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Colombia ha muerto

Colombia ha muerto porque el escándalo que esas pérdidas causaron se limitó a la contemplación y permitimos que debilitaran nuestros tejidos sociales y muriéramos desangrados. Colombia ha muerto y para ella y para quienes alguna vez la habitaron, es éste novenario que no es más que una metáfora y un recurso para recordar que ya no estamos y que difícilmente volveremos a estar.

 

Por la señal de la santa cruz
de nuestros enemigos
líbranos, Señor, Dios nuestro.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
Amén.

I

“Muchas son las penas que sufren las benditas almas de purgatorio…”

Me gustaría empezar aclarando que el título no es más que una metáfora y que al igual que Nietzsche sólo intento construir a través de otras palabras un concepto que poco o nada tiene que ver con la definición literal de muerte. Pero no. Me veo obligada a reiterarlo. Colombia ha muerto, no ha cesado la horrible noche y sólo hallo indiferencia y neutralidad respecto al dolor de los demás en los cuerpos que se suponen vivos. Por ello, este escrito es nueve minutos de silencio y una pregunta para mí que escribo y para los ustedes que me leen y propician este encuentro — aunque en distintos tiempos y espacios— de rostros y miradas tristes.

Contaré un par de historias que utilizaré como excusas para justificar las ideas que mezclo en este laboratorio de hoja y tinta. Los siguientes apartados serán habitados por palabras, un par de cuentos, nombres, sentimientos grises, lutos de más de cincuenta años, rostros desconocidos y cápsulas para la memoria. Depende de ustedes que todos ellos adquieran un sentido y un ser y estar aquí, en el mundo, más allá del papel.

II

“¡Infeliz de mí, oh señor, que por espacio de tantos años he vivido en la tierra no mereciendo sino los castigos del infierno!”

Una novela corta titulada La muerte de Iván Illich de León Tolstoi, narra la vida de Iván Illich y su encuentro con la muerte. El relato empieza por el final, el velorio de Illich. Seguidamente, en forma retrospectiva, se van dibujando los personajes a partir de la narración de distintos momentos de la vida del protagonista. Iván Illich, había sido un burócrata y presidente de la audiencia territorial, este puso su vida totalmente al servicio de su trabajo. Era un hombre ambicioso y sus primeros años fueron fértiles y prometedores. Contrajo matrimonio con una mujer que, aunque no amaba, le resultaba agradable y por otro lado, el medio social del que hacía parte, veía con buenos ojos aquella unión; pero, la vida matrimonial no fue lo que Illich esperaba pues pronto se convirtió en un lugar de imposible convivencia entre los esposos. Por ello, prefería pasar muchas horas en su trabajo y las pocas que pasaba en casa, se aseguraba de contar con la presencia de un tercero que les obligara a guardar las apariencias. En cuanto a su vida laboral, después de un tiempo, algunos obstáculos y problemas empañaron su tranquilidad pero, no con mucha dificultad logró sortearlos. En éste punto, surge cierta tensión en el relato puesto que, Illich empieza a padecer unos dolores y síntomas extraños que lentamente lo van conduciendo a su lecho de muerte.

Sí, Colombia ha muerto. Ha muerto porque la indiferencia es otra forma de estar muertos.

Desde que aparecieron las primeras dolencias, su familia creyó que no eran más que dolores pasajeros y asumieron con total indiferencia los padecimientos de Illich. Incluso, estos parecen suponer que no sucede nada y que todo es parte de la imaginación del padre. Sin embargo, Iván Illich empeora con el paso de las horas y ese estado de abandono total junto con los dolores extremos que padece y sus penosos estados emocionales, sirven como vehículo para que el protagonista se suma en profundas introspecciones y discusiones consigo mismo sobre los sentidos de la muerte y de su existencia.

III

En la vida presente no se conoce la fealdad del pecado, pero bien se conoce en la otra…”

En un cuento de Miklós Gyárfás   — cuya estructura narrativa se da en forma de diálogo — aparecen dos personajes: el tío José y el muchacho Gregorito. Éste último, invade al viejo con inocentes preguntas a las que el viejo responde con frases simples en las que parece atisbarse que él sugiere algo, que dentro de la apariencia banal de sus respuestas se ocultan otros sentidos y pistas para comprender el cuento pero ese algo resulta demasiado nebuloso e incomprensible. El chico le pregunta sobre sus pasatiempos, sobre la muerte y sobre sus oraciones o si recibe un salario por envejecer, entre otras cosas ordinarias que suelen inquietar a un niño. Pero antes de marcharse, el chico pregunta sobre un jabón que reposa sobre una mesa y le resulta sumamente extraño que ocupe ese lugar. El cuento finaliza con un pequeño párrafo que describe que, luego de que el muchacho se fue, el viejo se acercó a la mesa y lloró mientras miraba el jabón.

