Frotarnos con el mundo: reflexiones humanas frente a la inteligencia artificial

Jorge Andres Aristizabal Gomez

“No se trata de abrazar la tecnología de forma acrítica y confiada, sino de asumir una posición más activa frente a estas nuevas tecnologías, sobre todo orientada en el reconocimiento de que hace rato están acá y hacen parte de nuestras vidas sin que lo sepamos —como mencioné en mi caso puntual al inicio—. Entonces ¿no es mejor si participamos de forma activa en la reflexión y en el proceso de adaptación? El reto es, entonces, de alfabetización epistemológica y pasa por replantearnos la forma en que accedemos hoy día al conocimiento y el rol que desempeñan las tecnologías en ese proceso.”

Tras años empleando aplicaciones fundamentadas en algoritmos e inteligencia artificial para tomar gran parte de las decisiones en mi vida (pedir un domicilio, tener una ruta fácil hacia mi destino, decidir qué outfit me sienta mejor para x o y compromiso, entre muchas otras), no llegué a replantearme el impacto de estas herramientas y las preguntas que traían consigo frente a nuestra condición humana hasta que, en algún momento del año 2024, comencé a notar un comportamiento atípico en los trabajos entregados por mis estudiantes. Repentinamente, estos empezaron a mostrar un estilo bastante similar, cargado de muletillas estandarizadas, ejemplos repetitivos, información difícil de verificar y, sobre todo, una redacción tan abrumadoramente perfecta en términos de estilo que carecía de la belleza y calidez de la creatividad humana.

Este hallazgo fue el inicio de un camino de reflexión verdaderamente satisfactorio. Por primera vez en mi corta trayectoria académica, me entregué a un tema por puro placer y curiosidad, sin la presión de publicar en alguna revista indexada o presentar mis hallazgos en el próximo congreso académico internacional (¡Qué bien se lo pasaban los filósofos de antes!). Cabe resaltar, además, que fue una ruta que debí seguir por mi cuenta durante un buen tiempo, pues, no sin razón, estas nuevas herramientas generaban una profunda desconfianza en mis colegas de ciencias sociales. En todo caso, de esta búsqueda de respuestas surgieron reflexiones que considero valiosas y nuevas preguntas que, cruzadas con mis otras líneas de investigación, pueden contribuir a la discusión sobre cómo enfrentar la… ¿amenaza? ¿incursión? ¿oportunidad? de las nuevas tecnologías.

Lo que presentaré a continuación son algunas reflexiones que he trazado a lo largo de los últimos dos años a partir de mi participación en eventos académicos y divulgativos (sobre todo como asistente, aunque un par de veces como ponente o conferencista), de mi experiencia dictando el curso “Humanismo digital” en la Institución Universitaria Digital de Antioquia y de las muchas lecturas que me han acompañado en ese proceso. En tal sentido, no se trata de una construcción individual, tampoco de una sistematización ordenada y construida a modo de estado del arte. Se trata, más bien, de una colcha de retazos con algunas ideas, conceptos y reflexiones que pretenden ayudarnos a repensar la forma en que nos relacionamos con estas tecnologías en nuestra cotidianidad y que se fundamenta en tres preguntas: ¿la inteligencia artificial realmente está llegando a todos por igual?, ¿seguimos siendo autónomos cuando decidimos con ayuda de algoritmos?, y, finalmente, ¿qué podemos hacer para relacionarnos con estas tecnologías sin renunciar a aquello que nos hace humanos?

La IA: ¿exponencial y universal?

Hay dos ideas que repetimos constantemente cuando hablamos de inteligencia artificial. La primera es que está llegando a todas partes. La segunda, que avanza tan rápido que ya no hay forma de detenerla. Pero ¿son realmente ciertas? La primera es una pregunta por el espacio: ¿a quiénes está llegando realmente la IA? La segunda es una pregunta por el tiempo: ¿es verdad que su avance es inevitable? Frente a estas cuestiones, me gustaría retomar las ideas de dos pensadores provenientes de latitudes y disciplinas diferentes, pero con ideas que dialogan muy bien entre sí, especialmente por su mirada crítica, no solo frente a estas tecnologías per se, sino también frente al sistema político-económico que las ha extendido por el mundo.

En primer lugar, quisiera retomar el concepto de universalización perversa del geógrafo brasilero Milton Santos. Este pensador, que murió 20 años antes del lanzamiento y popularización de ChatGPT, acuñó este término para describir la forma en que el capitalismo global, lejos de generar condiciones de integración e igualdad a través de la conexión de mercados y tecnologías, acaba produciendo grandes desigualdades y el acaparamiento de recursos por parte de una minoría; al tiempo que se construye una narrativa de “repartición justa” y de igualdad de condiciones. Algo muy similar ocurre con las nuevas herramientas tecnológicas: mientras se construye un discurso que realza sus potencialidades (palabra favorita de los tecnócratas) para el desarrollo (segunda palabra favorita de los tecnócratas) de los territorios (tercera palabra favorita de los tecnócratas), se ignora que un porcentaje amplísimo de la población no tiene ni la capacidad instalada ni las herramientas cognitivo-emocionales para darles un uso adecuado.

