El Espejo vacío

“Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”

(Eduardo Galeano)

La foto que llega desde Piedras Blancas estremece. Donde hasta hace algunos meses resplandecía un espejo de agua prehispánico —el mismo en el que los primeros pobladores leían el caminar de las estrellas y los ciclos de la vegetación—, hoy solo queda un rastro de tierra seca y cuarteada. La laguna de Guarne se ha quedado sin una sola gota de agua.

No presenciamos la evaporación imprevista de una laguna, sino la mutilación de un archivo de memoria. Lo ocurrido en Guarne no es un accidente episódico, ni una broma del clima: es la manifestación local de un ciclo hídrico roto y la prueba incontestable de que las fronteras de protección ambiental escritas en el papel ya no detienen el colapso. Frente a la imagen de un territorio agrietado, la respuesta institucional —según la prensa local— resulta más reveladora que el fenómeno en sí. En sus explicaciones sobre el caso, la autoridad ambiental de la región (Cornare) despachó el asunto argumentando que, al tratarse de una construcción artificial que ya no cumple ninguna función agroforestal o productiva, la laguna no está catalogada como un “ecosistema estratégico”.

Esta tipificación refleja un vacío en la lógica con que se mide el territorio: si un cuerpo de agua no alimenta un acueducto, no irriga cultivos, ni genera un rendimiento contable, corre el riesgo de volverse invisible en los planes prioritarios de protección ambiental. No se trata de señalar omisiones, sino de cuestionar una mirada institucional que escinde la naturaleza de la historia. Mientras las casillas técnicas descartan la laguna por su origen antrópico o su falta de “rentabilidad”, en la montaña no sólo se desploma un hábitat local, sino que se evapora un patrimonio arqueológico de tres milenios e indicador clave de la salud hídrica de la zona.

Atribuir este colapso únicamente al fenómeno de El Niño es una coartada conveniente. La ciencia climática ha dejado de hablar en futuro: la atribución entre el calentamiento global provocado por la actividad humana y las olas de calor extrema que actualmente secan los acuíferos es directa y comprobada. El clima no cambió en abstracto; lo cambiamos aquí y ahora. Esta aridez nos sitúa frente a la “ecología integral” propuesta por el Papa Francisco en Laudato Sí: la certeza de que la crisis ambiental y la fractura social son dos caras de la misma moneda. Aunque la laguna de Guarne no abastezca las redes del acueducto, ni las zonas agrícolas de Santa Elena, su sequía erosiona la identidad de la comunidad, empobrece el aula viva del bosque y avisa lo que viene para las cuencas vecinas.

Prevenir el deterioro definitivo exige superar la contemplación indignada y tomar decisiones sobre el suelo. El Parque Arví no necesita discursos de conservación mientras soporta la embestida del turismo sobre sus zonas de descarga; requiere protección estricta y real de sus acuíferos bajo una ética que ponga el cuidado de la casa común por encima del uso recreativo o la explotación comercial —si existiese—. El espejo seco de la laguna se ha vuelto un reflejo incómodo. Ya no nos pregunta si el clima está cambiando, sino que nos enfrenta a una verdad insoslayable: lo que se agota en la montaña no es solo un cuerpo agrietado, sino la viabilidad misma de la vida que pretendemos sostener sobre sus ruinas.

Héctor David Arcila Ayala

Soy magíster en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana y Especialista en Gerencia Educativa de UNIMINUTO. Docente Universitario

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