“Ser embajadores de la confianza implica actuar con coherencia, incluso cuando hacerlo no es lo más fácil.”
Confiar es uno de los actos más cotidianos y, al mismo tiempo, más complejos de la vida humana. Confiamos cuando creemos en la palabra del otro, cuando delegamos responsabilidades, cuando aceptamos formar parte de un proyecto común o cuando depositamos expectativas en personas, organizaciones o instituciones. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en lo frágil que puede ser la confianza y en lo fácil que resulta perderla. Tal vez por eso, hoy más que nunca, vale la pena preguntarnos qué estamos haciendo para cuidarla.
La confianza no es un concepto abstracto ni lejano. Está presente en nuestras relaciones personales, en los espacios educativos, laborales y comunitarios, y también en la manera como nos relacionamos con las instituciones y organizaciones que estructuran la vida en sociedad. Cuando la confianza existe, los vínculos se fortalecen; cuando se rompe, el costo suele ser alto y duradero.
Confiar implica aceptar un grado inevitable de vulnerabilidad. Cada vez que confiamos, entregamos algo de nosotros: expectativas, tiempo, credibilidad o legitimidad. Reconocemos, de manera implícita, que no tenemos control absoluto sobre el actuar del otro. Esa vulnerabilidad, aunque incómoda, no es una debilidad; es una condición necesaria para la convivencia, la cooperación y el trabajo colectivo. Sin ella, todo se reduce a la sospecha permanente o la distancia.
Desde allí surge la pregunta central de esta reflexión: ¿cómo cuidamos la confianza que tenemos? No solo la que existe entre ciudadanos y Estado, o entre sociedad e instituciones, sino también la que se construye (o se deteriora) en los espacios más cercanos: entre compañeros, amigos, equipos de trabajo y familias.
Los diagnósticos recientes muestran que la confianza atraviesa una crisis. Se confía cada vez menos en las instituciones, en las organizaciones y, en muchos casos, también entre nosotros mismos. Parte de esta situación se explica por la hiperconectividad y el acceso masivo a la información. Hoy sabemos más, vemos más y cuestionamos más. Sin embargo, esta realidad tiene una doble cara: así como tenemos mayor acceso a la información, otros también tienen mayor acceso a nuestra información. Nuestra vida, nuestras opiniones y nuestras decisiones son cada vez más visibles y expuestas, lo que genera un riesgo permanente y una sensación de vulnerabilidad que termina afectando la manera en que confiamos.
En este escenario, la confianza se ve aún más tensionada. La polarización y los discursos extremos simplifican la realidad, dividen a las personas en bandos y reducen el espacio para el diálogo. A su vez, los cambios acelerados que trae la tecnología transforman la forma en que nos relacionamos, muchas veces sin que existan reglas claras o acuerdos compartidos. Cuando predominan la prisa, la descalificación y la falta de escucha, la confianza deja de verse como un valor a cuidar y empieza a percibirse como un riesgo innecesario. El resultado es predecible: relaciones que se deterioran, entornos fragmentados y sociedades donde nadie se atreve a dar el primer paso.
Ahora bien, es necesario decirlo con claridad: confiar no garantiza reciprocidad. Habrá ocasiones en las que la confianza depositada no será correspondida y, probablemente, nos sentiremos decepcionados o traicionados. Este es uno de los mayores temores asociados a la confianza, y con razón. Sin embargo, confiar no significa ser ingenuo ni cerrar los ojos ante la realidad. Confiar es una decisión consciente, no una renuncia al criterio ni a la responsabilidad.
De hecho, recuperar la confianza perdida es, quizá, una de las tareas más difíciles para el ser humano. La confianza se construye lentamente, pero puede romperse en un instante. Por eso, cuidarla resulta mucho más sensato que intentar reconstruirla después. Entender esto nos obliga a actuar con mayor coherencia, prudencia y responsabilidad, tanto en lo personal como en lo colectivo.
Cuidar la confianza exige, en primer lugar, una decisión individual: estar dispuestos a confiar de manera responsable. Si nadie se atreve a confiar, la confianza simplemente desaparece. En segundo lugar, implica coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. La confianza se fortalece en los pequeños actos cotidianos: cumplir la palabra, actuar con honestidad, reconocer errores y ser transparentes. Esto aplica tanto en una amistad como en una organización o una institución.
Un tercer paso es asumir la responsabilidad que implica recibir la confianza del otro. Cuando alguien confía en nosotros (una persona, un equipo o una comunidad) nos está entregando algo valioso. Honrar esa confianza significa no usarla de manera desleal, no traicionar las expectativas depositadas y actuar con integridad, incluso cuando nadie está mirando. Finalmente, cuidar la confianza requiere diálogo, reciprocidad y disposición para corregir, porque la confianza no se impone ni se exige: se construye.
Por eso, cuidemos la confianza incluso entre nosotros: en nuestros grupos de amigos, en la familia, en el estudio, en el trabajo y en los espacios donde participamos como ciudadanos. Cada acto coherente, cada palabra cumplida y cada decisión ética suma en la construcción de entornos más sanos y relaciones más sólidas.
Cuidar la confianza es, en últimas, un compromiso profundo con la forma como vivimos y convivimos. En un mundo marcado por la desconfianza, elegir actuar con integridad es un acto de liderazgo. Ser embajadores de la confianza no significa ignorar los riesgos, sino asumirlos con responsabilidad. Porque es precisamente así (haciendo las cosas bien, incluso cuando cuesta) como se construye, se protege y se honra la confianza.
Esta reflexión se inspira en el libro Confianza, de Santiago Silva Jaramillo, y en los aportes de Adolfo Eslava (2025).












Comentar