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Paracelso, el alquimista suizo del siglo XVI, encontró una manera bastante extraña de fabricar un hombre. Encerraba semen humano y otras sustancias o partes del cuerpo en un frasco de vidrio y lo enterraba en cagajón, donde debía permanecer cuarenta días, calentándose lentamente. Al cabo de ese tiempo esperaba que apareciera un homúnculo, un hombrecito de unos treinta centímetros, suficientemente inteligente para hacerle compañía y, según algunas versiones, para servirle.
La escena tiene algo de cómico: un hombre enterrando un frasco en estiércol y esperando que de allí salga otro hombre. Cualquiera que haya visto una montaña de cagajón sabe que no es precisamente el lugar donde uno esperaría encontrar el comienzo de la humanidad.
Pero debajo de aquella extravagancia había una ambición que no tenía nada de pequeña. Paracelso quería hacer por cuenta propia aquello que hasta entonces parecía privilegio de la naturaleza. Donde la naturaleza necesitaba un hombre y una mujer, él imaginaba un recipiente; donde exigía meses de gestación, él proponía cuarenta días en ambiente tibio. El hombrecito era pequeño. La ambición, no.
La historia pudo haberse perdido entre las muchas rarezas de la alquimia, junto con sus frascos, menjurjes, redomas, alambiques, sales, metales, humos y sus hombres empeñados en esculcar los secretos naturales a punta de artificio y paciencia. Pero la literatura volvió a encontrar el homúnculo y descubrió que aquel hombrecito escondía una pregunta bastante más interesante que la receta para fabricarlo.
Goethe, en Fausto, hizo un experimento no alquimista sino literario: puso en una redoma a una criatura inteligente que todavía no tenía un cuerpo. El homúnculo era una inteligencia luminosa, encerrada en el vidrio, que quería incorporarse al mundo. Quería salir de la redoma y llegar a ser.
El hombre que había querido fabricar una criatura terminaba dando vida a una criatura que deseaba precisamente aquello que él no podía darle. El homúnculo comenzaba a pedirle al creador algo que no estaba en la receta. Y ahí Borges da otra vuelta a la vieja historia.
En Las ruinas circulares, un hombre se retira a un lugar apartado y se dedica a soñar a otro hombre. Lo va formando poco a poco, como quien amasa una criatura con una materia que nadie más puede ver, hasta conseguir darle existencia. El soñador cree haber terminado su obra. Ha conseguido que el hombre soñado cobre vida y lo deja partir. Un día, mientras contempla un incendio, comprende que la muerte viene a buscarlo. Camina hacia las llamas y descubre que no lo queman. Entonces comprende que aquella condición que había dado a su criatura también es la suya: él tampoco es un hombre real, sino la apariencia de otro sueño. El creador descubre que también él es criatura.
El homúnculo de Goethe quería que su creador le diera cuerpo; el hombre soñado por Borges obliga a su creador a descubrir que él mismo es creado. La literatura tiene el extraño poder de darle a un hombre una forma, una historia, unos rasgos, unos deseos, unas virtudes y hasta pequeñas miserias, todo con palabras. Pero la política, que siempre ha tenido menos escrúpulos con la imaginación, hizo de ello un oficio.
Gorgias, el sofista del siglo IV antes de Cristo, ya sabía que las palabras podían hacer aparecer a un hombre de otra manera ante quienes lo escuchaban. No le cambiaban el cuerpo ni la biografía, pero podían cambiar lo que los demás veían en él. La política aprendió a trabajar con esa diferencia: no hacía falta fabricar al hombre; bastaba con fabricar la figura en la que otros pudieran reconocerse.
El candidato llega con un nombre, una biografía y un cuerpo. La campaña empieza entonces a escoger qué parte de ese hombre conviene poner bajo la luz, cuál dejar en penumbra y qué esperanzas, temores y deseos de los otros pueden pegarse a su figura hasta parecer que siempre estuvieron allí. Uno será presentado como el hombre del orden, otro como el del cambio, otro como el que viene a devolverles a los suyos aquello que sienten haber perdido. El hombre sigue siendo el mismo, pero alrededor de él empieza a aparecer otro.
Y ese otro no vive solamente en los discursos. Lo reciben en las plazas, lo repiten los periódicos, lo celebran los partidarios, lo atacan los adversarios. El candidato escucha durante meses lo que esperan de él, aprende qué palabras despiertan entusiasmo y cuáles conviene evitar, qué gesto le corresponde, qué indignación debe compartir y qué promesa no puede olvidar. Al principio parece que está representando al personaje. Después empieza a ocurrir algo más difícil de advertir: el personaje comienza a representarlo a él.
El personaje literario puede quedarse entre las páginas. El personaje político sale de ellas, llega a las urnas y, si gana, entra en un gobierno. Detrás de la figura hay un hombre; detrás del hombre, un partido, una organización, unas instituciones y, llegado el caso, un Estado. Lo que comenzó como una manera de aparecer ante los demás puede terminar convertido en una manera de ejercer el poder. El personaje que parecía un filipichín puede terminar ejerciendo, desde el Estado, el monopolio de la violencia legítima. De un computador a un bombardero.
Durante mucho tiempo esa fabricación tuvo que hacerse a tientas. La política tenía encuestas, periódicos, mítines, conversaciones y ese viejo método, todavía bastante bueno, que consiste en mirar la cara de la gente cuando alguien habla. Había que descubrir qué quería, qué la asustaba, qué la entusiasmaba. Las campañas necesitaban personajes suficientemente grandes para que millones pudieran reconocerse en ellos. No todos queremos exactamente lo mismo, pero tampoco somos tan originales como nos gusta creer.
Hasta que apareció una manera de mirar que no necesitaba preguntar ni esperar a que alguien hablara. Bastaba con seguir sus rastros. Aquello que antes había que tantear empezó a dejar millones de señales: qué atrae, qué detiene, qué provoca miedo, qué despierta entusiasmo, qué palabra consigue que alguien se quede un instante más.
La multitud sigue siendo multitud, pero ahora puede ser mirada de cerca. Entre millones de comportamientos pueden encontrarse rasgos que antes sólo podían intuirse. Se los escoge, se los acentúa, se los combina y con ellos se construye una figura que termina por desprenderse de su origen. Puede encontrar otros cuerpos, otras voces, otras historias y volver a construirse en ellos.
Y ese perfil es el verdadero homúnculo de nuestro tiempo. El homúnculo de Goethe quería salir del frasco; el perfil digital no necesita salir de él. Puede quedarse dentro de la máquina y, desde allí, empezar a influir sobre nosotros.
La criatura de Paracelso quería ser hombre. El homúnculo de Goethe quería tener cuerpo. El soñador de Borges descubrió que también él pertenecía a la cadena de las criaturas. La política aprendió a construir hombres públicos con los deseos de quienes los miraban y, después, a dejar que esos personajes transformaran a los hombres que los encarnaban.
El viejo alquimista enterraba un frasco en estiércol para fabricar un hombre. Nosotros tenemos máquinas capaces de fabricar, con palabras, imágenes y datos, modelos cada vez más precisos. El procedimiento es más limpio que el de Paracelso, desde luego; ya no hace falta ensuciarse las manos con cagajón. La ambición es la misma.
La pregunta es otra: cuando la criatura empieza a fabricarnos, ¿quién, exactamente, está dentro del frasco?
Jorge Luis Borges, «Las ruinas circulares», en Ficciones (Buenos Aires: Sur, 1944).
Johann Wolfgang Goethe, Fausto, segunda parte, acto II, especialmente las escenas «Laboratorio» y «Noche de Walpurgis clásica».














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