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No todas las decisiones llegan envueltas en certeza. Algunas aparecen en voz baja, cuando ya no queda nadie más en la habitación.
A ella le pasó así. No hubo una escena dramática ni un ultimátum explícito. Solo una frase dicha con aparente calma: “La decisión es tuya. Si continúas, me hago responsable, pero no puedo seguir la relación.”
Las palabras parecían correctas, incluso respetuosas. Sin embargo, algo se quebró en ese instante. Porque decidir, entendió entonces, no siempre es ejercer libertad; a veces es aceptar en qué soledad se va a vivir esa elección.
Desde ese momento, el camino fue individual. El cuerpo, la mente y el tiempo comenzaron a avanzar sin compañía. El sistema de salud respondió con precisión: turnos, consentimientos, protocolos aunque hacerlo implicaba recurrir a los que tenían “objeción de conciencia” o mejor dicho, “no juzgar”. La ley garantiza el procedimiento, pero no el sostén emocional. Ella respetó ese límite, aunque no pudo evitar sentir que incluso en un derecho conquistado había márgenes de distancia y frialdad.
Mientras tanto, el vínculo de pareja se deshacía sin ruido. No hubo discusiones ni reproches. Simplemente dejó de estar. No hubo mensajes después, ni preguntas humanas de ¿Cómo estás?, ni interés por el proceso físico que continuaba atravesando ella. La de él fue clara: desaparecer. El costo parecía repartirse de forma desigual.
Abortó o mejor dicho “¿Interrumpió?”. Y con esa experiencia apareció un duelo difícil de nombrar. No extrañaba a alguien en concreto, sino a una posibilidad. A una vida que no llegó a ser, pero que existió lo suficiente como para dejar huella. Un dolor sin ritual, sin permiso social, sin palabras compartidas.
Hubo, sin embargo, una diferencia fundamental respecto de otras historias que habitaban su familia. En su memoria aparecían mujeres que habían atravesado abortos clandestinos, en silencio, con miedo, poniendo el cuerpo en la oscuridad y el secreto. Ella no juzgaba esos relatos: los entendía como parte de otra época, de otras leyes, de otras urgencias. Pero supo que estaba rompiendo un patrón. No desde la negación, sino desde la posibilidad de elegir distinto.
Esta vez no hubo clandestinidad. Hubo legalidad. Y, aun así, la experiencia no estuvo exenta de dolor. La diferencia fue el acompañamiento familiar. Madres, hermanas, mujeres que antes habían callado, esta vez estuvieron. No para decidir por ella, sino para sostener. Para acompañar sin imponer, para estar sin explicar de más. Ese gesto —simple, amoroso— también fue una forma de reparación.
Esta no es una historia excepcional. Es una entre muchas. Una que no busca convencer ni sentenciar, sino abrir preguntas:
¿qué pasa cuando la autonomía se vive en soledad?,
¿qué acompañamientos faltan incluso cuando los derechos existen?,
¿cómo dialogan las decisiones presentes con las historias familiares que las preceden?
Este texto es apenas una puerta de entrada. Lo que sigue no es una respuesta cerrada, sino un recorrido. Porque detrás de cada decisión hay capas de cuerpo, de vínculos, de leyes y de memoria colectiva. Y contarlas, incluso desde la ficción, puede ser el primer gesto para otras mujeres aunque hoy, a ella la invade el silencio.












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