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Pasa la raya de lo verosímil la columna “Petro el Grande” del novelista de El olvido que seremos, en el país que, como escribió Jorge Isaacs del Dagua, “…es donde con toda propiedad puede decirse que no hay imposibles”. Resulta en el amplio sentido del término de los “imposibles” la columna de Héctor Abad Laciolince (ya hecha cotidianidad desde hace un buen y mal rato en el mundo de las envenenadas redes sociales), contra la visita del pasado 3 de febrero del presidente colombiano Gustavo Petro al presidente norteamericano Donald Trump, en el marco también de los “imposibles”, si apenas recordamos que el “monarca del mundo, don Donald Trump” (como lo califica el columnista de “El Espectador”), había amenazado al día siguiente de invadir Venezuela y secuestrado al presidente venezolano Nicolás Manduro, que el próximo objetivo militar era la Casa de Nariño.
La amenaza en Trump no era uno de los “imposibles” del Dagua, sino que se vivió como una realidad inminente, y no pocos colombianos imaginamos presenciar las “imposibles” violaciones de la Carta de las Naciones Unidas y todos los tratados de las relaciones interamericanas como otra inclasificable tragedia para el país. Faciolince es sencillamente un apátrida; lo es el columnista de “El Espectador”, periódico que hace décadas dejó de ser una respetable empresa, en cuyas prensas habían publicado Baldomero Sanín Cano, Tomás Carrasquilla, María Cano, Luis Tejada Cano, Gabriel García Márquez, y dos docenas más de hombres de letras que elevaron la escritura periodística al arte virtuoso de la defensa de la nación colombiana. Hoy Faciolince quiere perpetuar el país donde “no hay imposibles”, es decir, despertarse y leer su público en la mañana de un domingo “Petro el Grande”, que por sus detalles y estilo resultan la filial de una agencia de prensa escrita, sucursal de la caribeña Little Saint James.
En el más deplorable estilo de la injuria, sin observar las leyes de la sintaxis ordinaria de la lengua castellana, Abad Faciolince ataca a Petro; lo trata simplemente de arrodillado al imperio, sienta el calumnioso presupuesto de que, con la presidenta venezolana Delcy Rodríguez, “harán todas las Américas great again”, es decir, que tiene “Petro el Grande” la intención de convertir a Colombia, tras la anexión de Groenlandia y Venezuela, en el Estado 54 de la Unión Americana. Todo ello es de una ordinariez tan manifiesta que hasta el otrora sensacionalista vespertino “El Bogotano” (rozaba con la pornografía en todos los más ampliados significados) se sonrojaría de publicar con tanta torpeza anti-ética y de la más elemental mala fe periodística, estas “inmarcesibles” líneas, que ya nacen marchitadas.
No debemos hacer el menor esfuerzo para convencernos de que Abad Faciolince odia con todas sus entrañas a Petro, sin él hacerle personalmente nada. Lo desea enterrar en sus palabras; lo calumnia cada vez que se sienta al computador, cada vez que se reúne con sus amigos de agrieras, con el frustrado “avistador de cetáceos” Sergio Fajardo y los cada vez más canos Canos, que carecen del pudor de compartir la información falaz de “Semana”, de Vicky “la lechera”. No hay que sentarse a ser un adivino de acertijos, para compartir los secretos del Código Enigma con Alan Turing, por la sencilla razón que Faciolince solo tiene en la cabeza un enorme nido de estiércol, la cabeza de un compulsivo acumulador de mierda.
Este es el problema menor. El problema menor con Abad Faciolince (hoy por hoy como intelectual es insignificante, un hombre cansado) no es que confronte en una relación de “amigo/enemigo” a Petro como enemigo político, que lo lleve a un desvarío gramatical, neuronal y de ética política sin norte alguno; lo grave y criminal es que esa enemistad contribuya a alimentar el corazón podrido del odio político personal y este nos lleve a nuevos genocidios. Porque en ese odio visceral a su enemigo político (que nos recuerda en los ataques el odio tanto a Miguel Antonio Caro y Laureno Gómez, aunque lejos de sus prosas eruditas) el problema es que ese odio, es decir, la irracional animadversión intelectual, que es terrorismo letrado, sea otro mar de sangre sin orillas para Colombia.
No tiene nada de agradable tener que redactar estas líneas sobre Abad Faciolince; por el contrario, me genera una enorme indisposición personal, y me dirijo a él del modo más cortés que demanda mi responsabilidad como ciudadano colombiano, no sin advertir que esta contestación es fruto de una inviolable regla de la vida intelectual. El intelectual debe a la sociedad el máximo respeto al círculo de las personas que comparten con él el oficio más allá del oficio (no pernicioso en las circunstancias comentadas), para poner de presente los “imposibles” intangibles no tanto porque la columna de Abad Faciolince falte a la verdad y falsifique los datos (¿si costaron 700 millones los collares a Melania?), sino porque invita (lo hace reiteradamente en el mejor estilo nazi) con su falta de verdad y datos falsos, se debe insistir, a atentar contra el único proyecto progresista que se conozca en el país desde los días de López Pumarejo.
