Educación tenemos, formación necesitamos

¿De qué sirve una sociedad con más profesionales si cada vez resulta más difícil convivir con quienes piensan diferente? ¿Es suficiente acumular conocimientos, obtener títulos y desarrollar competencias técnicas si dejamos de lado la empatía, la solidaridad y la capacidad de reconocer al otro? ¿Estamos potenciando individuos preparados únicamente para competir o seres humanos capaces de construir comunidad?

Estas preguntas resultan necesarias en un país como Colombia, donde durante décadas hemos asociado el progreso a diversos factores que están al margen de la educación; asimismo, pocas veces nos detenemos a examinar una dimensión igualmente importante, como lo es la formación. En ocasiones, escuchamos grandes discursos sobre el papel transformador que tiene el acto de educar y, después de un lapso, alguien finiquita su comentario hiperbólico con la idea de que más colegios, más universidades o más títulos resolverán automáticamente los problemas sociales. Sin embargo, educar implica desarrollar habilidades y asimilar conocimientos; formar, en cambio, supone asumir valores, criterio y conciencia sobre el impacto de las acciones en nuestra sociedad.

Si bien una nación con acceso al conocimiento tiene mayores posibilidades de desarrollo, parece que hemos cometido el error de vanagloriar tanto a la educación que, de alguna manera, conseguimos que se confiara demasiado en sus alcances, como si por sí sola pudiera resolver todas las dificultades sociales. Hemos exaltado sus beneficios hasta olvidar que una persona puede estar altamente educada y, aun así, carecer de formación humana. Como sostiene Delors (1996), al afirmar que la educación no debería limitarse al aprendizaje de conocimientos, sino que requiere comprender dimensiones relacionadas con “aprender a ser” y “aprender a vivir juntos”, aspectos esenciales para la construcción de sociedades más humanas.

Podemos encontrar profesionales con grandes capacidades técnicas, excelentes resultados académicos y amplios conocimientos en sus áreas, pero con dificultades para escuchar al otro, reconocer sus errores o comprender realidades distintas a las propias. En ocasiones, pareciera que algunas personas recorren su trayectoria a campo traviesa, acumulando títulos y conocimientos, pero sin un proceso paralelo de formación que les permita comprender el impacto humano de aquello que hacen. El problema no radica en la ausencia de educación, sino en la falta de una formación que acompañe ese conocimiento y le otorgue una orientación ética (Freire, 2005). En este orden de ideas, la educación puede enseñar a construir una empresa, administrar recursos, ejercer una profesión o desarrollar una habilidad específica. Sin embargo, la formación es la que debería enseñarnos que detrás de cada decisión existen personas, contextos y consecuencias. Esto no es ciencia ficción ni futurología; es una realidad que podemos observar diariamente, debido a que una sociedad puede contar con individuos altamente capacitados y, aun así, enfrentar dificultades cuando esos conocimientos no están acompañados de principios, sensibilidad y responsabilidad colectiva. Una sociedad no mejora únicamente porque sus integrantes sean más competentes; mejora cuando quienes poseen esas competencias entienden cómo utilizarlas en beneficio colectivo.

En este sentido, la familia y el entorno social tienen una responsabilidad que ninguna institución educativa puede reemplazar completamente, y es por ello que el colegio y la universidad tienen la capacidad de aportar estrategias metodológicas y herramientas profesionales, mas no podemos circunscribir la formación humana exclusivamente a las aulas. Los primeros aprendizajes relacionados con la empatía, el respeto, la solidaridad y la convivencia suelen construirse en espacios más cercanos, en la interacción cotidiana con quienes nos rodean. Como plantea Vygotsky (1978), el desarrollo humano ocurre mediante la interacción social, lo cual demuestra que el aprendizaje no es únicamente un proceso individual, sino también una construcción colectiva.

El problema aparece cuando delegamos exclusivamente en las instituciones educativas la tarea de formar ciudadanos y, de modo similar, esperamos que una escuela enseñe respeto, que una universidad inculque responsabilidad social y que un título profesional garantice automáticamente madurez personal. Sin embargo, ningún diploma puede asegurar aquello que nunca fue cultivado en la cotidianidad. La formación del carácter, la responsabilidad y la conciencia ética requieren experiencias constantes dentro de los diferentes espacios donde participa el individuo, porque en la vida diaria no siempre tendremos un manual de instrucciones; muchas veces estaremos presuponiendo cómo maniobrar en esa situación a partir de los valores, principios y aprendizajes que hemos construido previamente.

Una sociedad puede estar llena de personas preparadas académicamente, pero si sus miembros no desarrollan sensibilidad frente a las diferencias, sentido de equidad y capacidad de cooperación, el conocimiento corre el riesgo de convertirse en una herramienta individualista. En algún momento, las consecuencias de esa visión reducida pueden aparecer de manera evidente; eso trastoca los planes y obliga a cambiar de estrategia. Por consiguiente, una educación centrada en habilidades productivas puede debilitar la capacidad democrática de las personas, al descuidarse valores como la empatía, la imaginación y la comprensión del otro (Nussbaum, 2010).

Ahora bien, esto no significa que la educación sea secundaria o innecesaria. Por el contrario, resulta fundamental para el progreso de cualquier nación. El punto es que la educación y la formación no deberían caminar separadas; sus destinos están indisolublemente ligados, puesto que una aporta el conocimiento necesario para comprender y transformar el mundo, mientras la otra proporciona los principios que orientan la manera en que decidimos hacerlo. La primera desarrolla herramientas, competencias y capacidades; la segunda otorga sentido, responsabilidad y dirección ética al uso de eso que se aprende.

Quizá uno de los mayores desafíos de la sociedad colombiana actual consiste en dejar de medir el éxito únicamente por títulos obtenidos, cargos alcanzados o conocimientos acumulados. Durante mucho tiempo hemos aplicado una especie de método draconiano para evaluar el valor de las personas, reduciéndolo a resultados visibles y dejando en segundo plano aspectos menos cuantificables, pero igualmente importantes, como la empatía, la responsabilidad y la capacidad de convivir con otros. Una persona verdaderamente preparada no es solamente aquella que “sabe mucho”, sino aquella que comprende cómo sus acciones afectan a quienes la rodean. Como señala Morin (1999), la educación del futuro debe preparar individuos capaces de comprender la complejidad humana y reconocer que el conocimiento siempre está vinculado con responsabilidades éticas.

En definitiva, Colombia no requiere únicamente personas educadas; necesita más personas formadas, y precisamente allí aparece una reflexión que me conflictúa. Durante años hemos entendido el progreso como una acumulación de logros individuales, títulos y reconocimientos, pero quizá hemos soslayado la pregunta más importante: ¿para qué estamos utilizando todo aquello que aprendemos? Porque una sociedad no se transforma con individuos capaces de resolver problemas técnicos, sino con seres humanos prestos a reconocer al otro, convivir con la diferencia y entender que el progreso individual pierde sentido cuando se construye ignorando el bienestar colectivo

 

Referencias

Delors, J. (1996). La educación encierra un tesoro. Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI. UNESCO.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido (2.ª ed.). Siglo XXI Editores. (Trabajo original publicado en 1970).

Morin, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO.

Nussbaum, M. C. (2010). Sin fines de lucro: Por qué la democracia necesita de las humanidades. Katz Editores.

Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes. Harvard University Press.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

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