“El co-banking y la ejecución disciplinada no son solo herramientas financieras. Son mecanismos que permiten financiar infraestructura, energía, hidrocarburos, construcción y expansión empresarial; proyectos que dinamizan regiones, generan empleo formal y mejoran condiciones de vida. La profundización del mercado no es resultado de balances aislados, sino del trabajo coordinado entre entidades que comparten riesgo y visión de largo plazo”.
Colombia no es un actor menor en el mapa transaccional de Latinoamérica. Con cerca de 288 operaciones y más de US$10.000 millones en valor agregado en el último año, según el más reciente informe de TTR Data, el país se mantiene entre los mercados relevantes de la región. No competimos por tamaño absoluto frente a economías mayores, pero sí por sofisticación, profundidad técnica y capacidad de estructurar operaciones complejas.
Esa posición no es simbólica. A pesar de la incertidumbre política, fiscal y económica, el dinamismo transaccional está estrechamente ligado a inversión productiva, generación de empleo, infraestructura, transición energética y expansión empresarial. Cada transacción relevante no solo suma a un ranking: moviliza capital hacia sectores que impactan directamente el crecimiento económico y la calidad de vida de los colombianos.
El co-banking y las finanzas estructuradas no son un descubrimiento reciente. Colombia viene trabajando en esta vía desde hace años. Los principales jugadores del sistema han utilizado esquemas sindicados, estructuras compartidas y banca de inversión especializada con resultados consistentes. Entidades como CIBEST, los bancos del Grupo Aval, Grupo Bolivar e Itau han sido protagonistas en financiaciones relevantes. Firmas como Martínez, Quintero, Mendoza, González, Laguado & De La Rosa, Brigard Urrutia, Cuatrecasas y Philippi Prietocarrizosa Ferrero DU & Uría figuran con frecuencia en los rankings de operaciones estructuradas. En banca de inversión, Aval Banca de Inversión, HBI e Inverlink han acompañado transacciones que posicionan al país en el radar regional.
La base está construida y lo que sigue ahora es profundizar. El entorno es más exigente, el capital es más selectivo, los límites regulatorios pesan más, la regulación sobre grandes exposiciones es más estricta y los inversionistas analizan con mayor detalle la calidad de los flujos y la gobernanza. En este escenario, la conversación deja de ser únicamente sobre estructuración y se traslada a la ejecución.
El riesgo no está solo en diseñar bien una operación, sino también en administrarla correctamente durante toda su vida.
Por eso el co-banking adquiere una relevancia aún mayor. No como una fórmula nueva, sino como una práctica que debe fortalecerse.
En una estructura sólida, cada actor cumple un rol estratégico. El banco estructurador principal define la arquitectura financiera y asigna riesgos con criterio. El banco líder aporta profundidad de mercado y articula capital entre financiadores. El banco agente garantiza disciplina durante la vida del crédito y coordina decisiones. Y el banco participante contribuye con capital inteligente, compartiendo riesgo con prudencia y fortaleciendo la resiliencia colectiva.
Cuando estos roles funcionan en armonía, la operación se sostiene. Cuando se desalinean, la ejecución se debilita.
Si Colombia quiere consolidar y mejorar su posición regional, no basta con cerrar más transacciones. Debe continuar elevando el estándar con el que las estructura y administra. Los rankings latinoamericanos no se sostienen con volumen circunstancial, sino con confianza en la calidad del mercado.
El co-banking y la ejecución disciplinada no son solo herramientas financieras. Son mecanismos que permiten financiar infraestructura, energía, hidrocarburos, construcción y expansión empresarial; proyectos que dinamizan regiones, generan empleo formal y mejoran condiciones de vida. La profundización del mercado no es resultado de balances aislados, sino del trabajo coordinado entre entidades que comparten riesgo y visión de largo plazo.
En 2026 el desafío no será reinventar el modelo, sino fortalecerlo: coordinar mejor el capital, ejecutar con mayor disciplina y trabajar de manera más articulada. Porque el crecimiento del mercado colombiano y su capacidad de escalar regionalmente dependerá, cada vez más, de nuestra habilidad colectiva para movilizar capital hacia las transacciones que transforman el país.













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