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“Las consultas ordenaron las coaliciones, pero dejaron abierta la pregunta decisiva: si la derecha llegará unida o dividida a la primera vuelta presidencial.”
El 31 de mayo de 2026 los colombianos votarán para elegir presidente. Pero el resultado puede empezar a definirse mucho antes, en un terreno más incómodo que las plazas públicas o las encuestas: la capacidad de la oposición para ordenar sus propios liderazgos.
Las consultas del domingo resolvieron una parte del problema. Sirvieron para depurar candidaturas dentro de las coaliciones y clarificar el tablero político. Ese ejercicio democrático dejó una ganadora clara en el espacio de la centroderecha: Paloma Valencia.
Pero las consultas no resolvieron todo.
La política colombiana rara vez es tan simple.
Fuera de ese mecanismo sigue existiendo otro liderazgo con presencia mediática, discurso confrontacional frente al gobierno de Gustavo Petro y una base política movilizada: Abelardo de la Espriella.
Y ahí aparece el verdadero dilema.
Las consultas ordenaron a los partidos, pero no necesariamente ordenaron todo el campo opositor. La primera vuelta presidencial siempre tiene una lógica distinta: no gana quien tenga más entusiasmo en su propio sector, sino quien logra concentrar el mayor número de votos en el momento decisivo.
La historia electoral colombiana está llena de advertencias. Cuando varios liderazgos compiten por el mismo electorado con narrativas similares, el resultado casi siempre es el mismo: fragmentación. No porque falten convicciones, sino porque sobra algo que en política suele ser más peligroso que el adversario: el exceso de protagonismo.
No se trata de negar la competencia democrática. Las candidaturas independientes también forman parte del juego político. Pero hay momentos en los que la política exige algo más difícil que la simple aspiración personal: exige cálculo estratégico. Y la estrategia, por definición, obliga a mirar el tablero completo, no solo la propia casilla.
Porque la elección presidencial no se gana únicamente con convicción ideológica ni con presencia mediática. Se gana construyendo mayorías. Y las mayorías, en sistemas de doble vuelta como el colombiano, se construyen primero evitando la dispersión del propio electorado.
La política siempre pone a prueba a quienes aspiran a gobernar. A veces esa prueba llega en las urnas; otras, mucho antes, cuando toca decidir entre la ambición personal y la inteligencia estratégica. El 31 de mayo los colombianos elegirán presidente, pero la pregunta decisiva ya está sobre la mesa: si el electorado que quiere un cambio frente al gobierno de Gustavo Petro llegará unido o dividido a esa cita.
Y en esa decisión hay dos nombres que pesan más que cualquier consigna: Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella.
Porque a veces las elecciones no las gana el adversario. A veces simplemente se las regalan.














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