“En síntesis, apreciados lectores, Colombia necesita un presidente que, en virtud del mandato constitucional, respete la Constitución y la Ley y simbolice la unidad de la nación. Para ello, en vez del ruido y la crispación, el país necesita a alguien con capacidad de ejecutoria y moderación. Más que ruido y permanente confrontación, necesitamos ir hacia adelante. ¿Vamos a seguir pensando en quién le gana a Cepeda o vamos a pensar en quién tiene mejores aptitudes para gobernar? “
Colombia está viviendo uno de los momentos de mayor polarización en la historia reciente. Desde el plebiscito por la Paz, que dividió al país en los amigos del “no” y los amigos del “sí”, estimo que nunca había visto una división tan profunda e irreconciliable como la que vivimos hoy en día. Ni siquiera en las últimas elecciones presidenciales, que claramente fueron bastante tensas también.
No obstante, en medio de este panorama tan complejo, hay un elemento esperanzador, cuya razón suficiente radica en que parte de la ciudadanía está cansada de esta dinámica. Y es que, querido lector, la polarización permanente erosiona la democracia, empobrece el debate público, debilita el civismo y termina, en últimas, pasando factura al desarrollo del país. Cuando todo se reduce a bandos sin cesiones mutuas, se deslegitima al contradictor y se pierde la posibilidad de construir consensos mínimos, cuestión que hace que regresamos, utilizando un poco los términos de Nietzsche, al eterno retorno de la violencia, que desde siempre ha sido una de nuestras sombras más grandes.
Ahora bien, uno podría hacerse válidamente la siguiente pregunta: ¿qué nos tiene tan polarizados? A mi juicio, confluyen varios factores, entre ellos, los siguientes: el uso sistemático de discursos violentos, agresivos y descalificadores tanto del Gobierno como de la Oposición; la exaltación de los extremos como forma única de acción política; y la personalización del debate público, donde los ataques sustituyen a los argumentos. Cuidado, lectores, ¡la polarización es tan grave que termina desviándonos de las posibles soluciones a los problemas públicos!
Pero surge, al mismo tiempo, otra pregunta: ¿Puede reivindicarse la moderación? Yo creo que sí. La moderación es hoy una necesidad democrática, porque implica no renunciar a las convicciones, defenderlas sin destripar al otro y hacer gobierno y oposición con responsabilidad, sin necesidad de incendiar el país.
En síntesis, apreciados lectores, Colombia necesita un presidente que, en virtud del mandato constitucional, respete la Constitución y la Ley y simbolice la unidad de la nación. Para ello, en vez del ruido y la crispación, el país necesita a alguien con capacidad de ejecutoria y moderación. Más que ruido y permanente confrontación, necesitamos ir hacia adelante. ¿Vamos a seguir pensando quién le gana a Cepeda o vamos a pensar en quién tiene mejores aptitudes para Gobernar?












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