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En diversos círculos académicos, así como en espacios de análisis político y geopolítico, y entre una o dos cervezas con algún amigo, circula una pregunta que atraviesa silenciosamente las discusión sostenida: En un primer momento, se formula con cautela histórica, reconociendo que cada contexto es distinto e irrepetible; sin embargo, tras una pausa reflexiva —casi incómoda— y al identificar ciertos factores comunes, la pregunta emerge con fuerza: ¿estamos viviendo un momento similar al de la Alemania en el ocaso de la República de Weimar? Sin apresurarse a ofrecer una respuesta concluyente, las miradas se dirigen hacia la historia, en busca de patrones, advertencias y analogías posibles.
En esa misma conversación con mi amigo historiador, abordábamos la situación actual del llamado “viejo continente”. Coincidíamos en que, si bien Europa atraviesa principalmente conflictos de baja intensidad o tensiones contenidas, en otras regiones como Medio Oriente se desarrollan conflictos de alto impacto y abierta confrontación. Casos como Gaza, Siria y Yemen, junto con las tensiones crecientes que involucran a Irán e Israel, configuran un escenario de inestabilidad sostenida. En este contexto, Europa ha adquirido —a diferencia de otros momentos históricos recientes— una relevancia geopolítica mayúscula, no solo por su posición estratégica, sino por su papel dentro de las alianzas internacionales. Algunos hablan de la crisis de la OTAN.
Estados Unidos, impulsado por su tradicional discurso democratizador —frecuentemente entrelazado con intereses estratégicos y energéticos a consecuencia de su supuesto destino manifiesto— ha asumido un rol que podría interpretarse como el de un “poder imperial contemporáneo”, buscando involucrar de manera directa a países europeos en dinámicas de conflicto que, en el fondo, responden también a disputas más amplias. Aquí surge un punto particularmente interesante: las tensiones entre Israel e Irán —marcadas por la confrontación con el régimen de los ayatolás— han contribuido a reconfigurar las relaciones entre Estados Unidos y Europa, generando fricciones y reposicionamientos geopolíticos. Todo ello enmarcado en los intereses estratégicos de Israel en la región. Un punto para la animadversión con el régimen sionista.
Ahora bien, ¿qué relación tiene este escenario con el final de la República de Weimar? Más de la que podría parecer a simple vista. Si bien el historiador suele ser prudente al establecer comparaciones directas entre periodos, el análisis politológico permite identificar paralelos en las estructuras de poder, en las dinámicas políticas y en los comportamientos sociales que se manifiestan en los análisis del discurso de las cabezas visibles de los estados o de las agrupaciones políticas. Comparar 1933 con 2026 no implica afirmar que la historia se repite, sino reconocer patrones que pueden ayudar a anticipar escenarios posibles. Mínimamente a comprenderlos.
En este sentido, es posible identificar algunos elementos comunes que se dieron en la decadencia de la República de Weimar y nuestros días:
- Crisis de confianza en las instituciones democráticas.
- Crisis económica como catalizador político y social.
- Alta polarización política y fragmentación social.
- Construcción de la otredad como amenaza.
- Instrumentalización del derecho como herramienta de poder.
- Reconfiguración del iusnaturalismo en clave nacionalista.
- Uso jurídico del positivismo ideológico.
Estos factores configuran un escenario en el que las condiciones políticas y sociales —tanto en Europa como en Medio Oriente— facilitan la circulación y legitimación de discursos, ideas y narrativas que, en su momento, permitieron el ascenso del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán en 1933. Partidos como Alternativa para Alemania (AfD), gracias a estos discursos y narrativas nacionalistas, de amenaza por a sus intereses nacionales por parte de los extranjeros, ha logrado hacerse con una gran votación en lugares del este alemán. En Polonia, Nawrocki obtuvo el 50,8% de los votos. Consolidando una fuerza conservadora en este país. Esto como algunos ejemplos del auge que va tomando las narrativas contra la democracia liberal.
Más que afirmar una repetición histórica, lo que se plantea es una advertencia: cuando convergen crisis, desconfianza institucional y narrativas excluyentes, las democracias pueden entrar en zonas de riesgo. Como sucede hoy.
Maxime con una juventud, que simpatiza con los fascismos 4.0. Esos de Tiktok de bailes y videos llamativos, pero con una profunda narrativa de odio y segregación sobre la otredad.













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