A propósito de las elecciones presidenciales. Votar con conciencia para no repetir la historia

Luis Carlos Gaviria

“¿Usted qué me recomienda para votar, como dicen, a conciencia?”.
La pregunta aparece cada vez que se acercan las elecciones, y no es menor. Votar con conciencia no es elegir desde la rabia, el miedo o la costumbre, sino desde la responsabilidad colectiva de saber que cada decisión política tiene consecuencias que van mucho más allá de un período de gobierno.

Si los políticos no usaran la paz solo como bandera, sino que la practicaran más allá de las fronteras del discurso. Si dejaran de aferrarse a los vacíos retóricos y apostaran por la fuerza de las acciones y las ideas. Si pensaran menos en los millones de votos y más en la confianza depositada, sin costos ocultos.
Si no alentaran el negocio de la guerra, sino que promovieran, de una vez por todas, una huelga contra ella.

Si no se aferraran enfermizamente al poder, sino que permitieran florecer a toda la ciudadanía. Si abandonaran las viejas artimañas de las campañas sucias y dejaran de camuflar la corrupción en lugar de combatirla.
Si gobernaran pensando en la gente y no en el color de una corriente política.
Si priorizaran a la población vulnerable y golpeada antes que a las clases privilegiadas. Si apostaran por libros antes que por armas, por educación antes que por violencia, por convivencia antes que por exclusión.

Si los políticos pensaran más, hablaran menos y actuaran siempre con diligencia, tal vez la pregunta sobre cómo votar no sería tan angustiante.

Dentro de pocos meses —como tantas veces antes— tendremos la misión de ir a las urnas para elegir a quien liderará el país durante cuatro años. Ya empiezan las precandidaturas, los discursos ensayados, los debates que no buscan convencer sino descalificar, y los escándalos de siempre: compra de votos, maquinarias políticas aprovechándose de la pobreza, la ignorancia y la falta de oportunidades que persisten en amplias regiones del país.

No se trata aquí de respaldar a ningún candidato. Se trata, más bien, de reflexionar sobre qué nos hace buenos votantes, independientemente de por quién decidamos votar.

La primera condición, aunque parezca obvia, es votar. El abstencionismo sigue siendo una deuda pendiente en Colombia. La legitimidad democrática no debería sostenerse apenas sobre mínimos legales de participación, sino sobre una ciudadanía activa, comprometida y mayoritaria.

La segunda condición es exigir agendas propias. La polarización le hace un daño profundo al país: empobrece el debate público, fomenta la desinformación y nos distrae del verdadero propósito de las elecciones. El “vóteme a mí porque el otro es peor” no es un plan de gobierno. Un candidato sin propuestas claras y coherentes es, casi siempre, una mala señal de lo que vendrá.

La tercera condición es pensar a largo plazo. Uno de los grandes problemas de nuestra cultura electoral es la dificultad para evaluar los impactos reales del gobierno. Muchas veces se celebran obras recientes que fueron planeadas y financiadas años atrás. Como votantes fallamos cuando no entendemos que los proyectos públicos tienen efectos de mediano y largo plazo, y cuando preferimos atacar al adversario antes que analizar los hechos con rigor.

Toda la evidencia empírica muestra que los países que han alcanzado mayores niveles de desarrollo hicieron, en su momento, inversiones serias y sostenidas en educación, cuyos resultados comenzaron a verse décadas después. Si queremos una mejor democracia, necesitamos mejores votantes. Y eso no se logra solo con buena voluntad individual, sino garantizando educación de calidad para las generaciones futuras, en todos los rincones del país.

No es un lugar común ni una consigna vacía: la educación debe ser una prioridad nacional. De lo contrario, seguiremos votando desde la urgencia y no desde el criterio.

La verdadera pregunta es si seremos capaces de exigir a nuestros candidatos un compromiso real con la educación, la equidad y el bienestar colectivo, o si volveremos a las urnas pensando en todo menos en lo que realmente necesitamos para convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos como sociedad.

Luis Carlos Gaviria Echavarría

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