Clínicas clandestinas y la cultura de la estupidez

“Vivimos en una civilización donde el cuerpo se convirtió en vitrina, donde la imagen reemplazó la identidad y donde la validación social parece depender más de una fotografía que del carácter. El parecer es efímero, inestable y profundamente insaciable. El ser, en cambio, pertenece al terreno de lo permanente: los valores, la inteligencia, la dignidad, la prudencia y la construcción interior de la persona”


Debo reconocer que esta columna la escribo desde la rabia y, aunque no acostumbro escribir con la cabeza caliente porque siempre he creído que mis columnas, aunque de opinión, buscan más dejar una reflexión, esta vez sí siento que, como sociedad, estamos tocando fondo. La estupidez no puede ser nuestro principal criterio.

La muerte de Yulixa Tolosa no es simplemente una tragedia individual. Es el reflejo del síntoma de una enfermedad social mucho más profunda: la normalización de la estupidez colectiva disfrazada de libertad de elección.

Y reconozco que estas palabras, escritas así, con ese tono contundente, pueden sentirse hirientes, especialmente en un país como el nuestro, que prefiere la falsedad de los eufemismos para no parecer grosero. La estupidez, que podría definir como una especie de incapacidad —hoy en día, al parecer, deliberada— de reconocer las consecuencias evidentes de los propios actos, aun teniendo información suficiente para hacerlo, es connatural al ser humano. Porque sí, todos tenemos derecho a existir, incluso los estúpidos.

¿Cómo no vamos a quedar conmovidos por la muerte de Yulixa en esa clínica clandestina y a manos de supuestos médicos que no son más que vulgares asesinos? Pero también estoy obligado a formularme algunas preguntas incómodas que estoy seguro nadie quiere hacer. ¿Cómo es posible que sigan prosperando estos lugares? ¿Por qué continúan apareciendo pacientes dispuestos a entregar su cuerpo y su vida en establecimientos sin habilitación, sin controles y, muchas veces, sin siquiera condiciones mínimas de asepsia? ¿Hasta dónde puede seguir invocándose el “desconocimiento” como excusa en plena era de la hiperconectividad y del acceso inmediato a la información?

Hoy cualquier persona puede verificar en minutos si una IPS está habilitada en el REPS, si un médico tiene su especialidad registrada en el RETHUS, si tiene antecedentes disciplinarios o judiciales, o incluso si el establecimiento existe legalmente. Nunca antes en la historia había sido tan fácil acceder a la información. Sin embargo, paradójicamente, nunca había sido tan frecuente la renuncia deliberada a usarla.

Y ese es el verdadero problema que yo veo, porque no se trata de una ignorancia inocente. Parece, más bien, una decisión consciente de ignorar. De cerrar los ojos voluntariamente frente al riesgo cuando lo único importante es obtener rápidamente una apariencia determinada, a bajo costo y con gratificación inmediata.

La autonomía personal implica más que un simple acto de libertad —de hecho, tiende a alejarse del concepto de libertad—, porque conlleva un alto grado de responsabilidad. El principio de autonomía no consiste en hacer cualquier cosa sin consecuencias. La libertad madura exige información, discernimiento y capacidad crítica. Cuando una persona decide someterse a un procedimiento invasivo en un lugar clandestino, sin verificar habilitaciones, sin exigir garantías mínimas, seducida únicamente por el precio o por la promesa estética inmediata, participa —no tan indirectamente— en el sostenimiento económico de esa ilegalidad, porque así es como prosperan.

Existen porque hay demanda. Existen porque miles de personas siguen prefiriendo el atajo sobre la prudencia. Existen porque la cultura contemporánea ha elevado el parecer por encima del ser.

Vivimos en una civilización donde el cuerpo se convirtió en vitrina, donde la imagen reemplazó la identidad y donde la validación social parece depender más de una fotografía que del carácter. El parecer es efímero, inestable y profundamente insaciable. El ser, en cambio, pertenece al terreno de lo permanente: los valores, la inteligencia, la dignidad, la prudencia y la construcción interior de la persona.

Pero el mercado de la apariencia necesita consumidores impulsivos, inseguros y desesperados. Necesita individuos incapaces de posponer el deseo. Y las redes sociales han perfeccionado esa maquinaria psicológica. Hoy muchas personas no quieren transformarse; quieren “verse” transformadas. No buscan salud ni bienestar; en realidad, buscan una aprobación instantánea. Y en esa falsa estética se desdibujan todos los límites racionales.

Lo más distópico de todo es que, mientras pequeños consultorios legales, médicos honestos e IPS habilitadas sobreviven asfixiados por los trámites, infinitas auditorías, requisitos técnicos a veces exorbitantes, visitas de inspección que muchas veces dependen más del criterio personal del habilitador que de criterios claros establecidos en la norma, imposiciones de cargas tributarias y una vigilancia permanente, al mismo tiempo las clínicas clandestinas parecen operar durante años a plena luz del día, muchas veces ante la indiferencia o incompetencia de las autoridades. Un contraste que revela una enorme hipocresía institucional.

Al profesional legal se le exige hasta el último extintor, el último protocolo y la última carpeta documental, y eso, al final, está bien. Pero simultáneamente florecen establecimientos ilegales que anuncian procedimientos invasivos en redes sociales, captan pacientes masivamente y funcionan sin habilitación, sin especialistas reales y sin condiciones mínimas de seguridad.

¿Cómo puede operar durante años una clínica clandestina sin que nadie la cierre? ¿Dónde estaban las autoridades? ¿Dónde estaban los entes territoriales de inspección y vigilancia? ¿Cuántas denuncias hacen falta para actuar? ¿Cuántos muertos más se necesitan para intervenir?

La tragedia de Yulixa no debe analizarse solamente desde la compasión, porque ya sabemos cómo termina eso: en un desfile interminable de lamentos publicados en miles de entrevistas por políticos y funcionarios que siempre dicen lo mismo. Esto debe analizarse desde la responsabilidad social y cultural que alimenta estas economías ilícitas; es decir, desde nuestro propio uso racional de la sensatez.

Porque mientras siga existiendo una sociedad obsesionada con aparentar, incapaz de verificar, incapaz de pensar críticamente y dispuesta a entregar su vida por una ilusión estética inmediata, seguirán existiendo clínicas clandestinas listas para convertir esa desesperación en negocio. Y mientras el Estado continúe acosando al legal y tolerando al clandestino, la medicina ilegal seguirá siendo un mercado rentable y seguirán muriendo más y más personas por una ilusión efímera de belleza.

P.D. No dude en escribirme sus comentarios a mi cuenta de X @sanderslois

 

Sanders Lozano Solano

Médico y Cirujano de la Universidad Surcolombiana y Abogado de la Universidad Militar Nueva Granada, es Especialista en Gerencia de Servicios de Salud y Magíster en Educación. Experto en responsabilidad médica, se ha dedicado en los últimos años a su verdadera pasión: la academia y la escritura.

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