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Hay ausencias que no hacen ruido, pero pesan.
No son gritos ni peleas, son agendas llenas, planes sin nombre propio y vidas que avanzan en paralelo sin tomarse de la mano. Existen parejas donde el amor no se acaba de golpe, sino que se va quedando sin espacio. Donde uno espera y el otro siempre está “ocupado”. Donde los planes se hacen con amigos, con el trabajo, con el mundo… menos con la persona que dice amar. No hay mala intención, dicen. Solo falta de tiempo. Solo cansancio. Solo excusas que se repiten tanto que terminan sonando normales.
Y entonces pasa lo inevitable.
Aparece alguien.
No llega buscando romper nada, llega escuchando. Pregunta cómo estuvo el día, se interesa, está presente. No promete eternidades, pero cumple lo básico: atención, interés, constancia. Y sin darse cuenta, esa persona empieza a ocupar el espacio que la pareja dejó vacío.
Ahí nace la confusión.
Porque no siempre se trata de dejar de amar, sino de empezar a sentirse visto. De volver a sentirse importante. De recordar lo que es que alguien te elija sin que tengas que rogar por un momento, una llamada o un plan compartido.
Y sí, a veces esa confusión cruza una línea.
A veces se comete una traición.
No porque se sea una mala persona, sino porque se estaba emocionalmente sola dentro de una relación. Porque el corazón, cuando no recibe, busca. Y cuando encuentra refugio, se queda más tiempo del que debería.
La confusión no justifica la traición, pero la explica.
Nos obliga a hacernos preguntas incómodas:
¿En qué momento dejamos de cuidar lo que teníamos?
¿Desde cuándo amar se volvió una excusa para no estar?
¿Hasta dónde se puede exigir lealtad cuando se ha negado presencia?
Esta no es una defensa del engaño, es una invitación a la conciencia. Porque muchas historias no se rompen por terceros, sino por ausencias prolongadas disfrazadas de rutina. Y al final, la confusión no aparece cuando alguien aparece, si no cuando alguien se fue sin irse












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