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“Me niego a aceptar que la política esté condenada a las malas formas. Me niego a creer que solo exista una manera de ejercer el poder porque “siempre ha funcionado así”. Podemos ser embajadores de una cultura democrática distinta: firme en sus convicciones, pero respetuosa en el trato; crítica, pero no destructiva.”
Culturalmente se nos enseñó que en la mesa no se habla de política, religión ni deportes. Tal vez esa advertencia nació del miedo a la confrontación, a la incomodidad o a la ruptura. Lo preocupante es que, al evitar la conversación, tampoco aprendimos a disentir con respeto ni a convivir con ideas distintas.
Hoy defendemos posturas políticas con una intensidad admirable, pero muchas veces sin la claridad suficiente sobre lo que realmente estamos defendiendo. Sacamos la espada por un candidato, un partido o una ideología, aun cuando esos mismos ideales se desdibujan bajo intereses superiores, cálculos estratégicos o narrativas emocionales. Nos aferramos a símbolos, pero descuidamos el fondo.
Nos indignamos, pero no siempre profundizamos. Opinamos, pero no siempre verificamos.
En ese contexto, los hallazgos del proyecto nacional “Cuidar la democracia”, una alianza entre universidades, empresas y organizaciones sociales que encuestó a 1.700 colombianos en 2025, resultan profundamente reveladores.
El 43% de las personas forma su opinión política principalmente a través de medios tradicionales, y un 34% lo hace por redes sociales. Es decir, gran parte de nuestras convicciones están mediadas por flujos de información que no siempre invitan a la reflexión crítica. No es extraño entonces que el 60% perciba la desinformación como una de las mayores amenazas para la democracia, junto con la falta de transparencia electoral (56%).
Más aún, el 62% de los encuestados siente que la democracia se está debilitando. Y cuando se pregunta por las emociones que despiertan los líderes políticos, predominan la decepción y la indignación. Algo se rompió en la relación entre ciudadanía y poder.
Quizá por eso predominan emociones como la decepción y la indignación frente a los líderes políticos. Hay una fractura entre lo que se promete y lo que se ejecuta. Y, sin embargo, hay un dato que me parece revelador: para el 42% de los ciudadanos, la transparencia es más importante que la afinidad ideológica. Solo el 9% prioriza que el gobernante piense igual que él.
Eso cambia la conversación. Tal vez no estamos pidiendo más discursos grandilocuentes, sino más coherencia. Menos retórica y más capacidad real de administrar, ejecutar y resolver.
A partir de estos datos, quiero hacer algunas invitaciones. Sí, están atravesadas por mis convicciones, por mi manera de ver el poder y la democracia. No pretenden imponerse, sino abrir conversación.
La primera: sí es posible ser fiel a los principios sin venderlos al mejor postor político. No todo es negociable. Ajustar una postura por nueva evidencia es madurez; acomodarla por conveniencia es otra cosa. La coherencia no debería ser una estrategia electoral, sino una convicción ética.
La segunda: informarse bien es un acto de responsabilidad democrática. No basta con reenviar un video o repetir una frase llamativa. Implica leer más de una fuente, contrastar datos, entender contextos. Las redes sociales y los medios tradicionales pueden informar, pero también pueden matizar, exagerar o simplificar. El criterio propio no se delega.
La tercera: debemos exigir líderes con capacidad técnica. El discurso bonito enamora; la ejecución transforma. Gobernar no es solo hablar de justicia, desarrollo o cambio. Es saber administrar recursos, estructurar políticas públicas y asumir consecuencias. Muchas veces elegimos al que mejor habla, y luego nos sorprende que no sepa gestionar.
Y, finalmente, educarnos y educar con el ejemplo. Si decimos que queremos una democracia más sana, debemos empezar por nuestras conversaciones. Demostrar que se puede compartir la mesa con quien piensa distinto. Que se puede debatir sin descalificar. Que no todo desacuerdo es una amenaza. Escuchar no es debilidad; es una forma superior de respeto.
Me niego a aceptar que la política esté condenada a las malas formas. Me niego a creer que solo exista una manera de ejercer el poder porque “siempre ha funcionado así”. Podemos ser embajadores de una cultura democrática distinta: firme en sus convicciones, pero respetuosa en el trato; crítica, pero no destructiva.
Cuidar la democracia no es solo votar cada cuatro años. Es cómo hablamos de política en la mesa, cómo elegimos informarnos y cómo tratamos a quien no piensa como nosotros. Allí empieza (o se pierde) todo.
Si desea profundizar en la información y conocer en detalle los resultados del estudio “Cuidar la democracia”, puede consultar el informe completo a través del enlace oficial del proyecto. Entre aquí














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