IV

…socorredlas a ellas para que mitiguen sus dolores.”

La Defensoría del pueblo indicó quedesde el 1 de enero de 2016 al 27 de febrero de 2018, la se presentaron 282 homicidios de personas dedicadas a la defensa de la comunidad o de los derechos humanos”.

V

“…sufrir aquel fuego sin saber cuándo tendrán fin sus tormentos.”

El libro titulado Ante el dolor de los demás de Susan Sontang, es un ensayo sobre la guerra, un manifiesto afligido y devastado. En éste, Sontang expone una idea transversal en todo el documento y es ¿qué efectos produce la constante proliferación de imágenes y noticias atroces a las que nuestras cotidianidades se ven sometidas a presenciar? Según parece, esas exhibiciones del dolor ajeno han hecho que se cree un efecto contradictorio y contrapuesto al esperado. Al perecer se aturde el bichito de la sensibilidad y la empatía y parece que, como el zapato nuevo que talla solo durante los primeros días, terminamos por adaptarnos al zapato o al dolor del otro, maquillando esas indiferencias, naturalizando eso terrible que le sucede a los otros y exacerbando el morbo de nosotros, los indignados pero tranquilos espectadores.

VI

“…y tened piedad de mí y de las almas que arden en el fuego del purgatorio por la poca estima que hicieron de vuestra dolorosísima pasión y por las comuniones omitidas por negligencia, o hechas con tibieza.”

El semestre pasado, en una clase de filosofía, un profesor nos condujo a un razonamiento en apariencia ordinario, pero, la idea pequeñita que lo habitaba, hizo eco y después de ello, su sonido se repite con frecuencia en mi memoria. El razonamiento fue el siguiente: pensemos que en una casa vive una familia numerosa, es diciembre y es el día de la entrega de regalos ¿creen que uno de los niños, que espera con ansias la llegada del niño dios, se quedará sin regalo porque sus padres no tenían dinero? ¿Creen que la numerosa familia permitiría que unos abran paquetes y otros solamente miren? Muy seguramente no, respondimos, porque entre los miembros de la familia reunirían para todos o al menos eso harían nuestras familias. Bien, dijo, ¿han escuchado ese dicho que dice que donde comen dos comen tres? Sí, respondimos. ¿Creen que alguno de los miembros de esa familia se moriría de hambre mientras los otros comen? ¿Creen que con indiferencia dejarían que la desnutrición acabara con su vida? Claro que no, respondimos con seguridad. ¿Entonces? ¿Por qué en ésta gran casa algunos se mueren de hambre? ¿Por qué tranquilamente nos sentamos en la mesa del restaurante mientras otro, afuera, a través de la ventana nos observa suplicante? Hubo un silencio incómodo, hasta que uno de nosotros dijo, porque así es la gente, profe.

VII

“Y vos, oh Madre de misericordia, mitigad con vuestro poder sus sufrimientos.”

Llegados aquí, ustedes se preguntarán de qué van todos esos apartados en apariencia tan sueltos y alejados los unos de los otros. La intención de exponer cada uno de los puntos como objetos de naturaleza tan variada que dejarían perplejo a cualquier visitante de museo, era precisamente esa, inquietar, incomodar, al menos un poco, despertar curiosidad en los cerebros tan acostumbrados a lecturas serenas. Pero tranquilos, aquí intentaré mostrar la ruta que implícitamente perseguían estas historias.

En primer lugar, la La muerte de Ivan Illich me pareció que era un gran espejo de la Colombia de hace cincuenta años, la Colombia de ahora y, si seguimos así, muy seguramente de la Colombia de los próximos cincuenta. Planteo lo anterior básicamente por una razón: la actitud de la familia de Illich resulta muy similar a la actitud asumida por gran parte de la población. Subestimamos la guerra, el sufrimiento y el mal, nos engañamos y maquillamos el dolor ajeno y ellos, las víctimas, lloran en silencio, desde las soledades más profundas, sin recibir ayuda de ninguno de los buenos compatriotas, y en las condiciones más deplorables, como Iván Illich.

