Doña Javiera Londoño y los ecos de la libertad

“Los años fueron pasando y, ante la cercanía de la muerte, tomó una importante determinación fruto de años de reflexión y cariño. (…) En 1766, ya viuda, doña Javiera decide reiterar la decisión en su segundo testamento y manifiesta el anhelo de ver liberados a todos los esclavos y sus familias. Ya había escrito varias cartas de libertad con ese propósito. Eran aproximadamente entre 125 y 140 sujetos que entraron en el proceso de manumisión. Era su último gesto de amor por sus esclavos, un agradecimiento por años de acompañamiento y lealtad. Pensó que su palabra sería efímera y se extinguiría en medio de documentos empolvados, pero su acto fue grabado en el mármol de los tiempos.”

Hay muchas historias no tan conocidas en nuestro país que bien vale la pena recuperar, actos que marcaron una época y que, con el avance de los años, han adquirido una notable mitificación en la historiografía local y la memoria oral de algunos pueblos. Una de esos relatos apasionantes, sin duda, es el de doña Javiera Londoño y Zapata: una mujer antioqueña del siglo XVIII que en un acto de amor y caridad cristiana decidió liberar una gran cuadrilla de esclavos, en una acción con pocos precedentes en las luchas por la libertad. Doña Javiera sembró una semilla que, poco a poco, empezó a arder y se expandió por todo el Valle de San Nicolás como un grito furibundo. Y aún hoy su imagen permanece, inspira cuadros y monumentos en Rionegro y El Retiro, donde aquella mujer se para digna al lado de proceres y artesanos de alas y rupturas de cadenas. Conocer su historia también nos permite entender la mentalidad de una época y los cambios profundos que, como antioqueños y colombianos, hemos tenido a lo largo de los años.

Pero empecemos desde el principio. Doña Javiera nació en Medellín en 1796 en una familia prestante de la villa y allí, muy joven, contrajo nupcias con don Ignacio Castañeda, acompañada de una generosa dote. El matrimonio anhelante de cambiar sus aires y buscar fortuna, a mediados del siglo XVIII, llegaron a los parajes de El Guarzo: Una bella tierra, en el Oriente Antioqueño, por la que fluyen quebradas como hilos de vino y pájaros, de todos los colores, se paran sobre las ramas de los arrayanes. Dueños de aquellas tierras, anhelaron encontrar en las corrientes del río Pantanillo y la Quebrada la Agudelo la promesa dorada de un futuro mejor. Para ello establecieron una cuadrilla de esclavos, una de las más numerosas de la época en la región, que explotaría, a través del bateo y el mazamorreo, las minas de aluvión en busca de extraer el oro de la tierra. Es decir, aquellos hombres introducían una batea al río, la sacaban con arena, tierra y pequeñas piedras, y mediante el movimiento cadencioso lograban separar y visualizar el mineral anhelado. Los esclavos habitaban en un espacio cercano al cruce del río con la quebrada y construyeron una pequeña capilla de paja para sus oficios religiosos. De día trabajaban intensamente y, en las noches, anhelaban, con el eco de los tambores, las tierras de sus ancestros y la posibilidad de la libertad.

Doña Javiera pronto demostró tener una relación más cercana con los esclavos, con los que conversaba y dialogaba, construyó con algunos una inesperada amistad. A pesar de su analfabetismo, siguiendo los principios más fundamentales de la caridad cristiana, se encontró con aquel otro, diferente a ella, y supo leer el fuego que ardía en sus pupilas. Era otro ser humano, otra constelación que deambulaba por la tierra. Merecía hablar y ser escuchado. Los esclavos en el imaginario tradicional neogranadino de la época colonial eran simples herramientas, pequeños engranajes de una máquina de producción de oro. Además de ser notablemente costosos, solo las familias prestantes podían darse el lujo de tener así fuera un par de ellos. Pero Javiera vio algo más y, claramente, se trascendió la relación esclavo-ama a una incipiente amistad.

Eran su compañía. Con algunos de ellos recorrió el inexplorado valle de San Nicolás, con algunas esclavas se bañó desnuda en las aguas de la Miel, con otros se sumergió en los bosques de árboles nativos, armadillos y guacharacas en busca de un sentido ausente, con otras se tomaba el chocolate en las mañanas y, entre risas, emergían los nombres de algunos rostros cercanos de españoles y criollos; además de miedos, juegos, chistes y algunos secretos que sólo los oídos del verdadero amigo podían guardar.  Cuentan algunas leyendas que, en medio de la monotonía y el cansancio de la vida colonial, Doña Javiera danzaba, durante algunas veladas nocturnas, con sus esclavos alrededor del fuego. Había allí algo sagrado. Era su propio ritual de libertad.

Los años fueron pasando y, ante la cercanía de la muerte, tomó una importante determinación fruto de años de reflexión y cariño. En un primer testamento, escrito en 1757, escrito conjuntamente por ambos esposos, se decidió a otorgarle la libertad a algunos de sus viejos amigos. En 1766, ya viuda, doña Javiera decide reiterar la decisión en su segundo testamento y manifiesta el anhelo de ver liberados a todos los esclavos y sus familias. Ya había escrito varias cartas de libertad con ese propósito. Eran aproximadamente entre 125 y 140 sujetos que entraron en el proceso de manumisión. Era su último gesto de amor por sus esclavos, un agradecimiento por años de acompañamiento y lealtad. Pensó que su palabra sería efímera y se extinguiría en medio de documentos empolvados, pero su acto fue grabado en el mármol de los tiempos.

