Cuando J.P Morgan nos pinta el mapa y se olvida de nuestra brújula

Si los grandes bancos de inversión fueran cartógrafos, sus informes serian esos mapas antiguos donde los bordes del mundo conocido se desvanecen en la leyenda “aquí hay dragones”. J.P Morgan acaba de publicar su propio atlas para navegar la próxima década, y el paisaje que dibuja es, cuando menos, vertiginoso: un triunvirato de Inteligencia Artificial, fragmentación geoeconómica e inflación estructural gobierna el futuro. Su diagnóstico es lúcido, casi inapelable en su descripción de fuerzas macro. Pero, como todo mapa dibujado desde las alturas de Manhattan, tiene zonas de sombra, especialmente para quienes miramos el mundo desde esta orilla del Rio Cauca.

Comencemos por la gran transformación que todos celebran y pocos entienden: la Inteligencia Artificial, J.P Morgan la equipara a la electrificación o a internet, un acierto en la escala, pero quizás un error en la analogía. Esas revoluciones democratizaron el acceso (a la energía, a la información). La IA, en cambio, se construye sobre montañas de capital, datos y talento hiperconcentrados. El informe reconoce “señales de sobreexuberancia” en el mercado, un eufemismo digno de un banquero para describir una fiebre especulativa que hace parecer la burbuja punto-com un juego de niños. El riesgo no es solo una corrección financiera; es que la brecha entre quienes producen la tecnología y quienes meramente la consumen se vuelva un abismo insalvable. América Latina, históricamente clientes de innovaciones ajenas, podría quedar otra vez relegada a ser un mercado de prueba y un exportador de materias primas para los chips de otros.

Lo que nos lleva a un segundo pilar: la fragmentación global. El lema ya no es “eficiencia”, sino la “seguridad”. Las cadenas de suministro se acortan, los bloques comerciales se atrincheran y el comercio se politiza. El informe ve en esto una oportunidad para nuestra región: proveedora confiable de energía, alimentos y minerales críticos, es cierto. El potencial es enorme. Pero aquí es donde el análisis de alto nivel tropieza con nuestra cruda realidad. Para argentina, Brasil, Chile o Perú, “aprovechar la oportunidad” no es solo abrir más minas o sembrar más soja. Exige lo que el informe menciona de pasada y nosotros sabemos que es la gran asignatura pendiente: estabilidad macroeconómica y reglas previsibles.

Sin eso, seremos meros apéndices de las nuevas cadenas, sujetos a la volatilidad de los precios y a los caprichos de los compradores. La fragmentación puede convertirnos en un refugio de recursos, pero también puede a aislarnos si no construimos soberanía tecnológica y capacidad de agregar valor. No basta con alimentar a las maquinas de otros; hay que aprender a construir las propias.

Y entonces aparece el tercer jinete: la inflación estructural: J.P Morgan sentencia que el mundo de baja inflación pre-pandemia no volverá. Los motivos: de déficits ficales crónicos, envejecimiento, políticas industriales y la propia fragmentación. Es un diagnostico pesimista y probablemente correcto. Para economías como las nuestras, ya vulnerables a los shocks de precios, esto es una bomba de tiempo. Una inflación global más alta y volátil será un viento de frente permanente, erosionando el poder adquisitivo, presionando los tipos de interés y limitando el margen de maniobra para políticas de desarrollo. En otras palabras, el mundo nos ofrece una oportunidad por nuestros recursos, pero nos cambia las reglas del juego con un contexto financiero más hostil.

El informe completa el panorama destacando dos refugios: el oro, que resurge por compras récord de bancos centrales (la huida hacia lo tangible en un mundo incierto), y el giro histórico de Europa hacia el gasto militar e infraestructura, un reconocimiento triste de que la fortaleza también se mide en cañones y muros.

J.P Morgan nos ha presentado un diagnóstico “poderoso”. Pero un mapa no es el territorio, y el suyo, por sofisticado que sea, omite los baches de nuestro camino. La inteligencia artificial exige que invirtamos en educación, infraestructura digital y ecosistemas de innovación reales, no en meros discursos. La segmentación demanda que integremos la región con seriedad, creando cadenas de valor intra-latinoamericanas resilientes. Y la inflación estructural obliga a una disciplina fiscal y monetaria que hemos elucidado por décadas.

Estamos al frente de un nuevo orden tripolar geoeconómico que no es un destino ineludible; es un campo de batalla. Podemos ser el “patio trasero” de la revolución tecnológica y el supermercado de los bloques fragmentados, o podemos usar esta coyuntura para sentar las bases de un desarrollo autónomo e inclusivo nuestro americano. La oportunidad está ahí, pintada en el mapa del banco, la brújula para no perdernos, sin embargo, tendremos que construirla nosotros, con políticas serias, instituciones creíbles y una visión que vaya más allá del próximo ciclo de commodities. De lo contrario, los dragones de la irrelevancia seguirán esperándonos en los márgenes del progreso global.

Andrés David Arana Gutiérrez

Investigador Académico, consultor y asesor en temas relacionados con Geopolítica y Geojurídica Digital e Inteligencia artificial. Columnista y articulista de medios escritos digitales nacionales e internacionales. 

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