Esto es algo que, como docente, pude constatar de forma directa, al encontrar profundas brechas en la forma en que mis estudiantes incorporaban herramientas de inteligencia artificial generativa en sus trabajos. Así pues, lejos de propuestas abstractas y desconectadas de la realidad, se hace necesario espacializar los efectos de la incorporación de herramientas como las IAs generativas para comprender como estas producen o subsanan desigualdades y cuáles son los costes por pagar. Por ejemplo, ¿en un territorio rural, pero con acceso a internet las IAs se convierten en un aliado para las formas de vida campesinas o estimulan el abandono de esta en búsqueda de un estilo de vida más urbano?

La segunda idea, que tiene que ver con la dimensión temporal del fenómeno, la tomo de la bibliografía de Eric Sadin, filósofo francés y autodeclarado tecno-crítico. Sadin cuestiona el carácter exponencial que se le ha conferido a estas nuevas tecnologías, pues considera que, lejos de contribuir al debate sobre los límites y posibilidades de su uso, limita la discusión al construir la idea de que son “inevitables”. Este discurso—que se expresa como herencia de la idea de progreso heredada de la Ilustración y se renueva en los departamentos de marketing de las multinacionales tecnológicas— ha permeado tanto la discusión que ahora es seguro escuchar en cualquier evento académico sobre el tema expresiones como “es que las IAs están acá y llegaron para quedarse”. Para un historiador este tipo de afirmaciones no tienen sustento y parten de un sesgo presentista que impide comprender que las estructuras sociales (incluidas las sociotécnicas) tardan tiempo en consolidarse y pueden sufrir transformaciones importantes, cuando no la propia desaparición; si no, que nos lo confirmen los regímenes feudal, esclavista, monárquico y demás que en su momento parecían inamovibles y de los cuales solo nos quedan rezagos. Es así, pues, que debería ser viable en la discusión la posibilidad de pensar en alternativas al “desarrollo exponencial”, como lo son el decrecimiento o el freno mismo.

La autonomía frente a la IA: ¿espejismo o realidad?

La pregunta por la autonomía humana es quizá una de las más relevantes a partir de la emergencia de las inteligencias artificiales generativas. Paralelamente, es una de las más difíciles de responder, por tanto se ha vuelto difícil saber cuándo nuestras decisiones se producen a partir de razonamientos e ideas propios y cuando se ven influenciados por los entornos digitales que hemos construido. No por nada la premisa de Algoritmos deshumanizantes, el reciente libro del profesor Santiago Jiménez, es qué hacer con un mundo donde los algoritmos ya no solo representan lo real, sino que lo construyen y lo moldean. En ese camino tenemos dos posiciones encontradas: una que aboga por nuestra capacidad para reafirmar nuestra autonomía frente a estas herramientas —en cabeza de pensadores como Bernard Stiegler— y otra que afirma que, mientras la estructura que sostiene este nuevo mundo tecnofeudal no cambie, no existen alternativas —como señalan el mismo Eric Sadin y el periodista y activista Johann Hari, que se hizo famoso por su ya best seller El valor de la atención—.

El concepto que mejor ilustra el primer argumento es el de Phármakon. Heredado de la Grecia Clásica, este término, que designa tanto la idea de antídoto como la de veneno, es usado por Stiegler para representar la ambivalencia inherente en la tecnología, que puede cumplir un rol emancipante o intoxicante, según el uso que se haga de ella. Esta idea es valiosa, en tanto reconoce la pluralidad de sentidos que subyacen en la máquina e invita a desconfiar de explicaciones simplistas y maniqueas. Sin embargo, también es problemática, en tanto delega en el individuo gran parte de la responsabilidad y, desde ciertas lecturas, puede llevar a desconocer la estructura social que sostiene la tecnología y que, al igual que el individuo que la usa, no posee un carácter neutral.

En su lugar, Sadin y Hari argumentan que no existe tal cosa como autonomía bajo el sistema jurídico, político, económico y social actual. Estos pensadores muestran, cada uno a su manera, que la máquina ha sido diseñada con la intención de ser usada para enriquecer a las compañías que las diseñan, aún a costa del bienestar del consumidor. La evidencia parece darles algo de razón, como se ve en la reciente derrota jurídica de Meta por valor de 4.2 millones de dólares al afirmarse que sus plataformas perjudican la salud emocional y psicológica de los menores de forma cuasi intencional. Lo interesante de esta discusión es que desplaza el tema de las herramientas tecnológicas de una discusión filosófica a una discusión de economía política, donde la productividad (no solo de las empresas que monetizan con las herramientas, sino también de los individuos que las usan) se vuelve la principal motivación por encima de cualquier consideración ética.

