40 años de un laberinto de calles e identidades. “Paul Auster y la Trilogía de Nueva York”

“La trilogía de Nueva York reflexiona sobre el lenguaje, la identidad, el azar, y la fragilidad de la realidad, utilizando una estructura de thriller para explorar problemas existenciales. No teme subrayar temas como la soledad, la identidad, la autoría, la ausencia, el acto de observar, el vacío de sentido y la imposibilidad de comprender completamente al otro. Son sin dudas las bases de la posmodernidad. Auster usa la novela policial como un mecanismo narrativo que le permite construir un tratado sobre la crisis de la subjetividad. El sujeto se diluye en medio de una urbe monstruosa llena de dobles y sombras”


Entre 1985 y 1987, el escritor norteamericano Paul Auster publica una de sus obras insignes: Trilogía de Nueva York. La publica por entregas, emulando a los antiguos clásicos del género policial, cuando aparecían intempestivos, por capítulos, en los quioscos de las esquinas. Aquel texto inclasificable, sacudió la escena literaria norteamericana, y dejó una profunda huella sobre las posibilidades, técnicas y limitaciones de la literatura y la ficción, específicamente, para abordar la realidad. Tres partes: Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, dan cuenta de tres historias aparentemente diferentes, pero que se conectan en los puntos menos pensados, tejiendo una extraña y confusa red de personajes, persecuciones y laberintos. Auster quiere un lector atento, que a su vez sea detective, que intente leer los secretos vínculos que hay entre las partes (así no siempre lo logre). Ciertamente, un lector que sea partícipe y se deje llevar por los juegos de lenguaje y personajes que le gustaban al escritor.

Ya se ha hablado que la trilogía de Nueva York es una deconstrucción del género policial, tal como lo intentaron a su vez Roberto bolaño en 2666 o Juan José Saer en La pesquisa, buscando jugar con las reglas del género, romperlas y mostrar sus mecanismos de funcionamiento interno, permitiendo romper los límites y llevar al género a territorios narrativos donde antes no había estado. Aunque podría llamarse novela, el libro tiene elementos de ensayo y cuento, y el policial dialoga con el drama, la crítica social, la novela psicológica, la novela negra, el terror y el suspenso. De todas formas, no planeo quedarme en este tópico que ya se ha anunciado en muchas reseñas, quisiera compartir mi lectura personal de la novela, los ecos, vibraciones y silencios que quedaron habitando en mí.

Ciudad de Cristal, la primera parte, sigue a Daniel Quinn, un escritor solitario de novelas policiacas que, por error, recibe una llamada destinada a un detective llamado Paul Auster, con un encargo importante. De entrada, la novela ya plantea un juego metatextual al incluir al autor de la novela en una anécdota de confusión (o desdoblamiento) de la identidad. Quinn, animado, acepta el reto, asume la identidad de Auster y sin tener ninguna experiencia previa, excepto la de sus personajes, inicia su investigación. Su misión consiste en proteger a Peter Stillman, un hombre traumatizado por la reclusión que sufrió en su niñez a manos de su padre, un excéntrico liguista obsesionado con reconstruir el lenguaje “puro” bíblico, aquel que se hablaba antes de la caída de la torre de Babel.

Quinn comienza a seguir al padre de Stillman por las calles de Nueva York, para prevenir un posible ataque. Estudia sus rutinas, sus gestos, sus rituales cotidianos de una manera obsesiva, e incluso, en un momento, desafiando las propias leyes de conducta del detective intercambia algunas palabras con el hombre que debía custodiar. A medida que avanza la investigación la frontera entre realidad, identidad y ficción se desdibuja (una constante en toda la obra). Los nombres se confunden, las historias se mezclan y a pesar del avance en la investigación, cada vez son más las preguntas que las respuestas. Lo que demuestra un proceso de resolución del enigma completamente inverso al clásico policial. En consecuencia, la misión de Quinn fracasa, su vida se desmorona y termina desapareciendo gradualmente de la ciudad, perdido entre la niebla y los transeúntes de una fauna urbana y, por momentos, infinita.

