“Demian”, la carambola y un camino hacia si mismo

Hay encuentros que para algunos parece triviales en su forma, pero que terminan siendo decisivos en su fondo. No ocurren en grandes auditorios ni bajo luces ceremoniales, sino en la discreción de un café compartido, entre mesas de billar y la pausa breve de una conversación sin pretensiones. Así llegó ese libro: Demian, de Hermann Hesse. No como un objeto, sino con un gesto. Álvaro —amigo, lector y cómplice ocasional de silencios— decidió salir de su rutina, romper una inercia que incluso su propia hija señalaba como poco común, para acompañarme a un torneo de billar a tres bandas y entregarme, finalmente, ese ejemplar prometido.

La escena, si se mira con cuidado, no tiene nada de extraordinaria: un par de partidas ganadas, algunas carambolas celebradas con entusiasmo genuino, una torta de naranja que se deja acompañar por el café con leche, y una pequeña traición —casi ritual— a la prescripción medica de bajarle al azúcar, acompañe a Álvaro con una torta envinada y un tinto doble. Sin embargo, lo esencial no estaba en lo que se veía, sino en lo que se iba tejiendo: una especie de complicidad silenciosa entre el juego, la conversación y los libro que hasta ese momento habíamos compartido. Porque hay amistades que no se explican; se practican. Y esta, en particular, parece sostenerse en ese delicado equilibrio entre la palabra dicha y la que se deja reposar.

El libro —con dedicatoria incluida— no era cualquier libro. Era, en cierto sentido, una invitación. No solo a leer, sino a mirarse. Hay textos que no se limitan a ser leídos: exigen ser habitados. Y ahí aparece la frase que, más que recordarse, parece revelarse en el momento preciso: la vida de todo hombre es un camino hacia sí mismo, la tentativa de un camino, la huella de un sendero. Ningún hombre ha sido por completo él mismo; pero todos aspiran a llegar a serlo, oscuramente unos, más claramente otros, cada uno como puede. Y en esa aspiración —a veces torpe, a veces lúcida— se reconoce también el valor de quien nos pone un libro en las manos.

La incomodidad de esa idea es inevitable. Buscarse a uno mismo no es un ejercicio amable ni lineal. No se resuelve acumulando experiencias ni repitiendo hábitos sociales con disciplina mecánica. Es, más bien, una tensión persistente entre lo que se es y en lo que se aparenta ser. En ese sentido, la escena del billar de ja de ser anecdótica para volverse simbólica: cada carambola exige calculo, pero también intuición; cada fallo obliga a recomponer. Hay algo profundamente humano en ese intento constante de corregir el rumbo sin garantías de acierto.

Cada personaje, al salir de su cotidianidad para habitar ese momento, encarna una forma silenciosa de ruptura. No es un gesto heroico —y quizá por eso es más valioso—, pero sí significativo. En un mundo que ha convertido la rutina en sinónimo de estabilidad, cualquier desvío voluntario es una forma de resistir. Y ahí aparece uno de los puntos críticos que conviene señalar: la tendencia contemporánea a evitar todo incomodidad, incluso aquella que resulta necesaria para el autoconocimiento.

Se nos ha enseñado a asociar bienestar con ausencia de conflicto. Pero esa es una lectura cómoda, y por lo mismo, sospechosa.  El conflicto —interno, persistente, a veces incómodo— es, con frecuencia, el único motor real de transformación. Negarlo no lo elimina; simplemente lo desplaza. Y en ese desplazamiento se pierde algo esencial: la posibilidad de confrontarse con uno mismo sin intermediarios.

No se trata de romantizar la crisis. No toda la incomodidad ilumina, ni toda introspección conduce a una verdad reveladora. Existe el riesgo —cada vez más frecuente— de convertir el ejercicio de mirarse en un acto narcisista, en una contemplación estéril que no se traduce en decisiones. Por eso, el equilibrio resulta indispensable. Reconocerse, sí, pero sin desligarse del mundo, de los otros, de esos espacios compartidos donde la vida adquiere forma concreta.

Y ahí, nuevamente, aparece la amistad como territorio fértil. No la amistad ruidosa ni performativa, sino esa que se construye en lo sencillo: en acompañar un torneo, en celebrar una jugada, en compartir un café, en entregar un libro con una dedicatoria. En tiempos donde lo efímero se impone, ese gesto tiene una densidad particular. No por nostalgia, sino por intención. Porque regalar un libro es, en el fondo, una forma de decir: “esto me importó, y creo que a ti también puede importarte”.

La escena completa —el amigo, el juego, el libro, la conversación— se convierte así en una pequeña firmeza frente a la lógica de la prisa. Y esa resistencia no es menor. El camino hacia uno mismo no admite velocidad excesiva. Requiere pausas, desvíos, incluso errores. Requiere, sobre todo, de otros que, sin imponer rutas, acompañen el trayecto.

No debería quedarse en la anécdota, sino abrir una pregunta más amplia: ¿Qué tanto estamos dispuestos a salir de nuestras inercias para encontrarnos? No en abstracto, en los encuentros que aceptamos, en los gestos que ofrecemos, en los riesgos —por pequeños que parezcan— que decidimos asumir.

Tal vez la recomendación más honesta sea desconfiar de las fórmulas rápidas de autoconocimiento y volver a lo esencial: la lectura que incomoda, la conversación que interpela, la amistad que no exige espectáculo. Y, de vez en cuando, permitirse una pequeña desobediencia —como esa torta envinada— que nos recuerde que la vida no es un protocolo que se cumple, sino un camino que se recorre.

A Álvaro Botero, entonces, no solo por el libro, sino por lo que el gesto representa: la certeza de que es posible encontrarse —aunque sea por momentos— en la interacción precisa entre la palabra, el juego y la amistad.

Porque, al final, nadie llega del todo a ser sí mismo. Pero hay quienes, con la ayuda de otros, al menos se toman en serio el intento. 

Dedicado a Álvaro Botero, por la amistad que se cultiva entre páginas y silencios.

Andrés David Arana Gutiérrez

Investigador Académico, consultor y asesor en temas relacionados con Geopolítica y Geojurídica Digital e Inteligencia artificial. Columnista y articulista de medios escritos digitales nacionales e internacionales. 

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