Cuando la política reacciona y el país espera

A pocos meses de elecciones legislativas y presidenciales, el debate público en Colombia parece atrapado en un bucle estéril: reaccionar al gobierno de turno, responder trinos, contradecir discursos, sin que emerja con fuerza una conversación seria sobre el país que viene. Como si estuviéramos paralizados, esperando que el adversario se equivoque, en lugar de atrevernos a proponer.

Y sin embargo, los desafíos están ahí, claros y urgentes: una economía que no crece lo suficiente, un sistema de salud en crisis, inseguridad persistente, un deterioro fiscal preocupante, jóvenes sin oportunidades, micronegocios atrapados en la informalidad, un campo subutilizado y una transición demográfica que avanza más rápido que nuestras respuestas institucionales.

El país no necesita más consignas ni promesas recicladas. Necesita ideas audaces. Necesita liberar capacidades que hoy están atrapadas: los millones de jóvenes que no estudian ni trabajan; los pequeños negocios esclavizados por el “gota a gota”; el potencial agrícola que podría convertirnos en despensa del mundo; la oportunidad de liderar la economía del conocimiento y la tecnología en la región; y, quizá uno de los retos más complejos, prepararnos para una sociedad que envejece aceleradamente.

Pero hay un obstáculo adicional, menos visible y más profundo: la pobreza de nuestra conversación política.

Hemos aprendido a evitar hablar de política para no incomodarnos. Y cuando lo hacemos, reaccionamos desde la emoción: rabia, miedo, fanatismo. Discutimos personas, no ideas. Atacamos identidades, no argumentos. En ese escenario, la democracia se vacía de contenido y se convierte en un campo de batalla emocional.

Esta dinámica no es casual. A muchos actores les conviene una ciudadanía visceral, polarizada y reactiva. Pensar, analizar y dialogar es incómodo; exige pausa, escucha y, a veces, ceder. Pero sin ese esfuerzo, no hay democracia que funcione ni país que avance.

Aquí el rol de los emprendedores, empresarios y líderes sociales es clave. Emprender en Colombia es un acto político en el mejor sentido: es generar empleo en medio de la incertidumbre, apostar por el país cuando otros se van, sostener proyectos cuando todo invita a desistir. Esa posición conlleva una responsabilidad: elevar la conversación.

Menos reacción y más reflexión.
Menos impulso y más argumento.
Menos emoción desbordada y más pensamiento crítico.

Si queremos propuestas audaces, necesitamos también ciudadanos dispuestos a pensarlas, debatirlas y exigirlas con altura. Porque el problema no es solo quién gobierna, sino cómo pensamos el país que queremos construir.

 

Luis Carlos Gaviria Echavarría

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