Cuando la rigidez mental nos condena al estancamiento

Creer en algo es natural. Todos necesitamos convicciones que nos orienten. Pero cuando esas creencias se convierten en dogmas inamovibles, el pensamiento deja de ser brújula y se vuelve cadena. Esa rigidez mental, que se manifiesta en la religión, el deporte y, sobre todo, en la política, es uno de los mayores obstáculos para el progreso social.

En política, el fenómeno es evidente: derecha contra izquierda, como si el mundo se redujera a dos colores. Las redes sociales son el ring donde se libran batallas interminables, no por ideas sensatas ni por planes viables, sino por lealtades ciegas. Se defiende la corriente, no el contenido; el partido, no la propuesta. Y así, mientras unos gritan “¡Viva la derecha!” y otros “¡Arriba la izquierda!”, el país sigue esperando soluciones reales.

La historia está llena de ejemplos donde la rigidez ideológica costó caro. Alemania en los años 30: millones siguieron a Hitler no por planes sensatos, sino por un discurso incendiario que prometía grandeza. El resultado fue devastador. La Guerra Fría: durante décadas, el mundo se dividió entre capitalismo y comunismo, y millones murieron en conflictos que no resolvieron la pobreza ni la desigualdad. América Latina en los 70 y 80: dictaduras militares justificadas por “salvar la patria” y gobiernos revolucionarios que prometían justicia absoluta terminaron dejando heridas profundas. En todos estos casos, la gente peleó por banderas, no por soluciones. Se creyó a ojos cerrados, y la factura fue altísima.

Hoy, la historia se repite con otros nombres y hashtags. En Estados Unidos, el enfrentamiento entre demócratas y republicanos ha convertido cada elección en una guerra cultural, donde importa más derrotar al adversario que resolver problemas como salud o educación. En España, la tensión entre izquierda y derecha bloquea reformas urgentes, porque cada partido prefiere hundir al otro antes que negociar. En Colombia, la discusión política se ha vuelto tóxica: unos defienden a ultranza la derecha, otros la izquierda, y pocos preguntan por los planes concretos para reducir la pobreza, mejorar la seguridad o garantizar empleo digno. ¿Resultado? Países atrapados en trincheras ideológicas, mientras los problemas reales siguen creciendo.

La invitación es clara: menos fanatismo, más sensatez. No se trata de apoyar corrientes, sino candidatos con ideas orientadas al bienestar común y propuestas viables. No se trata de gritar consignas, sino de exigir planes medibles, coherentes y ajustados a la realidad. Porque ningún extremo tiene la verdad absoluta. La derecha no es sinónimo de desarrollo, ni la izquierda garantía de justicia. Ambos pueden aportar, ambos pueden equivocarse. Mientras sigamos peleando por colores y no por contenido, seguiremos atrapados en la misma trampa: líderes que prometen el cielo, seguidores que creen a ojos cerrados, y un país que se queda esperando.

La política debería ser un puente, no una barricada. Y ese puente solo se construye cuando dejamos de pelear por ideologías y empezamos a exigir propuestas reales, medibles y coherentes con la vida cotidiana. Porque, al final, la verdadera revolución no está en cambiar de color, sino en cambiar de mentalidad.

Duván Arnobis

Comunicador y periodista

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