith es eliminar aquellos datos, noticias e ideas que el Gran Hermano, de una manera u otra, no aprueba. Si el Gran Hermano insiste en decir que tal o cual hecho nunca ocurrió y, por casualidad, hay un documento que dice o afirma lo contrario, entonces Winston Smith lo elimina, lo desaparece y así, y del modo más simple posible, aquel suceso nunca ocurrió. A tal punto llega la modificación y eliminación de la historia que el personaje principal, y los muchos otros personajes con los que se relaciona aquel, no saben con certeza qué había antes de este gobierno, antes del Gran Hermano. Literalmente, no se acuerdan que hubo antes del gobierno totalitario. Lo interesante es que, sencillamente, no hay un pasado antes del Gran Hermano, así como no tenemos un pasado antes de nuestro nacimiento. Es decir, con el Gran Hermano, llegamos a la vida.

Por otro lado, tenemos no ya una tiranía política, sino una tiranía que yo me atrevería a llamar científica. Huxley nos muestra un lugar donde la ciencia y la tecnología ha alcanzado casi que la cúspide de su desarrollo. Por medio de procedimientos científicos, todos lo que tiene que ver con la vida es, literalmente, controlado. La vida, el bienestar, la salud, las relaciones sentimentales, la muerte, la familia, los amigos, el nacimiento, la clase económica, la cultura, el arte, el conocimiento y la muerte son, en pocas palabras, asuntos que le compete controlar a la ciencia. Cada una de las mencionadas cosas son estrictamente vigiladas, de tal manera que los hombres que nazcan en el mundo feliz de Huxley tengan las herramientas necesarias para alcanzar el tan soñado bienestar; para que sean saludables según ciertos criterios; para que las relaciones sentimentales sean pasajeras y no tener que soportar la ruptura de un amor; para que los lazos familiares desaparezcan y no tener que sufrir con la muerte de una madre. En aquel mundo, se regula el nacimiento, de tal manera que no nazcan más personas de las que sea desea; la ciencia determinará el bienestar de los que trabajan para que, cuando laboren, lo hagan sintiéndose alegres y orgulloso al hacerlo, sin que ningún trabajador tenga que sentirse mediocre con la labor que cumple; finalmente, la ciencia ha de controlar lo que leen las personas, lo que ven en el cine, lo que escuchan.

Ambas obras presentan dos panoramas claramente indeseables. Lo interesante es que son literatura y, como ficción, hacen un trabajo intachable. El término distopía se acopla de modo perfecto a las dos novelas y ello, por dos razones. La primera es que ambas presentan un mundo indeseable, un par de mundos en los que nadie quiere vivir y unas vidas que, en sí mismas, disgustan, entristecen, desconsuelan. La segunda razón por la cual son distopías es que ambas presentan sociedades imaginarias. Para calificarse como distópica, la sociedad que se dibuje debe ser ficticia.

Con dificultad uno podría encontrar distopías mejor diseñadas. Creo que ambas logran su objetivo de manera íntegra y lo normal sería rendirnos, sin esfuerzo alguno, al tratar de imaginar escenarios igualmente indeseables. No obstante, y haciendo justicia con la historia, y no con la imaginación, me gustaría presentar un panorama que, dicho sea de paso, no tiene, para mí, comparación en la historia de la literatura o en la historia misma.

Pensemos en un país asiático de unos cuantos millones de habitantes, dedicado al cultivo de arroz. Imaginemos que, para su desgracia, algún día llega al poder un hombre que, no siendo nada nuevo en las distopías, se hizo llamar Hermano número 1 y declaró el año cero en tanto consiguió llegar al poder. El mismo día en que toma el poder, evacuaría la ciudad capital, con el pretexto de que fuerzas enemigas la bombardearían. Es necesario aclarar que no se permitiría ningún tipo excepción para desalojar la ciudad, es decir, todos los habitantes tendrían que salir, incluyendo enfermos y ancianos.

Luego de tener a toda su gente en el campo, se esclarecerían las verdaderas intenciones de tan abrupto desalojo: hacer de cada ciudadano un campesino. Ahora el horario laboral se ampliaría de tal manera que las personas debían cultivar y recoger arroz durante 20 horas al día, teniendo un día de descanso cada diez. Luego, se descubriría que algunos recintos de la ciudad, como las escuelas, podrían funcionar perfectamente como prisiones, de tal manera que los únicos que permanecerían en la ciudad serían los presos y, naturalmente, los guardias.

