El valor de las humanidades en los tiempos de la Inteligencia Artificial

En su libro El principio de responsabilidad, Hans Jonas plantea que ante el poder creciente de la tecnología necesitamos una heurística del temor. El autor no hace referencia a un tipo de temor paralizante, al contrario, convoca a la capacidad de anticipar aquello que podríamos perder.

Hace un par de días salía de la universidad con uno de mis colegas, un joven historiador que adelanta sus estudios de maestría en la Universidad de Antioquia. Conversábamos sobre la arquitectura de los ejes de investigación de la línea de Humanidades y Pensamiento Franciscano. Mientras caminábamos, compartía algunas de las experiencias que viene desarrollando en su área de estudio. Dialogábamos acerca de la importancia de mirar con detenimiento, escuchar los relatos, acercarse a las comunidades y comprender que investigar no siempre significa encontrar rápidamente una respuesta.

En medio de la conversación señaló una frase que, aunque ya empieza a ser común, aquella tarde quedó resonando: “la inteligencia artificial nos está limitando la capacidad de pensar y contemplar”.

Quizá ambas ideas tengan más relación de lo que parece, pues frente a una tecnología capaz de ampliar la capacidad del hacer, el temor no debería llevarnos a rechazarla. Debería conducirnos a examinar las consecuencias de aquello que ahora somos capaces de efectuar. Aquí comienza uno de los desafíos de las humanidades sobre la inteligencia artificial.

Vivimos en los tiempos de la inmediatez. Preguntamos y obtenemos respuestas. Pedimos un texto y aparece. Solicitamos una explicación y el algoritmo lo produce en instantes. La inteligencia artificial ha llevado esta lógica a un territorio que todavía no sabemos del todo cómo habitar. El problema no está en utilizar la inteligencia artificial, sino en convertirla en sustituto del esfuerzo que implica pensar, comprender y tomar una posición.

El exministro de Educación, Alejandro Gaviria Uribe, ha insistido en la necesidad de recuperar el lugar de las humanidades en las universidades. No como un complemento decorativo de la formación profesional, sino como un espacio que posibilita poner en diálogo la verdad, la belleza y la bondad. En este orden de ideas, la pregunta cambia. Si un algoritmo puede escribir un ensayo, ¿qué significa enseñar a escribir?; si puede resumir un libro, ¿qué significa leer?; si puede construir un argumento, ¿qué significa aprender a argumentar?

Tal vez no necesitamos competir con la IA en lo que ella sabe hacer mejor. Necesitamos recuperar aquello que no debería delegarse: la capacidad de juzgar, deliberar, reflexionar, contemplar y asumir el carácter de la responsabilidad entorno a las propias decisiones.

Zygmunt Bauman encontró en la metáfora de la liquidez una forma de nombrar nuestro tiempo: un mundo cambiante y acelerado, marcado por la incertidumbre y por la fragilidad de estructuras que alguna vez parecieron estables y que la inteligencia artificial ha contribuido a transformar y acelerar. Ahora también queremos respuestas líquidas: rápidas, disponibles y reemplazables. Es aquí donde surgen algunas problemáticas actuales frente a la educación: estudiantes capaces de encontrar información, pero no siempre de detenerse ante ella; capaces de producir textos, pero no siempre de sostener una conversación; con acceso a una infinitud de respuestas, pero con pocas oportunidades para experimentar el desconcierto de no saber.

Se aprende cuando no se sabe, cuando una pregunta incomoda, cuando un texto nos contradice, cuando una conversación nos obliga a revisar nuestras certezas, también al contemplar algo sin preguntarnos inmediatamente para qué sirve o cuál es su utilidad. En este punto, Magnífica Humanitas, la encíclica de León XIV sobre la custodia de la persona humana en los tiempos de la inteligencia artificial, ofrece una perspectiva necesaria al señalar que el debate sobre la IA no puede reducirse a la innovación, la eficiencia o la productividad. Lo que está en juego, afirma el Papa, es la persona humana: su dignidad, su libertad y el ejercicio de su responsabilidad. El documento insiste en que educar en el uso de la IA implica también aprender a desarmarla, esto es, cuándo y para qué no utilizarla, para no apagar el deseo de formular preguntas que requieren tiempo, esfuerzo y reflexión.

