Alas de fuego

“Ignis aurum probat, miseria fortes viros.”
El fuego prueba el oro, la adversidad a los hombres valientes.

Mucho antes de ser una emergencia, el fuego fue una revelación. Durante miles de años, los homínidos no supieron reproducirlo: lo recibieron de los rayos, de los volcanes, de la violencia de la naturaleza. Mucho después lograron dominarlo, y ese dominio transformó nuestra especie: permitió cocinar, reunirse alrededor del calor, fabricar herramientas y prolongar la vida más allá de la caída del sol. En otras palabras, la civilización comenzó cuando fuimos capaces de custodiar una llama.

Casi todas las culturas han visto en el fuego algo más que un fenómeno físico. Para los griegos, Prometeo lo roba a los dioses para entregárselo a los hombres: el fuego aparece allí como poder, conocimiento y destino. En la tradición zoroastriana, la llama sagrada no se adora como una divinidad, sino como emblema de pureza, verdad y conciencia vigilante. El fuego no solo calienta o destruye: también revela.

La etimología conserva ese símbolo. “Fuego”, “refugio” y “hogar” remiten al latín focus: la hoguera central, el sitio de la lumbre, el núcleo alrededor del cual se organizaba la vida. Antes de significar casa o familia, el hogar fue, literalmente, el lugar del fuego. Hay en ello una intuición profunda: aquello que puede arrasar una estructura es también, si se contiene, lo que funda la comunidad.

“Abridnos el paso, sonó la sirena; con lenguas de fuego nos llama el deber, el rostro tranquilo y el alma serena, la vida ofrendamos con hondo placer.” Así comienza el himno de los Bomberos de Colombia, pero también podría leerse como el juramento silencioso de todo bombero. Porque esas palabras no describen solo una misión: revelan una vocación, la de avanzar cuando los demás huyen; la de conservar el rostro tranquilo y el alma serena cuando todo alrededor arde, colapsa o se desvanece entre humo e incertidumbre. El bombero no enfrenta solo el fuego: enfrenta el tiempo, el riesgo, la fragilidad humana y la posibilidad real de no volver a casa. Y, aun así, responde.

Eso fue lo que ocurrió en Medellín el domingo 29 de marzo, cuando el bombero Iván Darío Posada Gómez, de 34 años, murió durante la atención de un incendio en el barrio Toscana. Una estructura colapsó y una losa cayó sobre él mientras operaba junto a otros dos compañeros que sí lograron salir. La ciudad decretó tres días de duelo, una decisión a la altura de la pérdida: no se trataba de despedir a un funcionario más, sino de inclinar con respeto a Medellín entera ante la caída de un hombre que hizo del peligro ajeno un deber propio. Cuando muere un bombero en servicio, no cae solo una vida: se hiere también una parte del deber colectivo que protege a todos.

A Iván Posada, “El Negro”, no lo vencieron la imprudencia ni la indiferencia: lo alcanzó el cumplimiento radical del deber. Hay muertes que estremecen por absurdas y otras que conmueven porque revelan, en el dolor, la estatura moral de quien cae. La de un bombero en medio del incendio pertenece a estas últimas. Honrar su memoria exige más que condolencias: exige comprender lo que representa un bombero y darle el lugar que merece en la sociedad. En una época obsesionada con el éxito material, ellos nos recuerdan una verdad elemental: pocas cosas importan más que regresar sano y salvo a casa. Con los corazones ardiendo, sus compañeros le rinden honores, y las sirenas y las trompetas suenan como si anunciaran que un hombre valiente, envuelto en alas de fuego, acababa de llegar al cielo.

Laura Duarte Osorio

Médico, Consultora en Gestión del riesgo de Desastres, Directora técnico/comercial Makei Soluciones.

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