“Lo auténtico es bueno. Es bonito. Y sí, también funciona. No porque sea fácil, sino precisamente porque exige valentía.”
Lo auténtico, queridos lectores, es quizá una de las expresiones más genuinas de la condición humana. Cada persona, por el solo hecho de existir, es distinta: piensa distinto, actúa distinto, siente distinto. En esa diferencia radica una riqueza que, paradójicamente, muchas veces intentamos ocultar o moldear para encajar en esquemas previamente establecidos. Somos auténticos, sí, pero con frecuencia aprendemos a disimularlo.
Hablar de autenticidad no es hablar de extravagancia ni de rebeldía vacía; es hablar de coherencia. De la correspondencia entre lo que se es, lo que se piensa y lo que se hace. En un mundo lleno de marcos rígidos, estereotipos sociales, recetas de éxito y caminos aparentemente “correctos”, ser auténtico se convierte en una de las tareas más complejas, sobre todo cuando se crece en contextos donde casi todo parece estar ya definido de antemano.
Desde temprana edad se nos enseña cómo debemos comportarnos, qué es aceptable decir, qué sueños son razonables y cuáles no. Se nos proponen modelos de vida, de liderazgo, de éxito, de felicidad. Poco a poco, y casi sin notarlo, comenzamos a vivir más para cumplir expectativas ajenas que para responder a nuestras convicciones internas. En ese proceso, la autenticidad suele ser la primera víctima.
Sin embargo, distintos autores han reflexionado profundamente sobre este concepto. Charles Taylor, por ejemplo, entiende la autenticidad como la fidelidad a uno mismo, no en un sentido egoísta, sino como un compromiso moral con la propia identidad. Søren Kierkegaard, desde una perspectiva existencial, advertía que la mayor desesperación del ser humano es no querer ser quien realmente es. Incluso Erich Fromm señalaba que una sociedad excesivamente orientada al tener termina por alejar al individuo de su ser más auténtico.
Ser auténtico, entonces, no es improvisar la vida ni rechazar toda norma social; es asumir la responsabilidad de vivir conforme a una identidad propia, reflexionada y consciente. Implica conocerse, aceptarse y, sobre todo, sostenerse, incluso cuando hacerlo no resulta cómodo ni popular.
Ahora bien, ¿por qué es valioso ser auténtico? En primer lugar, porque la autenticidad genera bienestar personal. Vivir en constante contradicción entre lo que se es y lo que se aparenta produce desgaste emocional, frustración y una sensación permanente de vacío. En cambio, cuando una persona actúa desde su verdad interior, encuentra mayor sentido en lo que hace, mayor estabilidad emocional y una relación más sana consigo misma.
En segundo lugar, la autenticidad construye confianza. En lo personal, en lo profesional y en lo público, las personas auténticas suelen ser percibidas como coherentes y confiables. No porque no se equivoquen, sino porque no esconden lo que son. En tiempos donde la imagen pesa más que la sustancia, la autenticidad se convierte en un valor diferencial que, lejos de restar, suma.
Finalmente, la autenticidad funciona. Funciona en el liderazgo, porque los líderes auténticos inspiran sin necesidad de impostar discursos. Funciona en las relaciones humanas, porque solo desde la verdad se construyen vínculos sólidos. Funciona en la sociedad, porque una comunidad de individuos auténticos es menos manipulable y más crítica.
Lo auténtico es bueno. Es bonito. Y sí, también funciona. No porque sea fácil, sino precisamente porque exige valentía. Valentía para pensar por cuenta propia, para actuar con coherencia y para asumir las consecuencias de ser quien se es. Tal vez, en un mundo saturado de moldes, la autenticidad no sea solo un valor deseable, sino una necesidad urgente.












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