“De todos los tipos de ignorancia, la de los educados es la más peligrosa. No solo es probable que las personas educadas tengan más influencia, sino que son las últimas en sospechar que no saben de qué están hablando cuando salen de su estrecho campo académico.”
– Thomas Sowell
Un liberalismo que no genera ruido
Existen versiones del liberalismo que no incomodan, no proponen preguntas y no se comprometen en la lucha contra el otro lado. Una de ellas es el liberalismo de cóctel: un liberalismo que discute sobre la libertad mientras brinda con canapés, lisonjas recíprocas y aire acondicionado, en un salón alfombrado de hotel o de un auditorio universitario impecable, en un entorno autoritario.
Ese “liberalismo” mantiene los paradigmas abiertos en lugar de desafiarlos. Se le sugiere; no se le reta. Lo que prefiere es estar en listas de invitados; no molesta a los burócratas, a los políticos de turno ni a los empresarios prebendarios. Selecciona la selfi con el logotipo brillante en lugar de la foto normal.
¿Qué es el liberalismo de cóctel?
El liberalismo de cóctel es aquella postura que se encuentra en una posición privilegiada y transforma el choque de ideas en un circuito de eventos elitistas con el propósito de establecer relaciones. Todo sucede en aulas universitarias bien conservadas o en salones de hotel perfectamente equipados, con sonido de alta calidad y un discurso cuidadosamente organizado para no poner en peligro los viajes, las becas o la financiación.
No se trata de una doctrina, sino de una actitud. Se menciona a grandes pensadores de la libertad como von Mises o Rand; en cambio, se comercian principios como si fueran partidas presupuestarias. Se habla de libre mercado; mas, en los hechos, se actúa por medio de fondos públicos indirectos. Es un liberalismo moderado: tiene inclinación hacia la libertad, aunque no es total.
Así, LinkedIn se transforma en un museo de certificados de conferencias internacionales; sin embargo, cuando le corresponde defender un derecho legítimo —el del vendedor ambulante que paga coimas para ubicar su puesto o el del taxista que compite con aplicaciones reguladas—, se escapa.
La representación del liberal de cóctel
El liberal de cóctel conoce todos los hashtags “correctos”, congresos y hoteles. Tiene fotos con copas, logotipos, pancartas y “referentes”; carece de cicatrices de las batallas.
Su biografía adquiere tintes épicos: ha colaborado con una fundación, ha participado en simposios como conferencista y es miembro honorario de un programa. No obstante, su consistencia se asemeja a una montaña rusa que termina pareciendo un castillo de cristal. Alza la voz cuando se trata de la libertad, pero se queda callado si debe denunciar a un empresario protegido por aranceles, a una organización “aliada” que subsiste gracias al mismo Estado que critica o a un político amigo que otorga privilegios.
En las redes sociales se considera el mayor incendiario: memes arrasadores, citas célebres en inglés e hilos grandilocuentes que vuelven locos a sus 300 seguidores. En la mesa que distribuye becas, favores y viáticos, es conciliador, obediente y pragmático. “Es necesario ser estratégicos”, sostiene al tiempo que el Estado se expande.
La traición a la naturaleza de la libertad
El liberalismo surgió con la intención de incomodar la autoridad, no de embellecerla. Se construyó confrontando monopolios, privilegios, arbitrariedades y fueros; no aplaudiéndolos si traen buen servicio de catering y barra libre. John Locke no escribió con la intención de ser parte de la lista VIP; Hayek no ganó el Premio Nobel para hablar en convenciones.
Cuando el liberalismo se convierte en algo protocolario, pierde su esencia y sus raíces. Un discurso que no defienda al individuo en particular —al limpiabotas joven que, para no perder su puesto, debe pagar un “permiso” informal; a la empresaria acosada por inspectores que le piden sobornos; o al comerciante que quiebra después de tres meses— no es liberalismo. Es una ornamentación ideológica destinada a una élite desconectada.
Esta traición se conoce de plano cuando se transforma la libertad en un entretenimiento de la clase media alta: predicar en contra del populismo mientras se permite que el corporativismo lo nutra; hablar de meritocracia mientras se vive gracias a las redes de contactos. El liberalismo de cóctel no confronta al Estado, sino que vive en coexistencia con él, siempre que tenga una parte.
Liberalismo con barro en las botas
Lo importante del liberalismo no es lo que se exhibe en la acreditación: es lo que se sostiene en las calles. El que tiene la capacidad de describir la inflación sin usar PowerPoint, empleando ejemplos como el alquiler que subió un 20%, el pan que ya no alcanza o el precio del pasaje en microbús que consume todo el sueldo. El que explica los impuestos y cómo estos asfixian el taller familiar, el puesto en la feria dominical y el quiosco de la esquina.
Ese liberalismo no se oculta detrás de la teoría; tampoco la abandona. Es consciente de que la libertad no es un documento académico ni una conferencia TEDx; es, más bien, proteger al changuito que tiene su puesto de empanadas y vigilar al inspector que pide “colaboración”. A través del liberalismo, el trabajador debe comprender que la inflación no es resultado de “mala suerte”, aunque sí consecuencia de que el Estado emite billetes sin respaldo.
Antes que dejar de ser coherente, un liberal a carta cabal elige perder amigos influyentes, financiación sospechosa o lugares exclusivos. Y si hay que decidir entre aparecer bien en la foto del evento o sentirse a gusto con uno mismo —y con el hombre que lucha por alimentarse—, escoge la conciencia sin dudarlo.
Romper el vaso
Lo que está mal no es ofrecer un brindis por la libertad, sino vivir solamente para ello. Si el “militante” se limita a ir tras la próxima invitación, el siguiente panel o el próximo certificado, entonces el liberalismo acaba reducido a una decoración conceptual para un sistema que está radicalmente en su contra.
Hoy día, ser un insubordinado liberal implica algo disruptivo: cuestionar el liberalismo de cóctel, expresar lo que no se debería y lo que otros no quieren decir, interpelar a nuestros propios aliados cuando se convierten en parte del problema (los think tanks que subsisten gracias a subsidios encubiertos y las fundaciones que intercambian el silencio por acceso), confrontarlos y llevar la conversación sobre la libertad a espacios donde casi nunca llega: al taller con aroma a pintura, al mercado con olor a productos frescos o a cualquier lugar donde sucede la vida real.
La posibilidad de elegir
El liberalismo latinoamericano enfrenta una disyuntiva histórica: seguir girando en círculo entre aplausos complacientes, paneles y copas, perpetuando el mismo statu quo que dice aborrecer; o asumir la valentía de devolverle al liberalismo su filo original, restaurarlo como una fuerza de rebeldía auténtica y no como un simple código de vestimenta para eventos corporativos.
Los insubordinados ya hemos tomado una decisión: más arrojo, menos cócteles. Más manos sucias repartiendo volantes en la esquina, menos servilletas de lino. Más interacción personal con el contribuyente que paga todo, menos autorretratos con logotipos.
Porque la libertad no se protege con tapas ni con etiquetas. No. Se protege en la trinchera, donde se encuentra el adversario verdadero: el privilegio, sin importar de dónde provenga. Y es allí, insubordinados, donde nos reuniremos.













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