La geopolítica fascina, urge e incomoda a liberales clásicos y libertarios por igual. Mal que mal, opera muchas veces en el mundo de la realpolitik, y esa tensión pone a prueba qué tan firmes son los principios cuando se enfrentan a la realidad del poder entre Estados con valores que no necesariamente se alinean con el liberalismo en ninguna de sus manifestaciones.
Esa misma tensión se vuelve especialmente patente al configurarse, desde una lógica centrada en las consecuencias, un status quo más favorable a la libertad, aunque mediante métodos que atropellan la ética liberal. El caso venezolano es ilustrativo: la caída de Nicolás Maduro abrió la posibilidad de mayor libertad para el pueblo venezolano, pero también implicó la interferencia de una potencia extranjera con sus propios intereses, que además colocó a Delcy Rodríguez —una figura ligada al chavismo— como pieza de transición. Si bien se liberaron presos políticos del Helicoide, como María Oropeza de LOLA (Ladies of Liberty Alliance), Venezuela aún no se ha desprendido completamente del yugo chavista, y el trato de Donald Trump hacia María Corina Machado ha bordeado lo humillante.
Desde una perspectiva liberal —demócrata, internacionalista y pragmática—, el desenlace sigue siendo preferible al escenario previo: el liberalismo no rehúye el consecuencialismo ni la realpolitik. Desde una perspectiva libertaria, en cambio, más cercana al deontologismo, el asunto se vuelve considerablemente más complejo, al entrar en cuestión la legitimidad de la intervención de un actor externo sobre otro.
Algo similar ocurre con la caída del régimen de los ayatolás en Irán. En términos prácticos, esta transformación representa una mayor libertad para las mujeres iraníes, que podrían dejar de estar sometidas a la sharía, al tiempo que implica la desestabilización de uno de los principales financistas del terrorismo global. Sin embargo, la guerra en Medio Oriente conlleva la pérdida de vidas inocentes en el fuego cruzado, producto de los intereses en pugna de distintos gobiernos.
Quizás el caso más complejo es el de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. No cabe negar que una hegemonía cultural norteamericana resulta más propicia a la libertad individual que la ideología del Partido Comunista Chino, con sus políticas de vigilancia masiva y crédito social. No obstante, mientras Trump apuesta por aranceles y proteccionismo, China ha adoptado una retórica de mayor apertura de mercados, logrando que países que antes gravitaban hacia la “nación del Tío Sam” caigan progresivamente en la órbita económica de Pekín. Aquí, tanto liberales clásicos como libertarios tienen claridad: a China se le derrota con más comercio, no con más proteccionismo. Por eso tratados como el TPP-11 cobran tanta importancia, ya que reducen esa dependencia sin recurrir a la lógica del bloque.
En definitiva, la geopolítica es un terreno difícil. Aun cuando para los liberales puede parecer más sencillo refugiarse en el pragmatismo y en el “bien mayor” de largo plazo, no conviene hacer oídos sordos a las críticas formuladas desde el libertarismo y el anarcocapitalismo. Una vez que el intervencionismo se normaliza, nada impide que otros Estados apliquen esa misma lógica de dominación no solo sobre oponentes ideológicos o económicos, sino incluso sobre aliados y neutrales.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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