El 8M y la moral tribal: cuando la ideología reemplaza a los principios

Cada 8 de marzo se repite el mismo ritual: discursos sobre la dignidad de las mujeres, llamados a la justicia y consignas sobre igualdad. Sin embargo, basta observar con un mínimo de honestidad intelectual lo que ocurre alrededor de esta fecha para notar algo incómodo: muchas de las voces que dicen defender a las mujeres no están defendiendo principios, sino tribus. La evidencia de estas conductas irracionales se encuentra en los debates generados a partir de eventos recientes.

Uno de los episodios más reveladores fue la reacción contra Lionel Messi por asistir a un evento en la Casa Blanca, en el cual sería reconocido junto al Inter Miami CF tras consagrarse campeones de la MLS (Major League Soccer) de 2025 en un acto encabezado por Donald Trump. Para algunos activistas, ese simple hecho fue suficiente para intentar desacreditar al mejor futbolista de la historia. La lógica es simple: si apareces cerca de alguien que mi tribu considera enemigo, entonces vos también eres culpable.

Para justificar esta indignación, algunos incluso apelaron a una comparación curiosa: afirmaron que Diego Maradona jamás se habría reunido con alguien como Trump. La ironía es casi cómica. Maradona fue, sin duda, un talento extraordinario en el fútbol, pero también fue una figura marcada por escándalos, adicciones y comportamientos profundamente cuestionables, paradójicamente contra mujeres. Fue además un admirador público de líderes autoritarios como Fidel Castro o Hugo Chávez, responsables de regímenes que empobrecieron y reprimieron a millones de personas.

Nada de eso parece importar demasiado. Lo único imperdonable es dejarse ver junto al enemigo ideológico del momento.

Este fenómeno no es exclusivo del mundo del deporte. Un patrón similar puede observarse en la reacción de ciertas facciones del feminismo contemporáneo frente a los ataques contra instalaciones nucleares en Irán. De pronto se alzan voces indignadas defendiendo, directa o indirectamente, a un régimen teocrático que restringe severamente la libertad de las mujeres: imposición obligatoria del velo, persecución de disidentes y castigos brutales para quienes desafían la autoridad religiosa.

La paradoja es brutal. Aquellos que se presentan como defensores de los derechos de las mujeres se muestran incapaces de criticar a uno de los sistemas más opresivos para ellas en el mundo actual. La razón es simple: el régimen pertenece al “lado correcto” del mapa ideológico. En ese sentido, esto nos da a entender que la ideología se convierte en el filtro moral y que las libertades individuales se vuelven selectivas.

A raíz de estos eventos, surge nuevamente en Bolivia el debate en torno a las acusaciones de pedofilia contra Evo Morales. Existen testimonios, investigaciones periodísticas y denuncias que han circulado durante años. No obstante, muchos de sus seguidores prefieren mirar hacia otro lado. Al mismo tiempo, esos mismos sectores no dudan en acusar con gran fervor a figuras políticas y empresariales que se encuentran en el campo ideológico opuesto. En ese caso, para ellos la sospecha es suficiente para condenar; cuando se trata de su propio referente, en cambio, el estándar de evidencia desaparece, lo que demuestra la poca capacidad crítica de ambos bandos para admitir los aberrantes errores de sus ídolos.

La conclusión es ineludible: la moral ha sido reemplazada por el tribalismo.

Este fenómeno revela uno de los problemas más destructivos del debate político contemporáneo: el falso dualismo entre izquierda y derecha. Bajo esta lógica, la evaluación moral prescinde de los hechos y pasa a depender de la identidad política del acusado.

Si pertenece a mi bando, se lo justifica. Si pertenece al bando contrario, se lo demoniza. No es ética: es lealtad tribal.

El problema de fondo es filosófico. Gran parte del discurso político actual se basa en una visión colectivista del ser humano: las personas dejan de ser individuos y pasan a ser representantes de categorías como “mujeres”, “hombres”, “Occidente”, “Sur Global”, “progresistas” o “conservadores”, entre otros ejemplos.

Pero los derechos no pertenecen a colectivos. Bien lo menciona Ayn Rand: “La minoría más pequeña en la tierra es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no tienen derecho a reclamar ser defensores de las minorías”. Debemos entender de una vez por todas que la minoría más pequeña que existe no es una raza, un género ni una ideología: es el individuo.

Cuando el debate se reduce a colectivos, las víctimas pierden su importancia como personas reales y pasan a ser herramientas narrativas: se convierten en piezas útiles dentro de una batalla ideológica. Esta es la razón por la que vemos actos tan perversos como defender a las víctimas con furia cuando sirven a la causa correcta e ignorarlas cuando su sufrimiento incomoda al relato.

Hace años, desde el libertarismo, se ha defendido la verdadera división política. No debemos reducirnos al dualismo clásico de izquierda y derecha: la división fundamental es entre autoritarismo y libertad.

Los regímenes teocráticos que oprimen a las mujeres deben ser señalados. Pero también deben ser criticados los gobiernos democráticos —de izquierda o de derecha— que utilizan el monopolio del uso de la fuerza para imponer proyectos morales o ideológicos sobre los individuos.

La libertad no puede defenderse selectivamente. Defender la libertad implica algo mucho más difícil que repetir consignas: implica sostener principios incluso cuando estos incomodan a tu propio bando.

En una época dominada por la política tribal, la coherencia moral se ha vuelto una forma de rebeldía. Y quizás esa sea la reflexión más incómoda que nos plantea este 8 de marzo.


La versión original de esta columna apareció por primera vez en El Insubordinado.

Sofía Rojas

Abogada boliviana, streamer de POV, Staff Writer de El Insubordinado y Líder Regional de Retiros de LOLA (Ladies of Liberty Alliance). Desde una perspectiva filosófica, crítica y libertaria influenciada por el objetivismo, analiza los debates contemporáneos de la vida política y cultural.

Sostiene que el liberalismo debe volver a confrontar las conversaciones incómodas para recuperar principios que hoy han sido apropiados o tergiversados por colectivos tanto de izquierda como de derecha.

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