Esta idea toca directamente a la universidad. No parece suficiente prohibir la inteligencia artificial en las aulas, pero tampoco resulta sensato entregarse a ella sin condiciones. El desafío consiste en aprender a convivir críticamente con estas tecnologías: reconocer sus posibilidades, aprovechar sus aportes y, al mismo tiempo, comprender sus límites. La universidad no debería formar estudiantes que simplemente sepan utilizar la IA, sino personas capaces de decidir cuándo recurrir a ella, cuándo cuestionar sus respuestas y, sobre todo, cuándo prescindir de ella para pensar por sí mismas

En tiempos de inteligencia artificial, educar debe consistir precisamente en recuperar aquello que ninguna tecnología debería hacer por nosotros: aprender a preguntar, discernir, argumentar y pensar por cuenta propia.

Las humanidades tienen mucho que aportar en esta tarea. No porque tengan todas las respuestas, sino precisamente porque han aprendido a vivir con las preguntas: a interrogar lo que parece evidente, a detenerse ante aquello que incomoda y a preguntarse no solo qué podemos hacer, sino qué debemos hacer con aquello que somos capaces de realizar. En tiempos de inteligencia artificial, esta capacidad de preguntar, discernir y deliberar se vuelve más necesaria que nunca.

La filosofía nos recuerda que preguntar también es una forma de conocimiento. La historia nos enseña que el presente no apareció de la nada y que toda transformación tiene un pasado que debemos comprender. La literatura nos permite habitar otras vidas y mirar el mundo desde perspectivas distintas a la propia. La ética nos obliga a pensar en los límites y en las consecuencias de nuestras decisiones. La antropología nos enseña a mirar al otro sin reducirlo a nuestras propias categorías. En conjunto, las humanidades nos ayudan a comprender que conocer no consiste únicamente en acumular información, sino también en interpretar, cuestionar, comprender y discernir.

Y la contemplación nos devuelve algo que la velocidad, de acuerdo con Paul Virilio, parece habernos quitado: el tiempo. Ese momento aparentemente improductivo en el que podemos detenernos, mirar con atención, escuchar, dudar y descubrir que no todo lo valioso necesita una respuesta inmediata. Porque contemplar también es una forma de resistir a la prisa: recuperar el tiempo necesario para comprender antes de juzgar, preguntar antes de responder y pensar antes de actuar.

Tal vez sea posible considerar que la inteligencia artificial no necesariamente nos está quitando la capacidad de pensar. Somos nosotros quienes podemos terminar renunciando a ella cuando dejamos que las respuestas sustituyan las preguntas, la velocidad reemplace la reflexión y la comodidad desplace el esfuerzo de comprender.

La IA puede producir un texto sobre la belleza, pero no necesita contemplarla. Puede explicar la solidaridad, pero no necesita comprometerse con otro ser humano. Puede construir un argumento sobre la justicia, pero no tendrá que responder moralmente por las consecuencias de una decisión. Puede ayudarnos a comprender muchas cosas, pero no puede asumir por nosotros la responsabilidad de decidir qué hacer con aquello que comprendemos. Ahí aparece uno de los límites fundamentales de la inteligencia artificial: puede ampliar nuestras capacidades, pero no puede sustituir nuestra responsabilidad frente a lo que hacemos con ellas.

Por ello, las humanidades no están llamadas a defender el pasado frente al futuro. Están llamadas a defender aquello que el futuro no debería hacernos perder. Quizá su tarea más urgente no sea enseñarnos a vivir sin inteligencia artificial, sino enseñarnos a vivir con ella sin dejar de ser humanos: pensar y contemplar.

El problema no sea que los algoritmos lleguen a pensar como nosotros. Tal vez sea que nosotros terminemos pensando como ellos. Y aquí vuelve la pregunta de Hans Jonas: cuando nuestro poder para transformar el mundo crece, ¿crece también nuestra responsabilidad por las consecuencias de aquello que hacemos? Frente a la inteligencia artificial, esta pregunta adquiere una nueva urgencia. La tecnología puede ampliar extraordinariamente nuestras posibilidades, pero no puede decidir por nosotros qué merece ser hecho, ni responder por las consecuencias de nuestras decisiones.

Y cuando los algoritmos respondan casi todas nuestras preguntas, ¿seremos capaces de conservar el tiempo, la libertad y el silencio necesarios para detenernos ante aquello que todavía merece ser pensado?

 

Héctor David Arcila Ayala

Soy magíster en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana y Especialista en Gerencia Educativa de UNIMINUTO. Docente Universitario

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.