Gustavo Andrés Aponte Fonegra (Q. E. P. D.): homenaje a un corazón infinito y legado eterno

“Cómo duele cuando la violencia nos toca tan cerca. Cuando no es una cifra en un noticiero, sino un amigo, un familiar de amigos que son como hermanos y cuyo dolor se vuelve propio con el dolor de los suyos. Pero este dolor que hoy sentimos quienes conocíamos a Gustavo Andrés y a Luis Gabriel es el mismo que viven a diario innumerables familias en Colombia”.

Hay hechos que la mente se resiste a aceptar. Resulta casi irreal pensar que una vida como la de Gustavo Andrés Aponte: plena, activa, generosa pueda esfumarse en un acto tan brutal y absurdo. Cuesta entender cómo alguien que construía, que amaba, que servía, desaparezca en cuestión de segundos por la violencia.

Fue hijo de Gustavo y Juanita; esposo de Alexandra; padre de María José, Silvana, Emiliana y Gregorio; hermano, primo, amigo y empresario; triatlonista disciplinado; hombre de fe, devoto de la Virgen; servidor silencioso de la niñez y de cuanta causa pudiera ayudar. Alegre, sencillo y generoso.

Quienes hablan de él coinciden en lo mismo: solo hay palabras de admiración y afecto. Se destaca su vocación de servicio, su profunda fe, su entrega genuina a los demás. Un padre ejemplar, un hombre de familia sin igual y vocación de servicio en pro de erradicar ese mal que carcome a la sociedad y que terminó arrebatándole la vida.

Junto a él fue asesinado su escolta, Luis Gabriel Gutiérrez, un hombre que cumplía su deber y que también tenía familia, sueños y futuro. Dos vidas que aportaban. Dos hogares que hoy enfrentan un vacío imposible de llenar.

Cómo duele cuando la violencia nos toca tan cerca. Cuando no es una cifra en un noticiero, sino un amigo, un familiar de amigos que son como hermanos, y cuyo dolor se vuelve propio. Pero este dolor que hoy sentimos quienes conocíamos a Gustavo Andrés y a Luis Gabriel es el mismo que viven a diario innumerables familias en Colombia.

Son miles los hogares que quedan con este vacío irreparable. La tragedia no es excepcional; es constante. Y eso debería estremecernos aún más.

Hace tan solo seis meses otro asesinato nos sacudió profundamente, y hoy el dolor revive. Qué difícil es seguir siendo positivos en un país que tantas veces nos contradice. Qué desafiante es mantener la fe cuando la violencia insiste en imponerse.

Y, sin embargo, lo dicho por los padres de Gustavo en medio de esta pérdida marca el estándar moral que debemos alcanzar: “El país tiene que cambiar, no podemos seguir así”. Y su madre lo expresó con claridad: “Debemos luchar por un país sin violencia”. Si ellos no pierden la fe en medio de un dolor tan inmenso, y si Gustavo Andrés nunca desfalleció en su propósito de hacer país, ¿cómo no intentarlo todos nosotros?

El mejor homenaje a Gus, a Tavo, al “gordito”, como muchos lo llamaban con cariño, no es quedarnos solo en la indignación. Es continuar su legado. Es rodear a su familia de ese amor que él nunca se cansó de dar. Es comprometernos con un país donde la vida sea verdaderamente sagrada.

Este acto no puede quedar impune. Las autoridades y los gobernantes tienen la obligación de garantizar la captura de los responsables y que se haga justicia. Sin justicia no hay confianza. Sin confianza no hay nación.

Pero la responsabilidad no es solo institucional. Todos los colombianos tenemos una responsabilidad directa en el futuro que queremos para el país, también en las decisiones que tomamos en las urnas. El país que elegimos es el país que construimos o que permitimos. Porque una nación termina siendo esclava de lo que tolera.

Colombia no puede resignarse. No podemos normalizar que quienes trabajan, generan empleo y sirven a otros estén expuestos al crimen.

Que esta pérdida sea un punto de inflexión y que nos obligue a exigir justicia, a rechazar la violencia y a construir el país decente que merecemos.

Porque cuando matan a quienes construyen, nos están desafiando como nación y no podemos seguir fallando.

Descansa en paz, Gustavo Andrés Aponte Fonegra. Para quienes tuvimos el privilegio de coincidir contigo, fue un honor. Vuela alto; tu recuerdo, tu sonrisa y cada una de tus obras permanecerán.

A toda su familia, que Dios los fortalezca y los guíe. Quienes los queremos estaremos allí para ustedes.

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