Faciolince se ha convertido, en su temprana senilidad (la peor es la ético-civil), en un decrepito mendaz; su columna genera el efecto del escorpión de cola gorda, el efecto de peligro neurotóxico al lector. No tengo idea quién pueda leerlo, y al leerlo lo pueda tomar en serio, en algún sentido (aparte del deterioro ejercido al medio ambiente mediático). Su capacidad de establecer una relación sináptica está en un grado menor al de cero. Este síntoma lo estima el lector, en un golpe de vista; en estas condiciones debe ser una hipótesis nula (H0). Abad Faciolince medio despista al lector en el primer renglón y en la medida que avanza (nunca llega al final) pierde su lectura el poco interés; abusa de su nombre (que va en caída libre hace décadas) y sobre todo del de su magnífico padre; al cabo de un minuto se impaciencia el sufrido lector, lo manda al carajo, mientras se dice, ¿será tanta pecueca canalla? ¿apátrida? ¿eunuco mental? ¿imbécil sin regresión?
La pecueca canalla apátrida, eunuco mental, imbécil sin regresión se siente en el deber ser para colmo una bomba mediática: Petro denunció a su copartidario Carlos Gaviria ante el Departamento de Estado. Lo afirma abiertamente, basado en el Wikileaks. Esto roza con el delito de calumnia. Lo es entretanto se investiga con pruebas fidedignas una calumnia de gravedad inmensa, que lo obliga al esclarecimiento de los hechos que el país debe conocer a fondo y el escritor de los “imposibles” demostrarla judicial y públicamente. ¿Tenía información de ese atentado la familia, el Pacto Histórico? ¿Lo sabía ya Abad Faciolince o se lo soplaron las ballenas al exalcalde de Medellín? Porque con esta frase, el lenguaje críptico de Mausoleo de Aga Kahn y las chanzas baratas de los ilegibles párrafos iniciales de Faciolince, se vuelven injuria contra el presidente y lastiman a todo un pueblo que cree en su lucha por la paz total, la justicia social, el cuidado del medio ambiente, la vida.
Abad Faciolince no ha logrado comprender hasta ahora (pero velemos por su tenue capacidad de razonar que aún debe quedarle) que la presidencia de Petro no significa solo un simple cambio de los gobiernos heredados de la era uribista (también incluye el de Juan Manuel Santos), sino algo más profundo y radical; a saber, el empezar a trasformar la estructura social heredada (no en pocos sentidos) de la época colonial y republicana. Petro llegó al poder para eliminar, o tratar de eliminar por vía constitucional y legal, el sistema de abusos, desigualdades, privilegios sociales, económicos y culturales, que han caracterizado nuestra historia nacional (como la de otros países latinoamericanos), es decir, que ha insistido y actuado como presidente por la denuncia y esfuerzo de cambio en que todos los privilegios son por su naturaleza injustos, perversos, una contradicción con el espíritu republicano, constitucional de la nación colombiana. El historial político de Petro, su larga y tenaz vida pública, desde su denuncia al paramilitarismo (2007) en el Congreso de la República hasta su discurso del 5 de enero de este año en la Plaza de Bolívar, tras haber hablado una hora telefónica con Trump, han mantenido una misma línea de coherencia intelectual y política. Él ha arriesgado su vida, la paz familiar y hasta su estabilidad emocional por llevar a cabo su ideario de trasformación por vías normativas (que también tienen muchos reglones torcidos), no sin el riesgo de ver frustrados, en incontables ocasiones, sus propósitos.
Abad Faciolince habría podido aprovechar este ideario, que no le era ajeno a su padre. Héctor Abad Gómez impulsó una verdadera escuela de salud pública, un ideario político-social para superar el modelo anacrónico de la praxis médica decimonónica, y abocarse a comprender la sociedad de masas del siglo XX, en una universidad como la de Antioquia, donde tuvo discípulos abnegados y colegas sacrificados por esta común causa, asesinados por el narcotráfico, por las mafias locales. Por estas razones en la Universidad de Antioquia se le honra y sigue vivo y engrandecido su legado, su memoria.
Sí: exactamente Héctor Abad Faciolince sería el primero en comprender la acción política de Gustavo Petro, que era la de su propio padre, es decir, la de eliminar, o tratar de eliminar por vía constitucional y legal el sistema de abusos, desigualdades, privilegios sociales, económicos y culturales, que han caracterizado nuestra historia nacional y luchar contra todos los privilegios que son por su naturaleza injustos, perversos, una contradicción con el espíritu republicano, constitucional de la nación colombiana. Los dos, Héctor Abad Gómez y Gustavo Petro, encontraron en la praxis medicinal tradicional un entuerto, un negocio grotesco de particulares, y trataron de romper ese perverso continuum por vía de una visión holística de la enfermedad como corazón de los grandes cambios político-sociales; sus luchas sociales han sido su virtud pública. Al primero lo asesinaron las mafias el 25 de agosto de 1987; al segundo lo han pretendido asesinar innumerables veces esas mismas mafias del poder por comparativas razones.
¿Seguimos en país del Dagua de Isaacs, Héctor Abad Faciolince, “…donde con toda propiedad puede decirse que no hay imposibles”?
[1] Profesor Universidad de Antioquia y Universidad Nacional (Sede Medellín).













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