El tecnomerengue tenía otra cadencia, más suave, más divina. Parecía que la música se metía por las rendijas del aire frío y terminaba desdoblando el alma
Había una época en la que los pueblos latinoamericanos vibraban con una misma corriente: un merengue que había descubierto el sintetizador. Un ritmo que entraba por los parlantes como una brisa caliente mezclada con neón. El tecnomerengue, nacido en Venezuela y expandido por Colombia, se volvió el sonido inevitable de los cumpleaños, las fiestas familiares, los reinados locales y los casetes etiquetados a mano.
Dicen las fuentes que la chispa inicial la encendió Rhapsodia, aquel grupo venezolano que en 1987 combinó congas, batería electrónica y sintetizadores para crear Nuestro Amor, considerada la primera pieza del género. Desde ese experimento, el Caribe quedó marcado para siempre por una electricidad nueva, juvenil, casi futurista. El merengue dejaba de ser solo tambora y güira para convertirse en un territorio donde convivían la lambada, la cumbia y la electrónica.
Pero en nuestras fiestas, el sonido llegaba por otras manos: Los Melódicos, y ese ejército de voces tropicales que, bajo la batuta del productor peruano Luis Alva, terminaron de pulir esa mezcla que definió a toda una generación. Fueron ellos, junto a Miguel Moly, Diveana, Roberto Antonio, Karolina con K, Natusha y Los Fantasmas del Caribe, quienes llevaron el género por América Latina hasta convertirlo en una fiebre bailable.
En Colombia, ese sonido se sentía distinto. Más íntimo. Muchos recuerdan las fiestas donde el piso de cemento todavía guardaba el calor del sol de la tarde. Las luces de colores colgaban como luciérnagas artificiales; el bafle más viejo vibraba antes de escupir la primera canción de la noche. Las mamás con peinados altos, los papás con camisas brillantes, los niños estrenando tenis mientras trataban de imitar los pasos de los mayores.
En casi todos los hogares aparecía un casete de Colombianísimas: esos compilados tropicales donde convivían sin pudor la cumbia, el porro, las baladas tropicales y, por supuesto, el tecnomerengue. Era el mapa musical de un país entero puesto sobre una mesa de sala, esperando a que alguien presionara “play”.
Y no solo eran las fiestas del pueblo. También estaban los festivales de las veredas, esos que empezaban con personas saliendo de trabajar después de un arduo día en el campo y terminaban con parejas abrazadas bajo bombillos colgados entre dos árboles o entre los techos de las casetas. Allí, en la tierra suelta, el tecnomerengue tenía otra cadencia, más suave, más divina. Parecía que la música se metía por las rendijas del aire frío y terminaba desdoblando el alma. Dos cuerpos bailando se convertían en uno solo, conectados por un ritmo que era más que ritmo: era una manera de sentirse vivos.
Y era ahí, entre canción y canción, cuando aparecía esa voz femenina inconfundible, la voz que se metía entre pecho y espalda: Liz, con un tecnomerengue que no solo hacía bailar sino sentir. Ay Amor, sin necesidad de citarla, era ese lamento dulce que se escuchaba incluso a dos cuadras de la fiesta. Era el sonido de un corazón reclamando, y al mismo tiempo dejándose llevar por el ritmo. Era la banda sonora de muchos amores imposibles, de muchas despedidas, de muchos primeros besos bajo luces navideñas.
Cuando sonaban los primeros acordes sintetizados —rápidos, brillantes— era como si el pueblo entero recibiera una descarga eléctrica. Nadie preguntaba quién cantaba: todos ya lo sabían. Y todos sabían también que ese tecnomerengue no pedía pasos finos: pedía movimiento, sonrisa, exageración. Era música para soltar el cuerpo, pero también para recordar. Era un puente entre generaciones: los jóvenes abrazaban el beat moderno, mientras los adultos reconocían el pulso escondido del merengue de siempre.
La electrónica hacía que cada golpe de tambora pareciera más poderoso. Los metales de Los Melódicos entraban como un coro luminoso. Las percusiones, aunque programadas, tenían el sabor exacto de la fiesta latinoamericana: esa mezcla de sudor, alegría y cierta melancolía que aparece cuando uno baila con el alma más que con los pies.
La estética era todo un espectáculo. Hoy muchos la llamarían kitsch, pero en su momento era modernidad pura: luces estroboscópicas improvisadas, peinados inmóviles, carátulas de discos posadas entre neones morados y palmeras dibujadas. Era el futuro caribeño tomando forma. Además, este género transformó la manera en que los jóvenes escuchaban la música de sus padres y abuelos, al modernizarla sin arrancarle la raíz.
Hoy, aunque el reguetón domine las discotecas, el tecnomerengue sigue vivo en Venezuela y Colombia. Su mayor hazaña es que todavía une a padres e hijos: cuando suena una de esas canciones, ambos reconocen el golpe, ambos saben cómo moverse, ambos recuerdan algo. El género alcanzó más de 50 millones de discos vendidos en el mundo, una cifra enorme para una música nacida de la experimentación caribeña.
Quizá por eso, cada vez que escucho tecnomerengue —y especialmente cuando suena Ay Amor— siento que regreso a una fiesta de pueblo. Porque el tecnomerengue no fue solo música: fue un latido colectivo que encendió nuestras noches y nos reunió en un mismo pulso. Y Ay Amor, sonando de fondo, sigue siendo la prueba de que hubo un tiempo en que el corazón también se bailaba.
https://www.youtube.com/watch?v=_enN6wWVXJE&list=RD_enN6wWVXJE&start_radio=1














Comentar