“No entreguemos el poder a quien no es capaz de defender lo más elemental: nuestra vida, nuestra libertad y el fruto de nuestro trabajo.”
¿En quién deposito mi confianza? ¿Existe alguien que realmente me represente? Estas preguntas, incómodas y necesarias, suenan hoy con fuerza en los pueblos colombianos. Y es que en el auge de las contiendas electorales que se aproximan, tanto ruido y conmoción suelen opacar las ideas.
Por lo general, las campañas se tornan en un campo de batalla: el candidato A despotrica del B, los medios aprovechan su fuerza mediática para tomar partido con evidente sesgo ideológico, y las redes sociales nos muestran, repetidas veces, a los aspirantes que pagaron la pauta más cara. En fin, en tiempos de campaña, la naturaleza del ejercicio ha sido más que conocida del pueblo, y las actuales contiendas políticas no serán una excepción a la norma.
Sin embargo, más allá del ruido incesante y de las pancartas publicitarias, hay una ineludible verdad: usted y yo somos responsables de elegir a quien legislará y gobernará. Nuestro voto, aunque individual, es el recurso principal por antonomasia, con el cual se constituye el poder. Por tal razón, ante el ambiente de politiquería, es imperativo que cada ciudadano afine su criterio. Que cada uno determine qué es lo que espera de un candidato, una vez que se posicione en el cargo.
Habitualmente, además de resultados, buscamos en un candidato un “paquete” de virtudes: que sea honesto, que tenga carácter y buenas costumbres; que sea consecuente, con filosofías claras o incluso una fe determinada. Sin embargo, la lista de cualidades que tal vez usted desearía encontrar en un candidato es tan amplia que resulta casi imposible encontrar a alguien que las reúna todas. Por lo tanto, surge la necesidad de priorizar, de encontrar una corriente conductora que nos permita evaluar más allá de las promesas, emociones o simpatía personal con el aspirante. Propongo que esa corriente conductora, o brújula, sean los derechos inalienables del hombre.
De los derechos inalienables
Para la correcta priorización, le invito a considerar tres derechos inherentes al hombre, que son la base fundamental de nuestra sociedad: el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada.
Como bien hicieron alusión al respecto, eminencias como Lucke, es de estos derechos que se desprenden las garantías que necesitamos que se defiendan, tanto en el congreso con nuevas leyes o derogación de anteriores, como desde el ejecutivo con políticas de orden, seguridad y desarrollo. Por supuesto, la tarea no es fácil y tampoco espero que lo sea. Sin embargo, estos tres pilares son la herramienta que puede guiar nuestro voto.
Apliquemos la brújula. En materia de derecho a la vida, la interrogante es contundente: ¿mi candidato la defiende sin ambigüedad? Si encontramos a un aspirante que promueve con fervor el aborto, estaría apoyando a alguien cuya primera acción legislativa sería permitir la violación del derecho más fundamental, aquel que nuestra Carta Magna defiende desde su artículo 11. Así pues, elegir a este aspirante sería una contradicción contra la humanidad misma.
El ejercicio es igual de significativo que los otros dos derechos. En términos de libertad, debemos preguntarnos: ¿el aspirante propone soluciones que, bajo promesas de seguridad, acaban restringiendo nuestras libertades civiles? ¿O mejor, es este un garante real de que no seré privado de mi libertad, ya sea por el Estado o por grupos al margen de la ley? En este aspecto, la brújula también crea una alerta que no se puede evadir. Encontrar un aspirante que, de forma implícita o por acción omisiva, favorece a grupos subversivos es una señal innegable de que carece de compromiso con este derecho. Y es que quien no condena al que secuestra o extorsiona para financiar sus estructuras criminales está, en la práctica, fracturando los cimientos de la libertad.
En miras del derecho a la propiedad, nos podemos preguntar: ¿mi candidato condena la expropiación? ¿Valora la iniciativa privada y el libre mercado, o por el contrario pretende simpatizar con ideas que lleven al control estatal de la economía?
Aquí la brújula permanece con elocuencia. Si encontramos un candidato que aprueba la expropiación como herramienta estatal y rechaza el libre mercado como tal, la alerta se enciende de manera inmediata. No se trata de una simple postura económica; se trata de alguien que está dispuesto a arrebatarle a usted el fruto de su trabajo. Quien no respeta la propiedad privada no respeta el trabajo ni la dignidad de quien la genera. Apoyarlo sería entregarle las llaves de su patrimonio a quien promete, con ideas ya fracasadas en la historia, ponerlo en riesgo.
Como ha sido notorio, responder a este tipo de preguntas tendrá que obligarnos a pasar de un voto emocional a un voto consciente. No se trata de ser politólogo, sino de hacer una investigación mínima que nos permita identificar el modus operandi y la verdadera brújula ética y moral de cada candidato.
He dicho antes que la tarea no es fácil y en ello insisto. No obstante, lo realmente difícil es tener un gobierno plagado de líderes políticos carentes de ética y carácter para gobernar. Usemos esta brújula. No entreguemos el poder a quien no es capaz de defender lo más elemental: nuestra vida, nuestra libertad y el fruto de nuestro trabajo.













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