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“Necesitamos aulas que sean talleres de humanidad, espacios donde los estudiantes aprendan a pensar, a crear, a convivir y a soñar”
La Revolución Industrial transformó la educación a nivel mundial, reestructurando elementos como el acceso, la organización, los fines, los contenidos y los métodos. A partir del siglo XVIII, primero en Inglaterra y luego en el resto del mundo, el auge de la maquinaria a vapor, rediseñó las fábricas, al tiempo que lo hizo con las aulas. Desde entonces, escuela y fábrica se convirtieron en hermanas silenciosas, unidas por el eco del silbato que marcan turnos y el timbre que marca recreos y cambios de clase.
Entre los cambios más determinantes fue el surgimiento de la educación pública, gratuita y obligatoria. A medida que los Estados comprendieron la necesidad de contar con una fuerza laboral, capaz de leer instrucciones, llevar cuentas y cumplir horarios, se promulgaron leyes que institucionalizaron la escolarización. La Ley Forster de 1870 en Inglaterra fue una de las primeras en establecer este nuevo paradigma. Pero más allá del acceso, el modelo escolar se diseñó imitando el modelo fabril: filas de pupitres, horarios estrictos, control del tiempo, jerarquías entre docentes y directivos, y una evaluación periódica que regulaba el comportamiento y el rendimiento. Illich, Ivan. La sociedad desescolarizada (1971).
La escuela moderna desestimó la tradición humanista para responder a las necesidades del mercado. La libertad de pensamiento fue sustituida por una mentalidad industrial. La enseñanza se centró en competencias prácticas: lectura, escritura, matemáticas y ciencias aplicadas. Esta perspectiva técnica desplazó la reflexión crítica, el arte y el pensamiento filosófico, instalando una visión utilitarista de la educación.
Por su parte, la ampliación del acceso no significó equidad. La Revolución Industrial también consolidó la desigualdad educativa. Las élites accedían a una formación más integral y humanista, mientras que las clases trabajadoras eran condicionadas a ejecutar oficios repetitivos. Se establecieron modelos de educación diferenciada por clase, género y ocupación. Las mujeres, por ejemplo, eran instruidas para las tareas del hogar; los campesinos, para la obediencia; y los obreros, para la producción. Así, la escuela se convirtió en un mecanismo de reproducción del orden social, más que en una herramienta de transformación.
Este modelo educativo se globalizó. Muchos países periféricos, como Colombia, adoptaron sin una posición crítica las estructuras creadas en Europa, muestra de ello fue la incorporación, a finales del siglo XIX, del sistema prusiano, cuya disciplina, jerarquía y currículo estandarizado se encuentran aún presentes. Por tanto, el resultado fue un sistema desconectado de las realidades rurales, culturales y económicas del país. Según Téllez, Juana (2006). “La educación primaria y secundaria en Colombia en el siglo XX”, esta herencia europea marcó profundamente la escuela colombiana, generando tensiones entre tradición y necesidad, entre doctrina y contexto.
A lo largo del siglo XX, nuestro país intentó modernizar su sistema educativo con iniciativas como la creación del SENA en 1957, buscando vincular la educación técnica con el sector productivo. Sin embargo, la mayoría de las instituciones educativas conservaron lógicas propias del siglo XIX: pupitres alineados, énfasis en la memorización, control del comportamiento y escasa participación del estudiante en la construcción del conocimiento. Aún hoy, un sin número de aulas en Colombia continúan operando como pequeñas fábricas del saber, donde se repiten contenidos que no tienen conexión con la realidad de los estudiantes, ni con los desafíos de la sociedad actual.
Información clave ilustra la profundidad de la influencia industrial. El timbre escolar fue inspirado en el silbato de las fábricas. El aula, con estudiantes en filas frente a un maestro, replica la línea de ensamblaje. El pizarrón fue inventado como una herramienta de eficiencia masiva. Incluso el término “currículum”, derivado del latín currere (correr), refleja una idea de carrera que el estudiante debe completar en una secuencia impuesta, como quien atraviesa una pista de obstáculos hacia la productividad. Horace Mann, pionero de la escuela pública en Estados Unidos, llegó a diseñar el sistema educativo tomando como referencia directa las fábricas textiles de Massachusetts.
A partir de mi experiencia observo cómo este modelo sigue presente en nuestras instituciones. Persisten prácticas que privilegian la obediencia sobre la creatividad, el control sobre la participación, el cumplimiento sobre el sentido. Nuestros niños y jóvenes no deben ser vistos como piezas de engranaje, por el contrario, estos son sujetos capaces de transformar su entorno con pensamiento crítico, sensibilidad social y autonomía.
Actualmente, necesitamos una educación que deje atrás la sombra de las chimeneas industriales. Una escuela que no reproduzca desigualdades ni discipline para el mercado, sino que libere, que humanice, que reconecte con la vida. Requerimos aulas que sean talleres de humanidad, espacios donde los estudiantes aprendan a pensar, a crear, a convivir y a soñar.
Comprender que nuestras escuelas aún cargan con los ecos de la Revolución Industrial es el primer paso para construir un nuevo paradigma. No se trata de borrar la historia, se procura aprender de ella para no seguir replicando sus errores. Mientras sigamos educando como en la era del vapor, difícilmente construiremos sociedades para la era de la empatía.












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