Camus en el aula: aprender la geopolítica de la indiferencia

En El extranjero (2021), Albert Camus nos presenta a Meursault, un personaje que no es ajeno por provenir de otro lugar, sino por su incapacidad —o su negativa— de otorgar sentido a aquello que la sociedad considera fundamental. La muerte de la madre, el amor, el crimen, la culpa y el juicio ocurren ante él sin que logre, o quiera, inscribirlos en un orden moral compartido. No hay en Meursault una rebelión explícita ni una crítica articulada; hay, más bien, una aceptación desnuda de los hechos tal como se presentan.

La vida, para Camus, es absurda no porque carezca de acontecimientos, sino porque carece de un sentido previo que los ordene. El mundo no explica nada; simplemente acontece. Esta experiencia del absurdo no es ajena a la manera en que, desde muy temprano, aprendemos a relacionarnos con la realidad. Meursault no discute el mundo; lo observa sin atribuirle significados que no estén dados. Esa forma de estar —distante, sobria, aparentemente neutral— recuerda ciertas disposiciones que se forman en los espacios de enseñanza: aprender a describir sin involucrarse, a analizar sin situarse, a comprender sin dejarse afectar. El absurdo, entonces, no es solo una categoría filosófica, sino una forma de relación con el mundo que también se aprende.

Leído desde las prácticas escolares y universitarias, este absurdo adquiere una resonancia inquietante. No son pocos los sujetos —estudiantes, profesionales, ciudadanos— que se relacionan con los grandes conflictos del mundo de un modo similar a como Meursault se relaciona con su propia vida: desde una distancia emocional, ética y política que convierte lo real en algo ajeno. Guerras, invasiones, extractivismos, procesos de colonización, privatización y despojo aparecen como contenidos de estudio, temas de evaluación o asuntos de actualidad, pero rara vez como problemas que interpelan la propia experiencia vital.

En este sentido, el absurdo no reside únicamente en la violencia geopolítica, sino en la forma en que hemos aprendido —y enseñado— a mirarla. La geopolítica suele ingresar al aula como información externa, asociada a “otros países”, “otras regiones” o “otros intereses”. Se organiza en mapas, fechas, cifras y conceptos que permiten explicarla, pero no necesariamente habitarla. Así, es posible aprender sobre conflictos internacionales sin sentirse implicado en ellos, del mismo modo en que Meursault asiste al entierro de su madre sin duelo. No se trata de indiferencia consciente, sino de una disposición aprendida a no vincular el conocimiento con la propia vida.

Esta forma de aprendizaje produce sujetos capaces de hablar del mundo sin sentirse parte de él. Se aprende a repetir categorías analíticas sin preguntarse desde dónde se enuncian; se estudian procesos históricos sin reconocer las relaciones que los vinculan con el propio territorio. El aula corre entonces el riesgo de convertirse en un espacio donde se sabe mucho sobre el mundo, pero poco sobre la propia posición en él. Se aprende a opinar, pero no a situarse; a explicar, pero no a asumir.

Camus nos enfrenta así a una pregunta incómoda que atraviesa también los procesos de formación: ¿qué ocurre cuando el mundo deja de sentirse cercano? Cuando la historia se presenta como algo ya concluido, la política como un espectáculo lejano y la geopolítica como un saber especializado, el aprendizaje pierde su capacidad de interpelación. Se forma una relación con el conocimiento en la que lo importante es comprender, pero no necesariamente implicarse.

Paradójicamente, este distanciamiento convive con otro fenómeno igualmente absurdo. Muchas veces se observa una mayor sensibilidad frente a los problemas de territorios lejanos que frente a los que atraviesan las propias comunidades. En el aula se debaten con pasión conflictos externos, mientras se naturalizan las injusticias locales; se analizan procesos de dominación ajenos, mientras se silencian —o se normalizan— las formas de despojo que ocurren en el propio contexto. En este desplazamiento, el sujeto termina aprendiendo a sentirse extranjero en su propia realidad.

