Fallamos como país cuando irse se vuelve la única opción: “crónicas de un país que aprendió a despedirse”

Hay decisiones que no se toman con la maleta, sino con el corazón roto. Migrar no debería ser un acto de supervivencia, pero en Colombia como en tantos países de América Latina irse se ha convertido en la única salida para miles de personas que ya no encuentran futuro en su propio territorio.

Fallamos como país cuando el sueño deja de construirse en casa y comienza a empacarse.

Esta reflexión nace desde la voz de los colombianos que viven hoy en Ecuador, muchos de ellos profesionales, trabajadores, familias enteras que cruzaron la frontera no por aventura, sino por necesidad. No escribo desde la comodidad de la distancia, sino desde la experiencia compartida: desde el acento que se mezcla, desde el arraigo que se reconfigura, desde la nostalgia que acompaña incluso a quienes logran “salir adelante”. Migrar no siempre es progreso; muchas veces es apenas una forma de resistir.

Nos han querido convencer de que irse es una elección libre, casi romántica. Pero cuando la violencia, la falta de oportunidades, la precarización laboral o el abandono estatal empujan a las personas fuera de su país, ya no hablamos de elección, sino de expulsión. Un país que expulsa a su gente es un país que ha fallado en su pacto social más básico.

Fallamos cuando el talento se va porque no hay espacio para crecer.
Fallamos cuando la juventud huye porque quedarse es sinónimo de estancamiento.
Fallamos cuando el periodista, el maestro, el campesino o la madre cabeza de hogar descubren que su dignidad vale más lejos que en su propia tierra.

Desde Ecuador se observa con claridad que la migración no es un fenómeno aislado ni exclusivo. Aquí conviven historias colombianas, venezolanas, haitianas, cubanas. Todas distintas, pero unidas por una misma herida: países que no supieron o no quisieron cuidar a los suyos. En medio de esa convivencia también emergen los estigmas, las fronteras invisibles y la sospecha constante hacia quien viene de afuera, como si nadie pudiera convertirse en migrante de un día para otro.

Pero migrar no borra la identidad ni cancela el derecho a opinar, a exigir, a recordar. Al contrario: quien migra suele mirar su país con mayor claridad, porque la distancia también es una forma de enfoque. Y lo que se ve con nitidez es esto: no basta con celebrar remesas ni discursos de “orgullo nacional” mientras millones se van. Eso no es éxito; es síntoma.

Fallamos como país cuando normalizamos la partida.
Fallamos cuando decimos “al menos se fue” en lugar de preguntarnos por qué no pudo quedarse.
Fallamos cuando el regreso se vuelve improbable y la despedida permanente.

Esta columna no es una queja nostálgica ni un lamento sin rumbo. Es un llamado a nombrar el problema con honestidad. Ningún país puede considerarse justo mientras irse sea la única opción para vivir con dignidad. Y ningún Estado debería conformarse con exportar a su gente como si eso fuera una política de desarrollo.

Migrar no debería doler. No debería romper familias, identidades ni proyectos de vida. Cuando lo hace, cuando se vuelve la única salida, no falló el ciudadano: falló el país.

Yeferson Estiven Berbesi Palencia

Estoy cursando octavo semestre de Comunicación Social en la Universidad de Pamplona y también escribo para otros medios independientes.

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