
El daño que ha generado el patriarcado en las relaciones humanas y en el cuidado de la vida del planeta se vuelve cada vez más evidente, viendo las múltiples violencias existentes, las guerras actuales y la crisis climática, mostrando un escenario distópico si seguimos viviendo de esa manera.
Es así como los distintos mandatos de una masculinidad hegemónica, configurada desde hace siglos, han contribuido a que los hombres con el tiempo hayamos asumido un rol de proveedor completamente insostenible, lo que ha traído costos no solo para las mujeres y para el planeta, sino también para la propia salud física y mental de los varones.
De ahí que los hombres al asumir históricamente un rol de proveedor hayamos tenido que lidiar con una presión sin límites sobre nuestra espalda, completamente dañina para nuestra propia integridad, al naturalizar la idea de que somos siempre fuertes, veloces, capaces y autosuficientes, negando cualquier tipo de vulnerabilidad y posibilidad de pedir ayuda a otra persona.
Dicho lo anterior, la cesantía o desempleo se vuelve una amenaza para una identidad masculina hegemónica aún, ya que se experimenta una sensación de soledad y aislamiento, al verse no cumpliendo las expectativas de ser hombre, la cual no es capaz de lidiar con la sola posibilidad de dejar de ser el proveedor del hogar o flexibilizar los roles de género tradicionales.
Una masculinidad proveedora que con el fuerte ingreso de la mujer al mundo laboral en los últimos años y en un contexto neoliberal marcado por la precariedad en el trabajo, una cultura de la competitividad, individualismo y un debilitamiento del ámbito sindical, a los hombres se nos hace mucho más difícil sostener ese mandato.
Por lo mismo, no nos debería sorprender que los hombres se suiciden cuatro veces más que las mujeres, ya que en momentos complejos como la cesantía, solemos no acudir a terceros para lidiar con nuestro sufrimiento, y menos acudimos a un profesional médico y/o de la salud mental, ya que lo vemos como un fracaso que no podemos hacerlo explícito.
En otras palabras, en situaciones difíciles, como lo es la cesantía, a los hombres nos cuesta mucho más que a las mujeres conectarnos con los demás y conectarnos con nuestras emociones, como si eso fuera una muestra de debilidad a nivel personal, reduciendo nuestra experiencia a una sola manera de ser varón.
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