Sadismo de Estado: Cuando la “Tierra de los Libres” se convierte en carcelera de cunas

Hay silencios que gritan y hay jaulas que, aunque les pongan nombres de “centros de procesamiento”, huelen a muerte moral. Lo que ocurre hoy en la frontera de los Estados Unidos no es una crisis migratoria; es un experimento de deshumanización a gran escala. Hemos pasado de ser una civilización que protege la niñez a ser una maquinaria que la tritura en nombre de una bandera.

El sistema estadounidense ha perfeccionado la forma más vil de tortura: la moneda de cambio es el trauma infantil. No se detiene a un niño por “quebrantar la ley” —un concepto abstracto que un menor de siete años no puede siquiera deletrear—, se le detiene para quebrar el alma de sus padres. Es una toma de rehenes de Estado.

Estamos viendo a niños envueltos en papel aluminio, bajo luces de neón que no conocen el descanso, en una vigilia forzada que parece diseñada para borrarles el rastro de la alegría. Un niño en una “hielera” no es un infractor; es el espejo de una potencia que le tiene miedo a la esperanza de los pobres. Si tu seguridad nacional depende de encerrar a un niño que huye del hambre, tu nación no es segura, es cobarde.

Hablemos de lo que no sale en las gráficas de Excel de la patrulla fronteriza: el niño que deja de hablar. Ese mutismo selectivo que ocurre cuando el mundo que conocías —el brazo de tu madre, el olor de tu casa— es reemplazado por el metal frío y el ladrido de un oficial que no entiende tu idioma.

El castigo no es solo el encierro; es la aniquilación del vínculo. Al separar a una familia, Estados Unidos está cometiendo un acto de mutilación emocional quirúrgica. Están creando una generación de seres humanos con el cableado del afecto roto, y lo hacen con el dinero de los contribuyentes, bajo la mirada cómplice de un mundo que se dice “defensor de los derechos humanos” pero que solo defiende el derecho al consumo.

Migrar no es un delito, pero el mundo lo castiga con una saña que no aplica para los criminales de cuello blanco. Se persigue al que camina con los pies ampollados, no al que desestabiliza economías desde un despacho en Wall Street.

La verdad es que nos aterra ver a esos niños porque son el recordatorio viviente de que nuestra comodidad es un accidente geográfico. Es más fácil ponerle un grillete a un menor que admitir que el sistema está podrido. El “Sueño Americano” se ha convertido en una pesadilla de vigilancia donde la libertad se detiene justo donde empieza el color de piel “equivocado”.

No se equivoquen: las naciones no se suicidan por falta de fronteras, se suicidan cuando pierden la capacidad de conmoverse ante el llanto de un niño ajeno. Si permitimos que el concreto y el acero sigan siendo la respuesta al hambre, entonces el muro ya no está en Texas; el muro está en nuestro pecho, y es un muro de hielo.

El mundo no castiga al migrante por moverse; lo castiga por recordarnos que, en el fondo, todos somos ciudadanos de una tierra que nos estamos encargando de destruir.

“Un país que encierra a sus niños en nombre de la ley, ha perdido el derecho a dictar lecciones de moral al resto del planeta.”

Daniela Tatiana Navarro Jaramillo

Soy comunicadora social y periodista, comprometida con el análisis crítico y veraz de los hechos políticos. Mi pasión por la comunicación escrita me impulsa a ofrecer perspectivas fundamentadas que invitan al debate y a la reflexión en cada tema abordado.

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