“La violencia ahora se escribe con los dedos limpios.’”
Las redes sociales no tienen memoria, pero sí colmillos. Muerden rápido, en manada, y luego pasan a la siguiente presa sin limpiarse la sangre del teclado.
Basta una noticia, una imagen, una palabra mal entendida, para que el odio se despierte como un animal que nunca duerme del todo. Sale de los comentarios, se sacude la pereza moral y empieza a ladrar. No argumenta: gruñe. No piensa: reacciona. La indignación es su forma más barata de existencia.
Hace poco, un embarazo protagonizado por una pareja trans volvió a encender la hoguera. No por el hecho en sí —gestar no es nuevo, amar tampoco— sino porque tocó un nervio sensible: el de quienes necesitan que el mundo sea simple, binario y silencioso. El de quienes creen que la realidad debe comportarse como un manual de instrucciones plastificado.
Entonces aparecieron las frases de siempre, esas que se repiten como consignas oxidadas: que el mundo está al revés, que para qué cambiar si van a “hacer lo mismo”, que esto es el colapso final de algo que llaman naturaleza, como si la naturaleza hubiera firmado un contrato con ellos.
Pero el embarazo no es el centro de esta historia.
Nunca lo fue.
El verdadero protagonista es el odio digital, ese fluido espeso que corre libre por plataformas sin frenos, sin rostro y sin consecuencias. Un odio que se siente valiente porque no da la cara. Que confunde anonimato con razón. Que escribe con mayúsculas porque no sabe pensar en minúsculas.
Las redes prometieron conexión y entregaron trincheras.
Prometieron diálogo y fabricaron coliseos.
Hoy cualquiera puede lanzar una piedra y llamarla opinión. Nadie pregunta por el daño; el algoritmo se encarga de amplificarlo. Entre más rabia, más visibilidad. Entre más violencia verbal, más alcance. El odio no solo circula: cotiza alto.
Y en medio de ese ruido, la diversidad se vuelve blanco fácil. No porque sea peligrosa, sino porque es indomesticable. La diversidad no cabe en un comentario de 280 caracteres. No se deja resumir. No tranquiliza. Exige algo que muchos no están dispuestos a ofrecer: pensar.
Pensar incomoda.
Odiar es más rápido.
Por eso el cuerpo ajeno se convierte en territorio público. Por eso las decisiones íntimas se discuten como si fueran escándalos nacionales. Por eso hay gente que cree tener derecho a opinar sobre vidas que no comprende, como si comprender fuera un requisito opcional.
El problema no es que existan personas trans, ni parejas diversas, ni cuerpos que desarmen las certezas heredadas. El problema es una sociedad que no sabe convivir con lo que no controla. Una sociedad que necesita etiquetas claras para no sentir que el suelo se mueve bajo los pies.
Las redes, sin regulación real y sin una ética colectiva mínima, funcionan como una plaza pública sin ley. Allí el insulto no se sanciona, se celebra. La amenaza no se corrige, se ignora. El linchamiento simbólico se normaliza como entretenimiento.
Y mientras tanto, se nos olvida algo elemental: detrás de cada pantalla hay una persona. Detrás de cada cuerpo señalado hay una vida real, vulnerable, compleja.
No se trata de censura.
Se trata de responsabilidad.
De entender que la libertad de expresión no es licencia para deshumanizar. Que opinar no equivale a aplastar. Que el desacuerdo no necesita convertirse en violencia verbal para existir.
El miedo a lo diferente no es nuevo, pero hoy tiene wifi, emojis y alcance global. Se disfraza de preocupación moral, de biología mal leída, de nostalgia por un orden que nunca fue tan ordenado como lo recuerdan.
Tal vez el mundo no está al revés.
Tal vez solo está mostrando, sin filtros, la cantidad de odio que aprendimos a tolerar.
Y ahí está el verdadero desafío de esta época: no discutir si alguien tiene derecho a existir —eso debería estar fuera de debate— sino preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo cuando el odio se vuelve cotidiano, viral y rentable.
Porque al final, el escándalo no es un embarazo. El escándalo es una pantalla llena de odio y una multitud que lo mira como si fuera normal.
Bibliografía sugerida:
Hannah Arendt. Eichmann en Jerusalén / Los orígenes del totalitarismo.
Byung-Chul Han. En el enjambre.
Zygmunt Bauman. Daños colaterales / Vida líquida.












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