En segundo lugar, menciono el cuento El muchacho pregunta de Miklós Gyárfás justificándome en dos excusas pequeñitas. La primera, es que se repite la figura de la víctima que en la más profunda soledad, llora casi en silencio a sus pérdidas, a sus muertos. La segunda, incluso para mí resulta un poco confusa, pero se relaciona con el sentido del jabón en el cuento, éste último hace referencia al genocidio judío de la segunda guerra mundial. Me pregunto cómo eternizar a nuestros muertos, cómo impedir que desaparezcan… Quizás, éste escrito nace bajo la idea romántica de intentar eso, inmortalizarlos y visibilizarlos, sacarlos de las bóvedas oscuras y anónimas en las que la sociedad misma los ha enterrado y reclamar con sus manos y sus caras por justicia, por respeto, clamar por sus existencias y sus muertes, para que éstas últimas, al menos, nos los olvidemos y sus muertes no sean en vano.

En tercer lugar, sobre el razonamiento pronunciado por el profesor aquella mañana, poco o nada me queda por decir. Es evidente que resulta absurdo, si seguimos el razonamiento, comprender, justificar o explicar la indiferencia y la insensibilidad que nos cobija a todos. Es por esto que en último lugar, recuerdo el libro de Sontang, cuya mención resulta ser una advertencia, o no, mejor un ruego para que los nombres que más abajo aparecen, para que las cifras que resultan tan abstractas e incomprensibles, no tengan el efecto contrario al que espero. Vale preguntarse entonces cuál es el efecto que espero.

VIII

Y vos, Virgen Fidelísima interponed vuestros méritos en su favor.”

Sí, Colombia ha muerto. Ha muerto porque la indiferencia es otra forma de estar muertos. Ha muerto porque han matado a nuestros líderes sociales, a profesores, a defensores de los derechos humanos, a miembros de comunidades indígenas y a activistas. Colombia ha muerto porque se desintegraron sus valores y no supimos convertir el dolor y los daños que causaban la guerra en resistencia, no supimos oponernos a quienes nos destruyeron. Colombia ha muerto porque el escándalo que esas pérdidas causaron se limitó a la contemplación y permitimos que debilitaran nuestros tejidos sociales y muriéramos desangrados. Colombia ha muerto y para ella y para quienes alguna vez la habitaron, es éste novenario que no es más que una metáfora y un recurso para recordar que ya no estamos y que difícilmente volveremos a estar.

IX

“…el fuego del tedio, la oscuridad, la incertidumbre del tiempo en que han de verse libres de aquella cárcel…”

Por Freddy Quintero, Fabián Rosales, Libardo Moreno, Kevin León, José Taquez, Ancizar Cifuentes, Horacio Triana, Homero Ortega, Robert Jaraba, Ibes Trujillo, Juan Moreno, José Jaramillo, Fernando Gómez, Luis Fernandez, Ana Cortés, Margarita Estupiñán, Felicinda Santamaría, Luis Barrios, Iván Lázaro, Gabriel Correa, James Hidrobo, José García, Héctor Anteliz, Evelia Atencia, Francisco Guerra, Yeison Ramirez, Leidy Amaya, Hugo Pérez, María Moreno, James Jimenez, Wilsom Quetama, Belisario Benavidez, María Cruz, José Herrera, Juan Mena, Tomás Barreto, Elkin Toro, Jesús Grueso, Sandra Luna, Yolanda Maturana, Nixon Mutis, Temístocles Machado, Eleazar Tequia, Fares Carabalí… y todos los otros nombres que me niego a limitar a cifras, por todos los rostros desconocidos, por sus gritos silenciados, por sus luchas que también fueron las nuestras, por los que tienen miedo, por los desaparecidos, por sus familias, por su dolor y por la última bocanada de aire que sus bocas rebeldes inspiraron… por ellos y para ellos esta vela de papel y palabras.

 Dales, Señor, el descanso eterno, luzca para ellas la eterna luz.

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
Amén.

 

 

Esto fue escrito por

Mayra Alejandra Ovalle Peñuela

Resumiré todo en que, producto de mi incapacidad para ser una sola mujer decidí estudiar literatura, jugar a saberlo todo de otros, infiltrarme en los enredos más viscosos y ser eso que mi absurda y limitada vida mortal me impide. Y una última cosa, me inclino obsesivamente por las artes o demás cosas que son completamente inútiles porque me encanta no servir para nada.