Elecciones Colombia 2026: De la demagogia, el populismo y otros demonios (Capítulo I)

¿Estamos a punto de sacrificar a un país entero por inflar el ego de un hombre de vanidad napoleónica? Lo cierto es que los números no mienten: Abelardo de la Espriella es la peor opción para enfrentar a Iván Cepeda.

Presento una seguidilla de columnas en las que explico por qué considero a Abelardo de la Espriella no solo la apuesta más riesgosa en esta contienda, sino también una candidatura atravesada por la demagogia, el populismo y la deshonestidad.

Abordaré tres conceptos: patria, discurso anti-establishment y populismo anti-izquierda.

Capítulo I: La patria — demagogia y colectivismo

¡Firmes por la Patria!”, gritan los nuevos áulicos. Lo hacen con la pasión y el ahínco propios de cadetes profesionales, en un tono monocorde y altivo que replica el de su nuevo líder.

El nuevo caudillo de la “patria” dice representar la nación mejor que nadie. Y le creo: tiene la suficiente egolatría para creer sus propios devaneos. No nos bastó con tener a un sujeto que hizo constantes alardes de sí mismo y se comparó, entre otros, con Simón Bolívar. Ahora, por amor a la “patria”, queremos seguir en la desventura.

“Patria”, una palabra manoseada por buena parte de la peor ralea del continente. Travestida de ardentía, ha sido empleada por algunos de los más ruines granujas del hemisferio. ¿Cómo no recordar la frase de la revolución cubana: “Patria o Muerte, Venceremos”; o la de la revolución bolivariana: “Patria, Socialismo o Muerte”; o la de la tiranía sandinista: “Patria libre o morir”? Al término le encuentran utilidad los dictadorzuelos bananeros, tanto por su efectividad para movilizar como por su capacidad de excluir. Cuando alguno de estos truhanes grita “¡Patria!”, no tarda en aparecer una caterva de cortesanos aplaudiendo. Tan taimada demagogia resulta, a la postre, bastante provechosa.

No quiero insinuar que Abelardo sea Fidel o Chávez. Quiero enfatizar que, para combatir al socialismo, lo ideal es hacerle oposición y no competencia. Importa no asemejarse a ellos y, como mínimo, evitar copiar las formas burdas del autoritarismo bananero.

Tampoco quiero insinuar que la patria, como concepto, sea necesaria e inherentemente abyecta. Ni lo son otros conceptos como justicia, democracia o igualdad. El problema es el uso demagogo de estas ideas, que busca la movilización política o, peor aún, la lealtad ferviente al Estado, al partido, al líder o al grupo que dice ser su leal representación.

Su campaña, a veces, parece más un cuartel. Entre ellos se reciben llevándose la mano a la sien y, con especial vehemencia, realizan un saludo marcial que, además, se nota postizo en Abelardo, ya que nunca ha sido militar. En el narcisista o en el vanidoso todo es postizo, incluso la supuesta simpatía.

El problema de incluir las lógicas militares en la política es que los militares están hechos para obedecer, no para pensar, debatir, reflexionar o, en el mejor de los casos, disentir. En una democracia liberal, no podemos permitir que al ciudadano se le trate a la manera de un cadete. El ciudadano no es un subordinado, ni en la forma ni en el fondo. Los eslóganes militares en la política hay que dejarlos para las tiranías tropicales: la chavista, por ejemplo. Hugo Chávez era militar y ejerció el poder en calidad de tal, y trató a sus ciudadanos a modo de cadetes subordinados y, en el extremo, como espías o enemigos infiltrados.

Siendo liberal, no concibo que alguien afirme estar del lado de la libertad, pero al mismo tiempo tolere en sus filas el populismo barato, el militarismo, las conspiraciones globalistas absurdas, el fanatismo religioso y, más inquietante todavía, trate de imitar la demagogia de aquello que dice odiar para ser electoralmente exitoso. Eso no es cerrarle el paso al autoritarismo; al contrario, es abrírselo. En otras palabras, acostumbrar a la sociedad al patriotismo, al populismo y a la demagogia es contraproducente.

El patriotismo en América Latina ha sido, históricamente, una derivación del nacionalismo europeo. Ahí tenemos a Perón, Videla, Pinochet, Chávez, Fidel y el resto de los sátrapas bananeros que hicieron de sus naciones una escuadra militar con base en un sentimiento patriótico.

Bien señalaba Ludwig von Mises: “el liberalismo es universalista; no reconoce fronteras morales entre los hombres”, y acusaba al nacionalismo como un concepto colectivista enemigo de las libertades individuales. Ayn Rand fue más tajante al considerar el patriotismo como “moralmente peligroso”, pues conlleva a la lealtad colectiva y, en la mayoría de los casos, al apoyo incondicional al Estado; el patriotismo, a su juicio, era un amor irracional, porque pedía lealtad irrestricta y, en ese sentido, sería como amar a alguien independientemente de cómo actúe.

Sabemos ya cómo funciona este tipo de colectivismo patriotero, donde la lealtad se va convirtiendo en un culto a la personalidad ciego y se va conformando entonces una tribu repulsiva de palatinos que ven la “patria” como la última guarida de su podredumbre espiritual. Porque, según exclamó en su momento Samuel Johnson: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Juan Luis Upegui

Pianista y docente. Licenciado en música y pedagogía, cuenta con un Associate of Arts; actualmente cursa una maestría en administración pública (MPA) en Florida Atlantic University (FAU). Sus escritos exploran la política, las artes, la administración pública y la filosofía desde una perspectiva liberal.

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