Colombia rumbo al aislamiento

La política exterior de un país no debe ser un escenario para la catarsis personal ni para la resolución de disputas ideológicas. Por encima de todo, se trata de un ejercicio de responsabilidad histórica. Sin embargo, bajo el actual gobierno de Colombia, esta premisa parece haber sido desatendida. La confrontación arancelaria que ahora se vive con Ecuador, el enfrentamiento retórico y poco diplomático con Donald Trump, así como las constantes indirectas, descalificaciones y provocaciones dirigidas a mandatarios y posturas políticas de otros países por parte de Gustavo Francisco Petro Urrego, están empujando a Colombia hacia un peligroso aislamiento internacional. Este camino, en lugar de fortalecer la soberanía, amenaza con convertir al país en un paria regional y global.


La diplomacia colombiana, reconocida tradicionalmente por su prudencia, capacidad de mediación y alineación estratégica con Occidente, actualmente se encuentra subordinada a una lógica de confrontación ideológica. Su presidente ha decidido adoptar un enfoque beligerante, dando prioridad a la provocación sobre el consenso, la retórica sobre la negociación y la narrativa del agravio sobre la construcción de alianzas. En lugar de establecer puentes, se dinamitan relaciones. En lugar de salvaguardar los intereses del Estado, se intensifican resentimientos de carácter personal y posturas dogmáticas.

El incidente con Ecuador es apenas un indicio de un problema más profundo y extendido. Las tensiones diplomáticas, exacerbadas por declaraciones impulsivas y carentes de reflexión, han deteriorado una relación estratégica con un país vecino de gran importancia para la seguridad fronteriza, el comercio y la lucha contra el crimen transnacional. En lugar de desempeñar el rol de jefe de Estado, Gustavo Francisco Petro Urrego ha optado por adoptar una postura de activista ideológico, demostrando una incapacidad para separar su perspectiva política personal de las necesidades reales de la nación que lidera.

En lo que respecta a su postura hacia Estados Unidos y figuras como Donald Trump, se observa una actitud similar. Independientemente de las simpatías o antipatías que pueda generar el presidente de los Estados Unidos, es inaceptable utilizar la política exterior como un ring para enfrentamientos simbólicos que no contribuyen al bienestar del país. Es importante destacar que Estados Unidos continúa siendo un aliado comercial, político y estratégico de gran relevancia para Colombia. La materialización de dicha relación en un escenario de confrontaciones ideológicas, redunda en un menoscabo de la posición colombiana y en una disminución de su margen de acción en un contexto global caracterizado por una creciente competitividad y polarización.

El problema fundamental no radica en una diferencia legítima de visiones políticas, lo cual es común en el marco de una democracia. El problema radica en el tono, la forma y la reiteración de un discurso cargado de resentimiento y hostilidad. El gobierno de Gustavo Francisco Petro Urrego se ha caracterizado por una postura de confrontación constante, manifestándose en desacuerdos notables con diversos sectores, incluyendo la oposición interna, los medios de comunicación, el empresariado y, más recientemente, líderes y gobiernos extranjeros. Este estilo no solo erosiona la institucionalidad, sino que proyecta al mundo la imagen de un país inestable, impredecible y poco confiable.

La formulación de políticas internacionales no se basa en discursos motivacionales ni en consignas propias de una asamblea estudiantil. Su construcción se basa en una estrategia meticulosamente planificada, un enfoque pragmático y una visión a largo plazo. Cuando un presidente reduce las relaciones exteriores a una confrontación ideológica entre “buenos” y “malos”, o entre “progresistas” y “enemigos del cambio”, el resultado inevitable es el aislamiento. Ningún país que valore la estabilidad y el respeto mutuo desea establecer relaciones sólidas con un socio que interpreta cada desacuerdo como un ataque personal y cada diferencia como una disputa moral.

Este aislamiento, lejos de ser un daño colateral accidental, constituye un elemento que fortalece la narrativa del progresismo radical que actualmente gobierna. Un país enfrentado con el mundo es uno que resulta más sencillo de controlar a través del discurso del miedo, la victimización y la conspiración permanente. El argumento del “ellos contra nosotros” se utiliza a menudo como una justificación para fracasos internos, desaciertos económicos y crisis sociales. Cuando el contexto internacional no es favorable, se suele atribuir la responsabilidad a factores como el “imperialismo”, la “influencia de la derecha internacional” o poderes externos no especificados.

Es especialmente inquietante que esta perspectiva esté matizada por una indulgencia preocupante hacia actores que en el pasado han utilizado la violencia contra el Estado. El discurso gubernamental ha legitimado, cuando no justificado, la violencia política bajo el argumento de la lucha social. El pasado no resuelto, impregnado de resentimiento y odio, se recicla actualmente en una política exterior que muestra una actitud favorable hacia los regímenes autoritarios y una desconfianza sistemática hacia las democracias liberales.

Colombia enfrenta el riesgo de incurrir en prácticas similares a las observadas en otros países de la región, donde mandatarios, en aras de la transformación, han disuelto alianzas estratégicas, desalentado la inversión, deteriorado su imagen internacional y, en última instancia, han confinado a sus naciones en un ciclo pernicioso de pobreza, dependencia y autoritarismo. El aislamiento nunca ha sido sinónimo de soberanía; por el contrario, suele ser la antesala de la decadencia.

El deber fundamental de un presidente no radica en fomentar resentimientos ni en resolver contiendas ideológicas, sino en salvaguardar el porvenir de su nación. Colombia requiere de una política exterior sólida, profesional y coherente, que comprenda que el mundo no se rige a partir de trincheras dogmáticas, sino de intereses comunes, equilibrios estratégicos y cooperación mutua. Cada declaración incendiaria, cada confrontación innecesaria, cada gesto de menosprecio hacia posibles aliados, acarrea consecuencias tangibles que terminan pagando los ciudadanos.

La situación actual de Colombia requiere de una gestión mesurada, un liderazgo firme y un sentido de Estado sólido. Persistir en una diplomacia del resentimiento solo conducirá a una mayor atomización de las relaciones internacionales y a una crisis que será difícil de revertir. La evidencia histórica demuestra que las naciones que adoptan posturas aislacionistas motivadas por convicciones ideológicas particulares suelen enfrentar consecuencias significativas. Por lo tanto, es fundamental que Colombia evite cometer el mismo error.

Andrés Barrios Rubio

PhD. en Contenidos de Comunicación en la Era Digital, Comunicador Social – Periodista. 23 años de experiencia laboral en el área del periodística, 20 en la investigación y docencia universitaria, y 10 en la dirección de proyectos académicos y profesionales. Experiencia en la gestión de proyectos, los medios de comunicación masiva, las TIC, el análisis de audiencias, la administración de actividades de docencia, investigación y proyección social, publicación de artículos académicos, blogs y podcasts.

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.