El amor en los pueblos

El amor en los pueblos no se anuncia: se filtra. Aparece primero en las esquinas, en la cadencia con la que la gente pronuncia un nombre que no es suyo, en la forma en que dos personas empiezan a coincidir demasiado seguido en la tienda. El amor aquí no entra por la puerta principal; se cuela por las rendijas del día, como un olor a panela derretida que uno reconoce sin ver la olla. Nadie confiesa nada, pero todos lo saben.

Para entender el amor en el pueblo hay que mirar al detalle: el balde de agua que alguien deja lleno para que el otro no suba la pendiente; la silla que aparece en el corredor cuando cae la tarde; el patio recién barrido sin que nadie lo pidiera. Los pueblos escriben sus historias de amor en los gestos minúsculos, como si temieran que el exceso de palabras espantara la magia. Aquí, amar es un verbo que se conjuga con las manos ocupadas.

El paisaje también toma partido. La montaña, tan alta y tan silenciosa, parece guardar secretos que solo repite al viento. El río murmura nombres cuando crece. Los gallos se vuelven testigos ruidosos del amanecer compartido. El amor, en este territorio, tiene una geografía propia: no se expande en líneas rectas, sino en curvas que siguen los caminos de herradura, en la paciencia con que la caña crece, en esa certeza de que todo tiene su tiempo y ninguna prisa es buena consejera.

No todo, sin embargo, es miel tibia. El amor en el pueblo pasa primero por un tribunal no oficial: la acera. Ahí, entre mecedoras viejas, cafeterías y tazas de tinto cargado, se emiten sentencias invisibles: que si andaban juntos, que si se miraron mucho, que si eso no va a durar, que si ese sí es, que si ese no conviene. Uno aprende rápido que amar en un pueblo es también un acto de valentía: sostener la mirada entre los rumores, caminar firme a pesar de las lenguas que siempre encuentran un hueco por donde colarse. Pero incluso esas habladurías, cuando pasan los años, terminan convirtiéndose en anécdota. Ningún pueblo se resiste a un amor que persiste.

Hay amores que migran. Que empacan dos mudas de ropa, una foto y un sueño grande, y se van hacia ciudades con más semáforos que estrellas. Pero aun así, el amor que nace en el pueblo deja raíces que no obedecen fronteras. Quien se va vuelve siempre de alguna forma: en una llamada tímida, en un diciembre apurado, en un recuerdo que se reactiva cuando alguien se encuentra con una canción vieja en la emisora local. Los amores del pueblo nunca se van del todo. Se quedan como las marcas de la lluvia en la tierra: suaves, persistentes, imposibles de borrar.

Y están esos otros amores, los que se quedan. Los que llegan hasta la vejez con la terquedad de una enredadera bien agarrada a la pared. Esos que pasan por crisis, por silencios largos, por tiempos difíciles y aun así se mantienen, más por cariño que por costumbre, más por compañía que por obligación. El pueblo los mira con una mezcla de admiración y envidia. Son amores que se han ganado su espacio como se ganan las cosas verdaderas: a pulso. En ellos se sostiene la arquitectura emocional de la comunidad. Son el cimiento no escrito que evita que las casas se vengan abajo cuando la vida aprieta.

El amor en el pueblo no es romántico; es real. Es áspero cuando debe serlo, paciente cuando toca y luminoso en medio de las dificultades. Es un amor que camina descalzo, que huele a campo, que se parece a la vida porque no pretende ser perfecto. Y quizá por eso dura.

Duván Arnobis

Comunicador y periodista

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