Con el extraño argumento de que todo aquello que distinguiese a los campesinos de los citadinos era perjudicial, se quitaría todo tipo de artículos, como libros, relojes y cámaras. Como la idea era igualarlos a todos y no hallar nada que distinguiese a unos y a otros, todos deberían llevar el mismo color negro en la ropa. Todos vestirían igual. Adicionalmente, la comida sería cuidadosamente controlada, de tal manera que todos recibirían, en teoría, la misma porción. No obstante, y con el tiempo, se gestaría un aprecio sospechoso por aquellos que llevaban las armas, de manera que, en la práctica, éstos terminarían comiendo más que los campesinos. El amor sería un asunto que, como todo, le competería controlar al poder estatal. Sería la organización quien decidiese quienes podrían amarse; el partido elegiría las parejas y aquellas personas que, por casualidad, fuesen descubiertas sosteniendo un amor no permitido, serían duramente castigadas. En esta sociedad se eliminarían los deportes y las medicinas. Los primeros por ser burgueses y las segundas por ser occidentales.

Paradójicamente, y según mi consideración, la historia termina siendo más cruel que la literatura. Las distopías literarias por excelencia, 1984 y Un mundo feliz que podríamos pensarlas como ilusoriamente despreciables e irrealizable, terminan siendo superadas por un caso concreto, de dolores reales y no ficticios. La historia oscurece la literatura, la sobrepasa y se burla cruelmente de nuestra imaginación, porque nos muestra sucesos reales que difícilmente podríamos imaginar detalladamente.

Camboya es, para mí, una de las vergüenzas humanas más despreciables de la historia. Según lo que conozco, ningún Estado ha alcanzado tal nivel de totalitarismo, como para evacuar ciudades y hacer de cada ciudadano un campesino. Creo que ningún otro poder político ha logrado despojar a todos sus ciudadanos de sus objetos personales y obligarles a vestir absolutamente igual. No conozco ningún otro gobierno en el que se haya intentado con tanta avidez eliminar el llamado individualismo, en nombre de ese monstruo al que se apodó colectividad. Creo que ningún otro poder ha logrado exterminar la cuarta parte de su población, la tercera parte de los hombres y a casi todos los funcionarios del gobierno anterior.

Para terminar, me gustaría decir que la aberración a la que me referí no fue causada por extraños hombres, ni por seres esencialmente diferentes a lo que, quizás, somos nosotros. Creo que, al demandar tales hechos, podríamos caer en el error de dibujar un enemigo abstracto, un fantasma imaginario. No es mi intención pintar ficciones. Estoy convencido que los integrantes de los Jemeres Rojos de Pol Pot eran buenos trabajadores, excelentes campesinos y quizás buenos padres o bueno hijos. Quizás los niños que militaban, puesto que se supo que en efecto lo hacían, eran buenos estudiantes mientras estaban en las escuelas; quizás las mujeres eran buenas esposas y, como la mayoría de las madres, hubiesen dado la vida por sus hijos. El punto aquí es que aquel genocidio fue vergonzosamente humano, hecho por personas corrientes, con vidas corrientes e intereses personales, como cada uno de nosotros. Es por eso que creo que este genocidio (como cualquier otro) nos pertenece vergonzosamente y pienso que debería causarnos, en cierta medida, responsabilidad y culpa, puesto que ha sido realizado por humanos, como nosotros. Y como humanos actuamos en nombre de la humanidad.

“La existencia precede a la esencia y nosotros quisiéramos existir al mismo tiempo que modelamos nuestra imagen, esta imagen es valedera para todos y para nuestra época entera. Así, nuestra responsabilidad es mucho mayor de lo que podríamos suponer, porque compromete a la humanidad entera. (…) Así soy responsable para mí mismo y para todos, y creo cierta imagen del hombre que yo elijo; eligiéndome, elijo al hombre.” Sartre.

 

About the author

Andrés Restrepo Gil

Me gusta la historia, la filosofía y la literatura. siendo esta última, entre las tres, mi preferida. Entre mis autores favoritos está Tolstoi, por el bello arte que posee para plasmar caracteres y Poe, por su agilidad para crear situaciones. También disfruto de la música y, más que ello o, quizás, más que nada, viajar.