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“Una forma de ejercer el poder que convierte la discrepancia en obstáculo y tensiona los límites de la democracia.”
En Colombia, el problema ya no es el estilo del presidente, sino la forma en que entiende el poder. Petro no actúa como un jefe de Estado que administra instituciones, sino como un líder que se asume por encima de ellas.
Todo en su gobierno gira alrededor de una idea peligrosa: que él encarna al pueblo y, por lo tanto, quien lo contradice no solo se equivoca, sino que estorba. Ese es el punto de quiebre. Ahí es donde la democracia empieza a deformarse.
No es retórica. Es su conducta.
Ahí están los choques permanentes con la justicia cuando sus reformas encuentran límites. Ahí están los señalamientos reiterados contra el Congreso cuando no aprueba su agenda al ritmo que exige. Ahí está la descalificación sistemática a los medios críticos, convertidos en sospechosos cada vez que incomodan al poder. No son episodios aislados. Es un patrón que redefine la relación entre el Ejecutivo y los demás poderes.
La confrontación no es un exceso de carácter: es un método. Petro no busca equilibrio; busca control político del relato. Necesita que la discusión pública ocurra en sus términos, bajo su marco, con sus enemigos claramente definidos.
Y cuando el relato se convierte en el centro del poder, la realidad empieza a estorbar.
El Congreso es útil si obedece. La justicia es válida si no interfiere. Los medios son aceptables si no cuestionan. Todo lo demás es presentado como un obstáculo que debe ser enfrentado. No hay matices. No hay zonas grises. Solo alineados o enemigos.
Ese no es un problema menor. Es la antesala de algo más grave.
Las democracias no se rompen únicamente con golpes abruptos. También se degradan cuando un líder convierte su visión personal en el único marco legítimo de la política. Cuando eso ocurre, las reglas siguen existiendo, pero pierden sentido. Las instituciones permanecen, pero dejan de operar como límites reales.
Petro no ha cerrado el sistema democrático. No lo necesita. Le basta con tensionarlo al máximo, deslegitimar a quienes lo contradicen y reforzar la idea de que sin él no hay rumbo posible. No gobierna sobre instituciones: gobierna contra ellas, y cuando no puede someterlas, intenta deslegitimarlas.
Ese es el verdadero riesgo: un poder que no reconoce límites porque no reconoce iguales.
Colombia no está frente a un error de gobierno. Está frente a una forma de ejercer el poder que convierte la discrepancia en obstáculo y la institucionalidad en trámite incómodo. Porque cuando el poder deja de reconocer límites, ya no necesita romper la democracia: le basta con vaciarla. Y las democracias vaciadas no se anuncian con estruendo. Se normalizan. Hasta que un día ya no queda nada que defender.













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