Aquí el absurdo adopta una forma pedagógicamente decisiva: no solo se aprende a ser ajeno al dolor del mundo, sino también al propio. La realidad cercana se vuelve invisible por exceso de familiaridad, mientras la lejana adquiere un valor casi moral. Esta forma de aprendizaje no surge del desinterés, sino de condiciones más profundas. En un mundo atravesado por la precariedad, la competencia y la incertidumbre, aparece una pregunta difícil de eludir: ¿por qué preocuparme por problemas que no puedo cambiar, cuando mis propias urgencias ya desbordan mi capacidad de respuesta?

Así, se aprende —sin que nadie lo enuncie explícitamente— que hay problemas que no corresponden. Que solo aquello que afecta directamente la economía personal, la seguridad inmediata o el entorno más próximo merece atención sostenida. Lo demás puede estudiarse, comentarse o incluso generar indignación momentánea, pero sin alterar la forma de habitar la vida cotidiana. El aprendizaje del mundo se convierte, entonces, en una acumulación de información sin implicación.

El absurdo funciona aquí como coartada: si la vida no ofrece un sentido claro, si las preocupaciones individuales parecen irrelevantes frente a la magnitud del mundo, ¿por qué cargar con las preocupaciones colectivas? Camus no esquiva esta tensión. Hacia el final de El extranjero, Meursault acepta que el universo es indiferente a su existencia, que no importa si muere ahora o dentro de muchos años. Esta aceptación no es resignación pasiva, sino lucidez radical. El mundo no garantiza sentido alguno, pero eso no libera al individuo de la manera en que decide habitarlo.

Llevada al espacio de formación, esta idea plantea un desafío profundo. Si no hay un sentido dado, entonces aprender no puede reducirse a incorporar contenidos ni a dominar discursos críticos desvinculados de la experiencia. Pensar el mundo —local o global— no es una carga adicional, sino una posibilidad de situarse, de comprender desde dónde se vive el absurdo y cómo se participa, incluso sin quererlo, en las tramas que configuran la realidad.

Cuando esta conexión no se establece, se forman sujetos que creen que los conflictos por la tierra, el agua, los recursos o la soberanía pertenecen siempre a otros territorios. Se aprende a mirar esos conflictos como escenas externas, sin advertir que responden a lógicas que atraviesan todos los espacios, aunque no siempre de manera visible. En este aprendizaje, el extranjero no es quien viene de fuera, sino quien ha sido formado para no ver.

Leer El extranjero desde las aulas no es un ejercicio literario inocente. Es una advertencia silenciosa. Camus no solo expone el absurdo de la existencia, sino el peligro que emerge cuando ese absurdo se naturaliza como forma habitual de estar en el mundo. El mayor riesgo no es la violencia explícita, sino la normalización de la indiferencia: esa disposición que permite estudiar el dolor, la injusticia y el despojo como objetos de análisis sin dejarse afectar por ellos.

En el espacio cotidiano donde se leen textos, se debaten ideas y se interpretan acontecimientos, esta indiferencia puede convertirse en método. La distancia se confunde con rigor y la neutralidad con profundidad. El absurdo deja entonces de ser una experiencia límite y se transforma en una forma cómoda de aprender sin comprometerse.

Sin embargo, Camus sugiere algo más exigente. Reconocer la indiferencia del universo no libera de la responsabilidad de cómo se habita el mundo. Al contrario, obliga a asumir una posición. Tal vez ahí resida el desafío más profundo de lo que ocurre en las aulas: que no se formen espectadores del mundo, sino sujetos capaces de pensarlo desde su propia experiencia, sin ilusiones, pero sin huir de él. Porque vivir como extranjeros en nuestro propio mundo no es una fatalidad existencial. Es una forma aprendida de mirar, de pensar y de estar. Y toda forma aprendida, también, puede ser transformada.

Referencia bibliográfica

Camus, A. (2021). El extranjero (M. T. Gallego Urrutia & A. García Gallego, Trad.). Penguin Random House.

Jorge Alberto López-Guzmán

Politólogo, Antropólogo, Filósofo, Especialista en Gobierno y Políticas Públicas, Magíster en Gobierno y Políticas Públicas y Doctor en Antropología.

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