Curiosamente, desde que emergieron estas herramientas el número de inscritos en la universidad donde trabajo aumentó de forma muy significativa. A primera vista, esto puede entenderse como una buena noticia: más personas están accediendo a educación superior. Al mismo tiempo, aumentó el número de estudiantes que cursan varios pregrados en distintas universidades de forma simultánea. En cierta ocasión le pregunté a una estudiante que cursaba tres carreras de forma simultánea que cómo lo hacía, a lo cual respondió que la IA le facilitaba mucho las cosas. Semanas después comprobé que la mayoría de sus trabajos eran hechos de forma completamente acrítica por herramientas de inteligencia artificial.

Estamos maximizando procesos, aumentando la productividad, pero ¿a qué costo? Trabajamos más rápido, escribimos más rápido, producimos más, estudiamos más cosas simultáneamente, respondemos más mensajes, consumimos más información… pero ¿qué tanto estamos aprendiendo? ¿cuánto de ese trabajo contribuye a nuestra formación y cuánto se delega a la máquina? ¿para qué estamos usando el tiempo que supuestamente estamos ahorrando?

Frente a las máquinas, el frotamiento

¿Significa lo anterior que no existe forma alguna de convivir con las máquinas e intentar hacer un uso correcto de ellas? ¿Debemos seguir los pasos de mis colegas, abstraernos de la discusión y limitarnos a resistir sin tener contacto con estas herramientas? La discusión es compleja y no existen respuestas absolutas. Ciertamente, tienen razón quienes nos acusan de legitimadores a quienes abogamos por un uso más consciente de la herramienta, pero tampoco considero que renunciar a sus posibilidades sea la respuesta más apropiada. Por supuesto, la reglamentación jurídica y la alfabetización digital son elementos importantísimos de la discusión, pero por temas de tiempo y la naturaleza de este espacio no me detendré en ellas. En su lugar, terminaré esta breve disertación con una propuesta de acción, orientada por la invitación del filósofo argentino Miguel Benasayag: Pasar de la pasividad de la inseguridad a la alerta de la intranquilidad.

No se trata de abrazar la tecnología de forma acrítica y confiada, sino de asumir una posición más activa frente a estas nuevas tecnologías, sobre todo orientada en el reconocimiento de que hace rato están acá y hacen parte de nuestras vidas sin que lo sepamos —como mencioné en mi caso puntual al inicio—. Entonces ¿no es mejor si participamos de forma activa en la reflexión y en el proceso de adaptación? El reto es, entonces, de alfabetización epistemológica y pasa por replantearnos la forma en que accedemos hoy día al conocimiento y el rol que desempeñan las tecnologías en ese proceso. Si hay algo en lo que coinciden prácticamente todos los autores que he leído y escuchado es en dos cosas: 1) la necesidad de volver a cargar de sentido el proceso y no solo el resultado; y 2) la importancia de reconocer la complejidad del proceso de construcción de conocimiento y estimular la desconfianza en las respuestas cortas, facilistas y reduccionistas (que, no está demás decirlo, son la puerta de entrada a fenómenos como el fascismo que sobrevuela nuestro continente por estos días).

Termino citando nuevamente a Benasayag. Cuando se le preguntó si consideraba que las máquinas poseían la capacidad de pensar, respondió sin dudarlo que no, que el pensamiento no es un proceso que se dé en el cerebro (órgano que intentan imitar las máquinas), sino que es el resultado de un proceso de frotamiento con el mundo, de un sentir que se extiende desde nuestro dedo meñique hasta nuestras orejas. Si la máquina no puede frotarse con el mundo, es allí, entonces, donde debemos poner nuestra atención: sintamos, dialoguemos, dejémonos afectar por emociones auténticas que no estén mediadas por dispositivos electrónicos. Quizá esta sea la forma de conservar aquello que nos hace humanos.

 

Nota: Esta reflexión se escribió para ser presentada a modo de presentación en el evento “Más allá del algoritmo: una mirada humana a la inteligencia artificial”, organizado por la Cooperativa de Profesores de la Universidad de Antioquia. Además, una versión  resumida fue publicada en el portal de dicha universidad.

Jorge Andrés Aristizábal Gómez

Historiador y magíster en Estudios Socioespaciales. Docente, investigador y columnista. Escribo sobre educación, territorio, cultura y construcción de paz, con especial interés en las preguntas que surgen cuando la sociedad, la tecnología y la experiencia humana se encuentran.

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