LOGOI – PAZ

Esta columna es un espacio dedicado a la búsqueda del sentido de las palabras. Un ejercicio arqueológico, etimológico y, si se puede decir, biográfico. Cada entrega nos permitirá conocer la historia, el significado, el uso y el sentido de una palabra.

Mauricio A. Montoya

 

Si vis pacem, para bellum / “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”.

Flavio Vegecio Renato.

En la mitología griega existe una deidad poco referida en los espacios de discusión: Eirene (Irene). Su tarea, si la definiéramos así, era encargarse de la paz. Una labor difícil cuando pensamos en las guerras civiles que enfrentaron los griegos o en sus confrontaciones externas contra pueblos como los medos y los persas.

Eirene era hija de Zeus y Temis, y encarnaba la paz, el orden, la armonía y la prosperidad. El escultor griego Cefisodoto el Viejo la retrató en su obra Eirene y Pluto. En la escultura, Eirene (paz) sostiene en brazos al niño Pluto (riqueza) como alegoría para argumentar que la riqueza solo es posible en tiempos de paz; algo que podríamos cuestionar hoy cuando vemos los réditos económicos de las guerras que azotan el mundo. Por otra parte, fue el comediógrafo ateniense Aristófanes quien, en su obra “La paz”, la hizo protagonista de un hecho en el que es encerrada en un pozo por Pólemo (imaginario mítico de la guerra) y rescatada por un granjero (Trigeo) que viaja al Olimpo en un escarabajo pelotero, esto último interpretado por los estudiosos como una sátira contra el heroísmo clásico representado en el relato de Belerofonte y su viaje en el caballo alado Pegaso, para derrotar a Quimera.

Pero Hagia Eirene, traducida como Santa Irene, alcanzó el cénit de su popularidad cuando el emperador Constantino el Grande hizo erigir una catedral en Constantinopla consagrada a la Paz Divina y no a una diosa o  santa llamada Irene (Y eso que existen varias Irenes en los santorales católico y ortodoxo). El concepto es tan profundo que, hasta nuestros días, los estudios académicos que versan sobre la paz los denominamos irenología. No sobra decir que el templo es uno de los más antiguos de Estambul y nunca fue convertido en Mezquita. Actualmente es utilizado como un museo y un lugar para conciertos.

Otras doctrinas religiosas también tienen en sus creencias figuras relacionadas con la paz. En la Roma clásica, por ejemplo, era conocida como Pax y fue durante el reinado del primer emperador, César Augusto, que se construyó el “Altar de la Paz Augusta” para celebrar las campañas victoriosas en Galia e Hispania y reconfirmar la instauración de la famosa Pax Romana, un periodo en el que el imperio vivió tiempos de relativa estabilidad y gran esplendor. De igual manera, religiones como el Hinduismo veneran a Shanti, personificación de la tranquilidad y la paz; mientras que el Budismo reconoce a Kuan Yin como el iluminado de la compasión, la sanación y la paz interior.

La palabra paz ha sido utilizada para acompañar la designación de centenares de resoluciones internacionales o de tratados como el de la Paz de Westfalia (1648) o los Tratados de Paz de París (1919 – 1920), que en vez de hacerle honor, le han mancillado. Incluso el filósofo alemán Immanuel Kant escribió, en 1795, un tratado filosófico-político (La paz perpetua) en el que buscaba sentar las bases de un derecho internacional para suprimir la guerra y garantizar la paz. Una utopía que sus conciudadanos europeos se encargaron de destripar durante los dos siglos y medio siguientes.

Intelectuales como Johan Galtung han explicado la paz desde diferentes niveles. Una paz negativa como ausencia de guerra, tras un cese al fuego; la paz positiva que implica la supresión de violencias estructurales (desigualdad, pobreza, aniquilación de derechos, etc); y una paz diferencial enfocada en los territorios y sus poblaciones particulares.

En aspectos legales o constitucionales, la paz está presente en la mayoría de las cartas magnas del mundo. No obstante, la mayoría de veces se reseña en los preámbulos como un valor universal o en artículos generales que la emparentan con el pacifismo como actitud frente a la guerra. En Colombia, en contraste, la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento, consagrado en el artículo 22 de la Constitución política de 1991. Es por ello que los presidentes, en funciones, tienen la potestad de llamar a diálogos de paz con grupos por fuera de la ley. Además, en este país suramericano, la población ha sido convocada, por lo menos dos veces, a votar por la paz. La primera en 1997, liderada por la población civil y los movimientos sociales, en el conocido “Mandato ciudadano por la paz, la vida y la ciudadanía”; y la segunda, en octubre de 2016, para avalar o no los Acuerdos de Paz con la extinta guerrilla de las Farc – Ep. En esta última ocasión, el voto por el No se impuso por un estrecho margen.

En resumen, la paz tiende a ser un término más poroso que sólido. Una categoría muy teorizada, pero imperfectamente aplicada. Una concepción muy repetida y manoseada en los discursos de políticos de doble moral (transcribir la lista de sus nombres sería imposible). Un modelo económico dominado por el empresariado, no todo, que ve en los procesos de paz un beneficio particular y no de responsabilidad social. Una perspectiva con matices catastróficas. Una imagen estereotipada que parece cada vez más un cuervo que una paloma.

Logoi

Esta columna es un espacio dedicado a la búsqueda del sentido de las palabras. Un ejercicio arqueológico, etimológico y, si se puede decir, biográfico. Cada entrega nos permitirá conocer la historia, el significado, el uso y el sentido de una palabra. Por: Mauricio Montoya y Fernando Montoya

1 Comment

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

  • Siempre es importante recordar de dónde vienen esas etiquetas que todo lo pueden, hay que vaciarlas de sentido, para que puedan, contrariamente, adquirirlo. Buena columna