El umbral de tolerancia: cuando la fe se volvió excusa y la resignación sistema

Nuestra sociedad no fue construida sobre bases coherentes con el proceso real del ser humano. Se levantó, más bien, sobre silencios cómodos, sobre excusas repetidas y sobre una peligrosa confusión entre fe y evasión. El resultado es evidente: hemos elevado tanto el umbral de tolerancia que ya casi nada nos indigna, nada nos sacude y muy poco nos mueve a cambiar.

Las últimas tres generaciones aprendieron a convivir con el deterioro. Todo se le entrega a Dios.
Si hay corrupción, Dios juzgará.
Si se roban el hospital, Dios proveerá.
Si un congresista no legisla y pasa ocho años sin aportar nada, Dios sabrá.
Si un gobernador promete transformar y no transforma, Dios tendrá la última palabra.

Pero la Biblia nunca enseñó a usar a Dios como refugio para la irresponsabilidad humana. Al contrario, es clara y directa cuando dice:
“La fe, si no tiene obras, está muerta” (Santiago 2:17).

San Andrés refleja con crudeza este problema. Desde que tengo memoria, la salud ha sido un punto crítico. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, cambian los funcionarios, pero el hospital sigue siendo una deuda histórica. Las basuras se acumulan, las aguas negras recorren barrios enteros, la violencia crece y la sensación de abandono se normaliza. Y, aun así, la sociedad aguanta. Tolera. Se acostumbra.

Ahí está el verdadero problema. No solo en la corrupción o en la mala gestión, sino en la aceptación pasiva. En esa idea repetida de que “siempre ha sido así”, de que “no vale la pena pelear”, de que “Dios se encargará”. Sin darnos cuenta, convertimos la resignación en sistema.

La Biblia advierte sobre esto con una claridad incómoda:
“Por falta de conocimiento, mi pueblo fue destruido” (Oseas 4:6).
No por falta de fe, sino por falta de conciencia, de carácter y de acción.

Cuando el umbral de tolerancia se eleva demasiado, el daño deja de doler. Y cuando el daño no duele, el poder no siente presión, la corrupción no encuentra resistencia y la mediocridad se perpetúa. Así se vacía la democracia desde adentro, no por golpes de Estado, sino por cansancio social.

Esto no es un ataque a la fe. Es una defensa de la fe verdadera. Porque la fe auténtica no anestesia, despierta. No justifica la injusticia, la confronta. No invita a esperar pasivamente, sino a actuar con responsabilidad. Jesús mismo lo dijo sin rodeos:
“A cada uno se le exigirá según lo que se le haya confiado” (Lucas 12:48).

Dios no reemplaza a la ciudadanía. La oración no sustituye la exigencia. La paciencia infinita no es virtud cuando sostiene la injusticia. Una sociedad madura no es la que más aguanta, sino la que entiende que hay límites que no se negocian.

Hoy no necesitamos más discursos ni más promesas. Necesitamos bajar el umbral de tolerancia frente al abandono, la mentira y la ineficiencia institucional. Recuperar la idea de que creer en Dios no nos exime de hacer lo correcto, sino que nos obliga aún más.

Porque cuando todo se deja en manos de Dios, pero nada se asume desde lo humano, no estamos siendo espirituales. Estamos siendo cómodos.
Y ninguna sociedad que renuncie a su responsabilidad puede aspirar a un futuro distinto.

Decirlo incomoda. Pero callarlo, durante décadas, nos ha costado demasiado.

Jayson Taylor Davis

Soy un abogado sanandresano, especialista y estudiante de la maestría en MBA en la Universidad Externado de Colombia.

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