El testamento fue polémico e implicó una serie de procesos jurídicos que buscaron deslegitimarlo. En estas conspiraciones participó el presbítero marinillo Fabián Sebastián Jiménez, quien argumentó que doña Javiera no estaba en sus cabales y, en consecuencia, su testamento no tenía validez. Don Fabian llevó testigos que declararon que doña Javiera tenía mala memoria, que no respetaba el duelo por la muerte de su esposo y no usaba el negro cuando se vestía para ir a misa, que tenía un zoológico en su casa, pues tenía muchas mascotas, y desde luego, que bailaba con sus esclavos; una profanación grave si se tiene en cuenta el complejo entramado de diferenciación social que existía en la colonia.

Al parecer, más que evitar la liberación de los esclavos, los bandos en disputa, donde existían varios intereses de la elite de Rionegro, buscaban apropiarse de las propiedades de Doña Javiera, de sus minas y tierras. Fue entonces en el campo de los tribunales coloniales, en San Nicolás de Rionegro, donde, entre prédicas y fuertes discursos, se libró una de las batallas más intensas por la libertad. En efecto, el caso escaló pues ningún tribunal local quería emitir un veredicto definitivo y los testimonios, pruebas y alegatos siguieron circulando. Finalmente, a pesar de algunas pocas victorias por parte de los confabuladores, la liberación fue un proceso irreversible, legitimado por la Real Audiencia, el máximo órgano judicial de la colonia, en 1774. Los esclavos, ahora libertos, se establecieron, primero, en pequeños ranchos cerca al río Pantanillo y luego emigraron a otras regiones de Antioquia, como Fredonia, Abejorral y La Ceja, en busca de nuevas oportunidades de trabajo y prosperidad.

Sólo una condición puso Doña Javiera, en su testamento, para la liberación: todos los años los libertos debían regresar a El Guarzo y, en la Capilla de San José, celebrar una misa por su alma y la de su marido Don Ignacio. Esta ceremonia religiosa suele realizarse tradicionalmente, el 28 de diciembre y es el origen de la llamada “Fiesta de los Negritos” del municipio de El Retiro, que nos recuerda a la población afrodescendiente que acostumbraba venir a conmemorar la misa en una antigua iglesia Pajiza. Relatan las crónicas que año tras año desfilaban los grupos de manumisos y sus descendientes, luciendo lujosas vestiduras al estilo español, para llegar devotamente al encuentro de las imágenes de San José y la Dolorosa. Entre rezo y rezo, se danzaba en el atrio en el mayor orden y compostura. Y, cuando terminaba la misa, la fiesta y el baile seguían y se celebraba en la noche, alrededor del fuego y la música con tambores. Las fiestas de los negritos aún se celebran y muchos visitantes, durante aquellas fechas, llegan a contagiarse del ambiente festivo y la celebración de la libertad.

Desde entonces, no sobran motivos, a final de año, para el reencuentro y la fiesta: La liberación de esclavos voluntaria se realizó 22 años antes que la revolución francesa y 24 años antes que la revolución haitiana, lo que la convierte en un referente significativo en la historia de las luchas por la libertad, un derecho inalienable de la humanidad. Es la primera liberación voluntaria de esclavos de la que se tenga registro en Latinoamérica (y reconocida por el gran número de esclavos que se vieron vinculados a ella).

El acto ha quedado grabado en el imaginario, la memoria y el patrimonio de la comunidad del Oriente Antiqueño y El Retiro. El impacto que ha tenido en la conformación de su imaginario de identidad es destacable. La figura de doña Javiera ha permeado durante más de dos siglos las tradiciones guarceñas, además de algunos de sus rituales cotidianos. Las fiestas evocan la libertad a través de música, desfiles y bailes llenos de colores. Los ebanistas le rezan a San José, aquel santo carpintero, cuya imagen, de más de 200 años, con la dolorosita, propiedad de Javiera Londoño y su esposo, reposan en la Capilla de Nuestra Señora de los Dolores, a la entrada del pueblo. Algunos músicos como Lázaro Villa y Luciano Bravo tienen composiciones, como bambucos y pasillos, en los que permanece, como un eco, la idea de la libertad. Y los estudiantes, en el aula de clase, durante sus estudios de ciencias sociales, repasan la historia que se ha convertido en el relato fundacional del pueblo.

Todo pueblo necesita símbolos, referentes que permitan pensar en un pasado conjunto. Javiera sin duda se ha convertido en un eco poderoso, cuyo relato aún retumba en las montañas. Una voz femenina que resaltó en un tiempo donde las mujeres desaparecían de la historia y sólo los grandes héroes y gobernantes tenían derecho a un espacio en las páginas de los libros. Es bonito pensar que la acción cotidiana, la más sencilla, sin que lo esperemos, puede convertirse en un estallido de sentido en el futuro. Y toda lucha por la libertad, en todas sus formas, bien lo vale. Por ello doña Javiera Londoño seguirá viviendo allí donde las cadenas se rompen y hoy, ciertamente, aún nuestro país, tiene muchas por romper. ¿Cuáles son? Quizás como la vieja hacendada del Oriente Antioqueño hay que aprender a escuchar el retumbar de los tambores.

Daniel Acevedo Arango

Nació en Medellín en 1986. Es poeta, gestor cultural e historiador, magister en estudios literarios de la Universidad de Buenos Aires y tallerista de escritura creativa en El Retiro, Antioquia. Es miembro Correspondiente de la Academia Antioqueña de Historia. Fue ganador del XVII Premio Nacional de Poesía Eduardo Carranza Fernández. También fue mención de honor, segundo puesto, en el VI Concurso Nacional de Cuento de EPM y Mención de honor en el XVII concurso de Cuento Ciudad de Pupiales. Ha escrito los libros: Ritual de Vuelo (2019), Tres episodios del sufrimiento y la cotidianidad en la época de la independencia (2021), Los alquimistas de la madera (2022) y La constelación perdida (2024)

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