Cuando la cultura se vuelve utilería

En Colombia es común ver cómo algunas figuras públicas se ponen encima símbolos de los pueblos indígenas —como los tejidos wayuu— para mostrarse cercanas al “pueblo”. El problema no es la ropa: es que, muchas veces, ese gesto se convierte en un disfraz, en una estrategia para verse auténticos mientras siguen actuando dentro de los mismos poderes que dicen combatir.

Eso pasa con Vicky Dávila. Ella insiste en que no hace parte del sistema, que es una voz libre y que dice las cosas “como son”. Pero la realidad es otra: ha trabajado toda su vida dentro de los medios más grandes del país, ha tenido acceso a audiencias enormes, y ha usado ese poder para construir un estilo basado en el escándalo y la confrontación. Criticar es válido y necesario, pero convertir la crítica en un show permanente, o estigmatizar comunidades y personas para subir el rating, es otra cosa. No es rebelión, es negocio.

Además, es importante recordar que no se puede caricaturizar la cultura. Ni la wayuu, ni la caribe, ni ninguna tradición indígena, afro o campesina pueden ser tratadas como disfraces, bromas o adornos para verse más “auténticos”. Convertir estas identidades en chiste o escenografía vacía termina reduciendo siglos de historia, resistencia y memoria a un gesto superficial. Caer en un papel casi cómico dentro de la conversación pública es como pararse sobre un tejido sagrado sin entender su origen: se pierde el respeto, se desfigura el sentido y se termina usando la cultura como truco, no como puente.

Lo que molesta de Vicky no es que investigue o pregunte duro —eso es periodismo—, sino cuando convierte cualquier tema en un pleito, cuando lanza etiquetas sin contexto, o cuando utiliza símbolos culturales solo para reforzar su imagen personal. Los wayuu no son decoración ni un accesorio de credibilidad. Su ropa tiene historia, comunidad y respeto detrás. Usarla para posar como “anti-establishment” mientras se vive del mismo sistema es, por decirlo suave, una contradicción.

Algo similar pasó con Daniel Quintero. Llegó como un “outsider”, enfrentando a las élites tradicionales y diciendo que iba a romper las reglas. Pero una vez en el poder, terminó moviéndose en los mismos juegos políticos, construyendo su propio bando, sus propios aliados mediáticos y usando en su favor las tácticas que criticaba. No se trata de comparar sus profesiones —uno periodista, el otro político—, sino de notar el patrón: mucha gente se vende como anti‑sistema mientras usa todas las herramientas del sistema para sostenerse.

La indignación, tanto en política como en periodismo, se volvió moneda de cambio. Todos los días se busca un nuevo escándalo, un nuevo enemigo, una nueva pelea. Eso da vistas, clics y votos, pero destruye la conversación pública. Quema reputaciones, debilita las instituciones y nos deja a todos más irritados que informados. El periodismo debería servir para entender el país, no para inflar peleas eternas. La política debería servir para mejorar vidas, no para crear bandos a punta de hashtags.

Por eso vale la pena volver a la metáfora del tejido wayuu. Ellos tejen con paciencia, con sentido, con respeto por cada hilo. Así debería ser la comunicación y la política: con cuidado, con contexto, con responsabilidad. No con gritos, disfraces ni escándalos reciclados. La coherencia es más valiosa que cualquier prenda colorida o discurso indignado.

Criticar a Vicky Dávila no significa negar que ha hecho investigaciones importantes. Significa señalar que la distancia entre lo que dice ser y lo que realmente hace es grande. Lo mismo con la narrativa de Daniel Quintero como figura “anti‑sistema”. En ambos casos, lo que falla es la coherencia: vestirse o hablar como el pueblo no basta; hay que actuar con honestidad y responsabilidad frente a ese mismo pueblo.

Ojalá en este país dejemos de celebrar los disfraces y empecemos a exigir el tejido verdadero: el que aguanta, el que conecta, el que construye. Menos pose. Más trama. Menos ruido. Más respeto.

Duván Arnobis

Comunicador y periodista

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