Cuando el fútbol toca la puerta; hay que abrirle con todas nuestras fuerzas

Un marco de lucha política recorre el mundo: “El Mundial de fútbol solo debería ser organizado por México y Canadá. Estados Unidos no debe hacer parte de ese certamen, ni como organizador ni como participante. Se acusa a su gobierno, y a la FIFA, de respaldar crímenes contra la humanidad”. La afirmación no surge en el vacío. El Mundial 2026 se organiza mientras la administración estadounidense sostiene, con recursos militares y blindaje diplomático, una guerra de exterminio en Palestina, Irán, Yemen, Venezuela, Cuba. El fútbol, el espectáculo global por excelencia, está siendo convocado como escenario de esa contradicción.

La iniciativa, sin embargo, aún no adquiere la densidad política necesaria para materializarse. No por falta de indignación, sino por la ausencia, todavía, de una convergencia efectiva de fuerzas. A vuelo de pájaro, lo que se observa es una lenta pero persistente rearticulación del movimiento global contra el genocidio en Palestina: dispersa, desigual, pero en marcha.

En ese proceso comienzan a ensayarse nuevas formas de acción. Protestas virtuales, campañas digitales, intervenciones simbólicas que buscan escalar: de la red a la calle, de la calle a las instituciones, de las instituciones a los tribunales. No es un camino sin precedentes. El movimiento antiapartheid tardó décadas en lograr que Sudáfrica fuera excluida del deporte internacional, pero lo logró. Esa secuencia, del agravio moral a la presión institucional, es exactamente la que hoy se intenta recorrer, con otras herramientas y otra velocidad. Está por verse si esta vez logra adquirir masa crítica y traducirse en presión política real.

Algo, no obstante, empieza a calentarse. Los primeros emprendedores morales, activistas de redes con alta capacidad de amplificación, ya operan como vectores de esta indignación dispersa. No se trata aún de un movimiento consolidado, sino de un agravio moral en gestación, impulsado por un renovado sentido de justicia global que nombra, cada vez con menos ambigüedad, al imperialismo estadounidense como motor de desestabilización, hambre y terror. Nombrarlo así no es retórica: es reconocer que detrás de cada veto en el Consejo de Seguridad, de cada embarque de armas, de cada bloqueo humanitario, hay una política de Estado que elige quién vive y quién muere.

En ese horizonte, el fútbol, lejos de ser un terreno neutral, puede devenir en el síntoma simbólico más visible de una disputa mayor: aquella que enfrenta la legitimidad de los grandes dispositivos occidentales con las demandas emergentes de justicia transnacional y el fin de las guerras coloniales, de rapiña y muerte. El movimiento está tocando la puerta. Escuchemos y salgamos a abrirle con todas nuestras fuerzas.

Julián Andrés Granda

Sociólogo marxista de la Universidad de Antioquia, Colombia; Magister en Estudios políticos Latinoamericanos con la tesis titulada el pensamiento político revolucionario de Luis Vitale Cometa por la Universidad Nacional de Colombia. Defensor del socialismo científico. Candidato a Doctor de la Flacso Ecuador; miembro del Pacto Histórico.

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