No le creen a Petro por ignorancia: le creen por lealtad

No le creen a Gustavo Petro por ignorancia. Le creen por lealtad. Y esa diferencia lo explica casi todo.

La mentira presidencial en Colombia ya no es un accidente ni un exceso retórico: es un mecanismo de gobierno. Petro miente porque puede, y puede porque su base no le exige verdad, le exige fidelidad. No estamos ante ciudadanos mal informados, sino ante militantes que eligen no saber. La ignorancia es involuntaria; la ceguera petrista es una decisión.

En el petrismo, la verdad es secundaria. Lo central es la identidad. El líder no se evalúa por resultados, sino por pureza moral. Contradecirlo no es discrepar: es desertar. Por eso una mentira evidente no genera vergüenza, sino cohesión. No se corrige, se repite. No se discute, se milita.

Aquí entra la coartada favorita: “están desinformados”. Falso. Están alineados. Y esa alineación es reforzada por un ecosistema de periodistas militantes, académicos dóciles y opinadores profesionales que convierten cada falsedad en relato, cada fracaso en contexto y cada dato incómodo en conspiración. No cumplen una función informativa: cumplen una función disciplinaria. No explican la realidad; la blindan.

Creerle a Petro, además, no cuesta nada en el corto plazo. Nadie pierde el empleo mañana por defender una cifra falsa. Nadie siente hoy el impacto de una mala política energética o fiscal. El daño es lento, colectivo y anónimo. Por eso la mentira es rentable y la lealtad es cómoda. El error no se paga individualmente: se socializa. Y así, la irresponsabilidad se vuelve virtud política.

Petro no gobierna persuadiendo, gobierna agotando. Satura el espacio público de enemigos, versiones, relatos y agravios hasta que la verdad deja de importar. No gana debates: los vuelve irrelevantes. Cuando aparece el dato del DANE, del Banco de la República, de la realidad la discusión ya está perdida. La emoción decidió primero. La razón llega después, no a evaluar, sino a justificar.

Seguir discutiendo con el núcleo petrista como si fuera un interlocutor honesto es una ingenuidad —o una cobardía— de la oposición. No están ahí para deliberar. Están ahí para obedecer. No defienden políticas públicas; defienden una identidad. Y mientras se siga creyendo que el problema es pedagógico, Petro seguirá mintiendo sin pagar costos.

El problema no es la desinformación. El problema es la sumisión voluntaria. Millones defienden a Petro no a pesar de la mentira, sino porque la mentira les permite seguir perteneciendo sin pensar, obedecer sin culpa y fracasar sin responsabilidad. En ese pacto el líder miente, la tribu aplaude no hay espacio para la verdad. Solo para la lealtad.

Alberto Sierra

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.