Cuando gobernar deja de ser espectáculo

Colombia atraviesa una de esas etapas en las que la política dejó de ser un ejercicio de responsabilidad para convertirse en una función permanente. No se gobierna para resolver problemas, sino para provocar reacciones; no se lidera para construir consensos, sino para monopolizar la atención. Y cuando el ruido reemplaza a la gestión, el país paga la cuenta.

Resulta revelador que, en medio del agotamiento ciudadano, surja la nostalgia por un tipo de presidente casi extinto en América Latina: el presidente aburrido. No el indiferente, no el ausente, sino el gobernante sobrio, predecible, institucional. Aquel que entiende que su mayor virtud no es deslumbrar, sino dar tranquilidad. Fernando Henrique Cardoso lo fue para Brasil. No fue un caudillo, no fue un mesías, no fue un protagonista de escándalos diarios. Fue, simplemente, un jefe de Estado que estabilizó, ordenó y permitió que las instituciones respiraran.

En Colombia ocurre exactamente lo contrario. La presidencia se ha transformado en una tarima itinerante, en un micrófono sin filtro, en un monólogo interminable donde caben lo íntimo, lo divino, lo provocador y lo ofensivo. El problema no es solo el tono ni la duración de los discursos, sino su intencionalidad: convertir la política en entretenimiento, la provocación en estrategia y el escándalo en método de gobierno.

Un presidente no es un influencer, no es un predicador, no es un artista en gira. Es el jefe del Estado. Cada palabra que pronuncia tiene consecuencias institucionales, sociales y culturales. Normalizar la divagación, el irrespeto y la banalización del poder es abrirle la puerta a una peligrosa pedagogía del “todo vale”.

Se nos dice que este gobierno será inolvidable. Y es cierto. Colombia no lo olvidará. No lo olvidará por la destrucción progresiva de un sistema de salud que funcionaba con falencias, pero funcionaba. No lo olvidará por el desprecio al mérito, la relativización del delito y la tolerancia con estructuras criminales. No lo olvidará por el desorden fiscal, la improvisación administrativa ni por haber tenido los presupuestos más altos de la historia sin resultados estructurales que los justifiquen. No lo olvidará por la corrupción que se denuncia, se reconoce… y se mantiene.

Pero, sobre todo, no lo olvidará por la soledad del poder. Porque nunca habíamos visto un presidente tan desconectado del país real, tan ensimismado en su propio relato, tan convencido de que provocar es gobernar. Un llanero solitario, sí, pero sin causa común, sin épica colectiva y sin rumbo claro.

La historia enseña que los países no se destruyen solo por malas intenciones, sino por liderazgos que confunden el protagonismo personal con el interés nacional. Gobernar no es hacerse notar. Gobernar es resolver, ordenar, respetar y construir futuro.

Quizás la mayor lección de este momento es sencilla y contundente: Colombia no necesita un presidente inolvidable. Necesita uno confiable. Y si eso lo hace parecer aburrido, bendita sea esa aburrición.

 

Luis Carlos Gaviria Echavarría

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.