Esta primera parte nos pone a reflexionar sobre el rol activo del lenguaje en nuestra construcción de la realidad. La búsqueda de encontrar un lenguaje primigenio se convierte, sin que Stillman lo prevea, en la prueba de que, como decía Heidegger, el lenguaje es la casa del ser. Y, a su vez, nos muestra la fragilidad de esa construcción. El mismo Quinn se pierde entre nombres, vínculos, conexiones, significados débiles, lugares y calles de una Nueva York inabarcable. El sueño de una lengua prebabel es un último intento de encontrar un orden, un sentido, un elemento sagrado, en medio del caos posmoderno de cientos de lenguas, pueblos y culturas que pululan en una misma gran metrópoli. Pero esta búsqueda solo puede llevar irremediablemente a la locura.

No hay resolución positiva como en el clásico policial, no hay tranquilidad, todo lo contrario: un constante desasosiego e incertidumbre. Auster plantea en esta primera parte un laberinto en el que no sólo se pierde Quinn, sino también el lector, que no sólo duda de la identidad de los personajes, sino de la suya propia, interpelado por la intensa narración del escritor devenido detective que, sin darse cuenta, no sólo busca o vigila a un científico lingüista loco, sino que se busca a si mismo (con un resultado poco positivo he de decir). La vigilancia parece que nunca fue el objetivo real, sino el trayecto hacia el autodescubrimiento, que inevitablemente está lleno de grietas profundas.

Por otro lado, la segunda parte, Fantasmas narra la historia de Blue, un detective privado contratado por un hombre llamado White para vigilar a otro hombre conocido como Black. La tarea parece sencilla: observarlo constantemente y escribir informes detallados sobre sus movimientos. Una tarea que parece una tautología de la que ya vimos en la primera parte, pero que tendrá unas diferencias importantes: Blue se instala frente al apartamento de Black y pasa los días mirándolo escribir, leer y moverse, sin que aparentemente ocurra nada relevante. Con el tiempo, la vigilancia se vuelve obsesiva y repetitiva, y Blue empieza a cuestionar el sentido de su misión y su propia identidad. Los nombres de por sí ya nos despistan en este sentido, recordándonos aquel recurso kafkiano de suprimir nombres de los personajes protagónicos y atribuir nombres con letras, buscando en esa disolución de identidad, quizás otorgarle mayor participación narrativa al lector a través del engañoso espejo.

A medida que la historia avanza, Blue descubre que Black parece reflejarlo: ambos realizan acciones similares, escriben, esperan y viven aislados. La frontera entre observador y observado se desdibuja, y Blue comienza a sospechar que él mismo está siendo vigilado o que forma parte de un juego más grande. Finalmente, Blue confronta a Black, pero la resolución no ofrece respuestas claras. La novela deja abierta la interpretación y queda en el aire el sonido de un disparo, una pelea y un juego metatextual donde el autor parece intervenir bajo un seudónimo dejando ver que perseguidor y perseguido, cazador y presa, son sus creaciones (o incluso parte de su misma identidad desdoblada). De nuevo no hay resolución y se deja abierto un campo que el lector debe llenar con las huellas que la historia le ha dejado a lo largo de su viaje con el detective sin nombre.

Ya el nombre de esta segunda parte nos había advertido algo: Fantasmas hace referencia a personas ausentes, a muertos, cuerpos invisibles, identidades que no son tangibles o visibles. Efectivamente, cada personaje, tanto cazador como presa, parecen ser fantasmas, caminando por una Nueva York que los desaparece, un auténtico devenir imperceptible. La urbe rompe cualquier subjetividad, también imposibilita la construcción de una nueva. Los espejos son constantes y ante cualquier decisión moral, nunca podemos estar seguros sobre quién es el policía bueno y quién el criminal. La literatura aparece como una suerte de ángel oscuro, es quien puede delinear a través de la ficción las posibilidades de expansión del lenguaje, del sujeto y su torpe intento de aprehender la realidad. El lector es participe, es avisado, no un actor pasivo, sino que irremediablemente debe entrar en el juego que le propone la obra, ser verde, rojo, café, otro color más.

En la tercera parte, la habitación cerrada, el narrador, un escritor sin nombre, recibe noticias de la misteriosa desaparición de su amigo de la infancia, Fanshawe, un escritor brillante y enigmático. La esposa le entrega los manuscritos inéditos de su marido para que los revise. El narrador, muy al estilo de Max Brod con Kafka, decide publicarlos y, con el tiempo, alcanza fama y éxito literario gracias a esas obras. Mientras su vida mejora —se casa con la mujer de Fanshawe y cría a su hijo—, el narrador se obsesiona cada vez más con la figura ausente de su amigo, sintiendo que ha usurpado su lugar. La búsqueda de Fanshawe se convierte en una investigación personal y existencial.

Después de varios intentos fallidos, el narrador logra encontrarlo, pero se encuentra una sorpresa que tiene que ver con una habitación cerrada, real y simbólica, que representa el límite del conocimiento, la identidad y el lenguaje. No diré más contexto porque es mi anhelo con esta reseña que se animen a leer la novela, no contar el final. Pero si, me permiten, quisiera aclarar que es allí, en el desenlace, donde comprendemos un poco, la rizomática conexión entre los personajes de las tres novelas, descubrimos quien es Fashawe en realidad, y como estuvo jugando con nosotros los lectores a lo largo de las tres novelas. Un acto de maestría que bien, pienso, le debe valer a Auster el reconocimiento de construir una gran novela. Así se cierra la trilogía con una reflexión metaficcional sobre la escritura y el yo.

La trilogía de Nueva York reflexiona sobre el lenguaje, la identidad, el azar, y la fragilidad de la realidad, utilizando una estructura de thriller para explorar problemas existenciales. No teme subrayar temas como la soledad, la identidad, la autoría, la ausencia, el acto de observar, el vacío de sentido y la imposibilidad de comprender completamente al otro. Son sin dudas las bases de la posmodernidad. Auster usa la novela policial como un mecanismo narrativo que le permite construir un tratado sobre la crisis de la subjetividad. El sujeto se diluye en medio de una urbe monstruosa llena de dobles y sombras. Aquel miedo arquetípico al doppelganger, aquella criatura mítica que nos desdobla, se hace visible y real. No hay un “yo” aprensible y la perdida de la identidad nos rompe por dentro, porque sentimos que nuestra propia construcción subjetiva puede ser tan frágil como la de los protagonistas de la novela.

En conclusión, nos encontramos ante una gran novela que nos confronta de múltiples maneras y que nos pide ser partícipes, que nos envuelve con su narrativa, y que nos invita a deconstruir nuestra realidad, a posibilitar otras miradas sobre el otro y nosotros mismos. Sus juegos narrativos tienen una gran intensidad y es imposible dejar de leer porque queremos ver la resolución. Seguimos las pistas, hacemos hipótesis, queremos comprender. Pero nos aguarda una gran sorpresa. Al final, para Auster, el gran criminal, el que siempre está detrás de la máscara, el enigma, aquel que descubren los detectives como Sherlock Holmes y Hércules Poirot, y que con brillantez se devela en el desenlace, somos nosotros mismos. Un descubrimiento en cierto modo doloroso, pero necesario, para entender que solo nosotros podemos darle un sentido a la máscara que usamos cada día. Un consuelo nos queda: el criminal no ha sido capturado y quizás, ciertamente, nunca lo sea.

Daniel Acevedo Arango

Nació en Medellín en 1986. Es poeta, gestor cultural e historiador, magister en estudios literarios de la Universidad de Buenos Aires y tallerista de escritura creativa en El Retiro, Antioquia. Es miembro Correspondiente de la Academia Antioqueña de Historia. Fue ganador del XVII Premio Nacional de Poesía Eduardo Carranza Fernández. También fue mención de honor, segundo puesto, en el VI Concurso Nacional de Cuento de EPM y Mención de honor en el XVII concurso de Cuento Ciudad de Pupiales. Ha escrito los libros: Ritual de Vuelo (2019), Tres episodios del sufrimiento y la cotidianidad en la época de la independencia (2021), Los alquimistas de la madera (2022) y La constelación perdida (2024)

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.